viernes, 28 de diciembre de 2012

Sobre los deseos

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Parte de la naturaleza humana es vivir con deseos. Los deseos nos impulsan a obtener cosas que no tenemos y a alcanzar metas, y nos  dan energía para funcionar en la vida. Constantemente deseamos cosas, relaciones, objetivos, éxitos, etc. Si observamos todo lo que nos rodea, todos los objetos que usamos, todas las propiedades, todas las personas con las que nos relacionamos, todos los logros obtenidos a lo largo de la vida, toda nuestra evolución como personas, y demás, encontramos que detrás de todo esto hay deseos y más deseos...

lunes, 3 de diciembre de 2012

Meditación y Cáncer

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MD Anderson Cancer Center Madrid
Conferencia de Juan Manzanera
Toda enfermedad es resultado de la interacción de factores psicológicos, sociales y biológicos. La meditación es una excelente herramienta para trabajar la mente y abordar los aspectos psicológicos y sociales. Cuando sabemos mirar las cosas desde otra perspectiva y además aprendemos a responder con emociones positivas los procesos de enfermedad tienen menos síntomas, son más leves y duran menos. Meditar nos ayuda a dirigir la atención y a ser más positivos ejerciendo un poderoso efecto sanador en la enfermedad.

Conferencia parte 1

Conferencia parte 2

Conferencia parte 3

jueves, 22 de noviembre de 2012

Cambio y Presencia

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El proceso de transformación personal es complejo. Por una parte, es preciso modificar ciertos hábitos, creencias y estados mentales, y por otra, es necesaria la aceptación y apertura. En una primera aproximación se enfatiza cambiar la mente, controlar las emociones y los comportamientos nocivos, ser mejor persona y aspirar a convertirse en una individuo compasivo y sabio, un ser volcado a ayudar a los demás, siempre con las palabras precisas y una ética impecable.  
  Pero el cambio no es todo pues en otras etapas también es preciso atender al momento presente y la vivencia consciente y lúcida de cada instante.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Meditación y Dolor Crónico (3ª parte)

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Somos lo que pensamos, 
Todo lo que somos surge de nuestros pensamientos,
Con nuestros pensamientos hacemos el mundo
Dhammapada

Con frecuencia las personas con dolor crónico tienen un aspecto saludable que oculta la gravedad de su dolencia. Nada en su apariencia externa indica su agudo problema. Por ello es preciso tener mucho cuidado con lo que proyectamos e interpretamos. Decirle a una persona con fibromialgia o cansancio crónico que su enfermedad está en su mente puede ser una falta de consideración, injusta e innecesaria. Estas personas suelen padecer las miradas reprobatorias de los demás acusándoles de estar inventándose una enfermedad y somatizando cosas que no existen. A su vez, ellos mismos se sienten culpables y llegan a dudar de su malestar, pensando que tal vez inconscientemente se lo están provocando. 
Por ello hay que situar en su verdadero contexto la afirmación de que todo está en la mente. Cuando Buda explicaba que somos lo que pensamos, estaba hablando de toda la experiencia de la vida y de cómo a nivel último la realidad es una construcción de la mente. Ya mencionamos en entradas previas  algunas aportaciones de la meditación al tema del dolor desde una perspectiva relativa y convencional. Veamos ahora la perspectiva más radical y verdaderamente espiritual del dolor y la enfermedad.
Debemos empezar con una afirmación rotunda que conocen bien los meditadores avanzados: La intensidad del sufrimiento que experimentamos depende de la importancia que la mente le da. Es decir, todas las experiencias están condicionadas por nuestros pensamientos, recuerdos, conceptos, valoraciones, emociones, etc. Por consiguiente, la fuerza de la experiencia de dolor no está en ella misma sino en lo que la mente añade, en la incapacidad de la  mente de ver algo más. Aunque las experiencias de dolor aparentemente vienen de fuera y parece que tienen una realidad en sí mismas, una observación precisa y lúcida nos desvela que todo es una configuración de procesos mentales, impresiones y tendencias sin ninguna realidad interna.
Es preciso insistir en que este planteamiento nos encamina a conocer una verdad más profunda del dolor. La perspectiva relativa y convencional es bien conocida y aceptada por todos, mientras que esta visión última y absoluta sólo es accesible a quienes están comprometidos con la búsqueda interna. Desde el enfoque más profundo se descubre que cuando uno experimenta dolor hay algo más verdad que ese dolor. El dolor se comprende secundario e irrelevante. 
Esto es lo verdaderamente liberador. Esta es la paz interior que buscamos. Cuando estas sintiendo dolor, no es que el dolor desaparece sino que ves algo más real y verdadero. El dolor es una especie de decorado accesorio en el espacio abierto y lúcido que eres.

El yo y el dolor
Toda experiencia viene con la sensación de alguien que la vive. El dolor no se ve ahí separado sino como “mi experiencia”. Se vive como si hubiera una persona que siente el dolor. Ahora bien, ¿es esto verdad? ¿Hay un individuo que padece y sufre? 
La mirada lúcida enfocada en el yo revela que éste sólo es una apariencia sin ninguna solidez. Si cuando se siente dolor, se retira la atención del dolor mismo y se lleva a quien lo sufre, al sujeto, no se encuentra nada. La persona que siente dolor no está en ningún lugar, es tan sólo una imagen que la mente ha construido. Esto es, nadie siente el dolor, no es de nadie. El dolor sucede en el espacio sereno de la conciencia. Esto no es una interpretación sino lo que se percibe cuando se mira con lucidez. Con este planteamiento no estamos dando una explicación conveniente de las cosas. Al contrario se trata de observar con lucidez y claridad. Y esto es lo que se percibe. Es una percepción directa sin la intromisión de conceptos. Reconocer la naturaleza ilusoria del yo que padece el dolor es otro elemento fundamental en el  camino hacia la paz interior.  

La naturaleza primordial
Finalmente lo que necesitamos preguntarnos es ¿qué es realmente sentir dolor? Esta es la pregunta que nos lleva a trascender el dolor y situarlo en una perspectiva más amplia. Sin embargo, no se trata de dar la respuesta racional y lógica sino de indagar con profundidad en la experiencia. Aunque podamos responderla de muchas maneras, la pregunta en realidad es un ejercicio de contemplación activa que nos lleva a mirar el dolor con la máxima lucidez posible. Esto es, no buscamos las respuestas científicas o racionales sino la contemplación serena de la experiencia. 
La pregunta nos pide que indaguemos en la naturaleza del dolor. Nos dice dónde enfocarnos. Nos lleva a atravesar todas las capas de conceptos, imágenes e interpretaciones hasta encontrarnos con el dolor mismo. Solemos usar la mente para indagar en la realidad y eso nos da cierta seguridad y sensación de control. No obstante, esta pregunta nos obliga a abandonar la mente, el  mundo de nuestros conceptos e ideas, y quedarnos desnudos frente al dolor. 
La naturaleza de la experiencia es insondable. Nada puede decirse de ella, ningún concepto llega a describirla. Cuando miramos el dolor con claridad no se encuentra nada, sólo hay ausencia y espacio. La conciencia que observa se encuentra a sí misma. Todo es lucidez y vacío. En esa conciencia que desvela la realidad última se reconoce que el dolor es menos verdad que la conciencia misma y pierde su poder. La experiencia continúa y de algún modo sigue habiendo dolor, pero apenas tiene presencia ante la fuerza aplastante de lo que en último término es real.
Meditar en la realidad última no es demasiado difícil; sin embargo tiene dos requisitos indispensables. Es preciso que el meditador tenga un profundo anhelo por conocer la verdad y que haya llegado a estar desencantado de la vida en la que hay tanto sufrimiento. Poseer ninguna o sólo una de las condiciones deja  totalmente ineficaz esta meditación concreta.

Meditación
Encuentra un lugar donde te sientas tranquilo. Siéntate y deja que tu mente se relaje. Para ello tendrás primero que relajar el cuerpo y escuchar unos minutos la respiración. 
A continuación observa la experiencia que estas teniendo. Reconoce el dolor, pero también el resto de la experiencia. Ruidos, olores, formas, colores, sensaciones táctiles, pensamientos, emociones. También observa el yo como parte de la experiencia. Trata de tener en cuenta todo lo que sucede además de la sensación de dolor. Vívelo de una manera abierta, sin resistencias y permitiendo que todo sea como es. 
Puedes reconocer cómo la experiencia está cambiando continuamente, no tiene consistencia ni solidez. Deja que todo suceda y abandona el rechazo y el deseo de cualquier otra experiencia.
Ahora, con un poco más de atención reconoce que hay algo más que la experiencia. Además del dolor y el resto de la experiencia hay algo más que no se siente, que no es parte de la experiencia. Hay una presencia insondable y callada. Esta presencia no es algo extraño y sobrenatural sino al contrario muy simple y cotidiano. Es el simple ser consciente del resto de la experiencia. Esta conciencia que se da cuenta no forma parte de la experiencia pero está presente y pasa desapercibida.
Ahora, sin hacer nada y sin forzar, permite una mayor presencia de esta conciencia. Deja que suceda poco a poco. Mirando con serenidad y claridad, llega un momento en que se desvela que en realidad la presencia consciente es más verdad que el dolor y el resto de la experiencia. Se reconoce que siempre ha sido así y siempre lo será. La importancia del dolor resulta insignificante en presencia de la conciencia.

viernes, 5 de octubre de 2012

Dolor Crónico y Meditacion (2ª Parte)

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El cuerpo está diseñado para experimentar dolor. Aunque no nos guste y nos resulte muy negativo, sentimos dolor por que es sumamente importante para la supervivencia. El dolor nos indica cuando algo va mal y nos impulsa a solucionarlo. Sentimos dolor cuando estamos sometidos a una estimulación excesiva de cualquier tipo. Si comemos en exceso, si hace demasiado frío, si nos presionan con mucha intensidad, etc. De modo que incluso las cosas en principio placenteras se convierten en dolorosas cuando las experimentamos constantemente y sin descanso.
En la tradición espiritual, reconocer la existencia inevitable del dolor en la vida es lo que nos incita a buscar la trascendencia. Cuando asumimos que incluso las experiencias de felicidad acaban en dolor e insatisfacción, decidimos buscar una salida y alcanzar un estado más allá del dolor.  
Esto es un punto importante, que a menudo no queremos escuchar. Queremos oír que es posible ser feliz y dejar atrás el sufrimiento. Pero la enseñanza nos dice que toda la felicidad que podamos obtener en la vida siempre termina.

DOLOR CRÓNICO
Ahora, entre los muchos tipos de sufrimiento relativo, numerosas personas, no solo experimentan dolor sino que además padecen un dolor crónico; es decir un dolor continuo e insistente que invade la mayor parte de los momentos del día. Numerosas personas padecen dolores de cabeza, lumbalgias, dolores de espalda, dolores de estómago, dolores musculares, etc., de un modo repetido y sin tregua. Este tipo de dolor no tiene ninguna utilidad en la supervivencia y constituye un importante problema personal y social. 
Lo peor de esto es, que a pesar de los avances en medicina, todavía no se ha encontrado una solución satisfactoria. Estas personas se encuentran con la única solución de tener que aguantarse. Cada año se venden en España más de noventa millones de envases con medicamentos contra el dolor. Sin embargo, los medicamentos no sirven de mucho cuando se padece dolor crónico. De modo que es preciso encontrar otras soluciones, necesitamos aprender a manejar el dolor de otro modo. 
Hay que recordar que el dolor no es solamente una sensación. El dolor es una experiencia compleja  en la que intervienen afectos, atención y motivación. Por ejemplo, una misma situación puede ser considerada dolor por una persona y no por otra, todo depende del significado que los estímulos tengan, la historia personal, los aspectos culturales, el grado de atención, el nivel de ansiedad, etc. Por otro lado, la presencia de daño no siempre se percibe como dolor y, a veces, percibimos dolor sin la presencia de estímulos nocivos.
Se conocen muchos episodios que confirman las dimensiones afectivas y cognitivas del dolor. Por ejemplo, los casos de soldados con heridas graves que sienten poco dolor o las personas heridas en una situación amenazante para su vida que no sienten dolor hasta que pasa la amenaza. También tenemos noticia de personas en determinadas ceremonias religiosas que sometidos a situaciones de dolor apenas lo sienten. Estos ejemplos nos señalan que podemos abordar el dolor trabajando con nuestra mente. Muchos estudios indican que el dolor puede suprimirse con eficacia usando factores cognitivos y emocionales.
MEDITACIÓN
Como ya sabemos la meditación es fundamentalmente un método para aprender a manejar la mente. Su objetivo principal es trascenderla y desvelar lo que somos más allá de ella y el cuerpo. Meditamos para descubrir el silencio en el que habitamos, antes, durante y después del movimiento constante de pensamientos y emociones que suceden. Con esta práctica, no intentamos detener ni controlar la mente sino trascenderla. No obstante, en este proceso aprendemos mucho sobre cómo funciona y podemos aprovecharnos de este conocimiento.
Si nos tomamos la meditación de un modo más amplio y menos estricto, si dejamos de lado el propósito puramente espiritual, podemos usarla para sanar aspectos dañados  de nuestra vida. Así, la meditación puede contribuir a mejorar la calidad de vida a las personas con dolor crónico. 
Probablemente lo peor para las personas que padecen dolor crónico no sea el dolor en sí, sino las consecuencias que tiene. Cuando el dolor se hace continuo y repetitivo condiciona completamente la vida. Las personas ven limitadas sus relaciones, su tiempo de libre, sus experiencias placenteras, etc. Lo peor es cuando no se pueden hacer muchas cosas que nos gustan, no se pueden hacer planes, no se puede saber si uno estará bien tal o cual día, no se sabe si se dormirá por la noche, etc.   En consecuencia, es fácil caer en estados depresivos, trastornos de ansiedad, abusar de sustancias y alcohol, etc. Además, no es raro que incluso los familiares de las personas que padecen dolor crónico también caigan en depresiones. 
Meditar, en primer lugar, nos puede ayudar a cambiar nuestra respuesta al dolor. Nos puede ayudar a dejar atrás nuestra antigua forma de vivir y encontrar una nueva más acorde con lo que nos sucede. Uno de los beneficios más importantes de la meditación es aprender a soltar. Cuando padecemos dolor tenemos que soltar y renunciar a montones de cosas, no tenemos elección; nos resistimos a ello pero eso causa más sufrimiento. Saber dejar atrás una forma de vida que ya no podemos vivir es fundamental. 
El gran filósofo Epicteto, ya en el siglo primero sugería que el reto de los seres humanos es descubrir el significado de todo lo que nos rodea y comprender nuestro lugar. Decía que no sólo tenemos dones físicos sino también tenemos el don de sobrellevar cualquier cosa y desplegar nuestra esencia. Epicteto decía que el dolor físico nos ofrece una oportunidad muy  valiosa para aprender a tolerarlo. 
Poniendo conciencia, a través de la meditación (ver la primera parte sobre el Dolor Crónico en el blog), aprendemos a cambiar la relación con nuestro dolor, dejamos de reaccionar ante él y descubrimos que se puede estar en paz a pesar de todo. Además, esta conciencia imparcial nos ayuda suavemente a ir cambiando nuestras prioridades en la vida, a ir aceptando la nueva situación y a encontrar una forma nueva de vivir en la que volver a sentir bienestar e ilusión.

EMOCIONES POSITIVAS
Además de la atención consciente, la meditación puede ayudarnos a desarrollar y mantener un estado emocional positiva que aplaque y debilite la experiencia de dolor. Hay muchas meditaciones muy efectivas y poderosas para ello. Podemos destacar la meditación de la compasión, la meditación del amor y la práctica tibetana del Dar y Tomar (tib. Ton-Len) También es muy útil meditar en la impermanencia y en la naturaleza ilusoria de las sensaciones.

PRACTICA
La meditación que voy exponer a continuación combina varias cosas y es un método muy efectivo para lidiar con los estados emocionales negativos que acompañan a las situaciones de dolor crónico y lo agudizan.
Una vez que te sitúes en una posición cómoda y equilibrada, respira profunda y lentamente un par de minutos. Es conveniente que te fuerces a hacerlo despacio y controlando el ritmo de la respiración. Luego de este ejercicio, vuelve a respirar con naturalidad. No obstante, si ves que te distraes, repite las respiraciones lentas y profundas.
Ahora, localiza el dolor en tu cuerpo. Permítete sentirlo. Deja de luchar contra él. Deja de resistirte. Para hacer esto, puedes usar la respiración, de modo que al espirar imagina que vas soltando tu relación negativa con el dolor. Suelta el posible victimismo en que has caído, entiende el dolor como algo que toca vivir y ponte en armonía con el universo que te ha traído esto. Esto no es fácil, pero date el tiempo necesario para soltar y estar en paz con lo que la vida te trae. 
A continuación, quieres ir un poco más profundo, quieres mirar el dolor un poco más de cerca. Cuando vas a la raíz, descubres que este dolor no es tuyo. Este es el dolor del mundo. Aunque lo vives como algo personal e individual muchas personas están experimentando lo mismo que tú en este instante. Estas experimentando el dolor del mundo, un dolor que compartes con millones de personas. Suelta tu identificación con el dolor y empieza a mirarlo de una manera más amplia y abierta. “Tantos seres experimentando lo mismo, este dolor es el dolor de todos los seres”. 
Déjate sentir esto, deja que tu mente cambie. Déjate transformar por esta Empatía universal. No lo hagas como un acto de fe. Por el contrario, penetra en el dolor hasta reconocer su naturaleza universal, no es tu posesión sino la experiencia de miles de personas. Suelta, abandona las resistencias y deja que la Empatía se convierta en compasión. 
“Hay tanto dolor en el mundo, sería maravilloso que terminara. Ojalá termine el sufrimiento de todos los seres”
Entiende que estos pensamientos tienen poder y modifican de algún modo la realidad del mundo.
Por último, reconociendo lo que has visto, date amor a ti mismo. Toma la decisión de cuidarte, abrazarte, nutrirte. “Voy a tratarme bien, voy a hacerme feliz, voy a estar bien, voy a ser bueno conmigo”. Haz que el amor que salga del centro de tu pecho y te envuelva, te proteja te sane. Respira el amor que te das a ti mismo. Deja de juzgarte, deja de caer en el victimismo, deja de compararte, deja todo y envuélvete en amor hacia ti mismo. Ábrete a recibir el amor que te das. Deja que te sane. Respíralo y alimenta tu espíritu.
Quédate en esta experiencia todo el tiempo que puedas.


miércoles, 12 de septiembre de 2012

Dolor crónico y meditación (1ª parte)

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El dolor es parte de la vida. El cuerpo está diseñado para sentir dolor y placer, y aunque no es agradable, sentir dolor tiene su utilidad en la supervivencia. El dolor nos avisa cuando algo va mal y nos incita a poner remedio. Cuando no tenemos este indicador experimentamos numerosos problemas. Por ejemplo, hay personas viven con analgesia congénita, es decir su cuerpo no experimenta dolor. Aunque esto podría parecer deseable, la realidad es que estas personas carecen de señales cuando algo va mal, y lo pagan muy caro; tienen numerosos accidentes, afrontan tarde las enfermedades y suelen morir jóvenes. 

El dolor tiene un papel importante en la vida; no obstante, a veces deja de cumplir su función. Cuando el dolor se vuelve crónico, pierde su utilidad y se convierte en el problema mismo. Es entonces cuando necesitamos herramientas para manejarlo. 
Para empezar, es preciso saber que el dolor no es meramente una sensación. Sentir dolor es mas bien una experiencia compleja en la que intervienen, además de sensaciones, emociones y pensamientos. Aunque la persona que padece la sensación la vive muy física y tangible, hay numerosos estudios que demuestran que la sensación puede modificarse si cambiamos nuestras ideas y sentimientos respecto a la situación. 
Es decir, hay tres dimensiones del dolor. Por una parte tenemos la dimensión sensorial, que incluye la intensidad y localización de la experiencia percibida. Luego, tenemos las reacciones agradables o desagradables al dolor, así como el rechazo y la aceptación. Por último, tenemos una dimensión cognitiva que tiene que ver con experiencias previas, pensamientos, interpretaciones, valoraciones y atención. Por consiguiente, la experiencia final del dolor es la integración de estas tres dimensiones. Primero tenemos una experiencia sensorial, luego una reacción emocional y finalmente todo se integra a nivel mental.
Según esto, una forma muy efectiva de reducir el dolor y hacerlo más manejable es trabajar con las emociones y pensamientos. Basado en esto, los psicólogos disponen desde hace tiempo de diferentes programas para tratar el dolor crónico. 

Meditación
Existen muchos estudios sobre el dolor que señalan que las emociones positivas tienen un efecto beneficioso en las personas que padecen dolor crónico. Así, mientras que los estados mentales negativos incrementan los síntomas y la intensidad del dolor, los estados mentales positivos reducen los índices de dolor y resultan beneficiosos en el estado general de las personas. En otro ámbito, se han hecho estudios que indican que los programas en que se practica una atención consciente al dolor son útiles en la reducción de su intensidad y extensión. 
Como es sabido la meditación sirve para aprender a manejar la atención, las emociones y los pensamientos. Si aprendemos a generar emociones positivas como el amor, la compasión o la gratitud tendremos una excelente herramienta para afrontar el dolor. No obstante, es importante señalar que todavía no hay suficientes estudios que relacionen el dolor y la meditación; por lo cual, de momento sólo contamos con las experiencias de muchas personas que la han usado y les ha ayudado. Muchos testimonios confirman que la meditación puede aportarnos herramientas efectivas para abordar el dolor. Para empezar, podemos generar emociones positivas y podemos desarrollar atención consciente.
Aun así, conviene advertir que no debemos esperar que el dolor desaparezca. Este no sería un objetivo realista. Meditar no es una poción mágica que te hace flotar sin dolor. Lo que pretendemos es hacer que el dolor que nos domina sea menos incapacitante. Se trata de que podamos seguir con nuestra vida e incluso podamos ser felices - aunque nos haya tocado vivir con dolores. Debemos ver la meditación, o cualquier otra terapia contra el dolor, como una herramienta que limpie el dolor de sus efectos nocivos, eliminando todo lo que sobra y dejándonos con un simple dolor que duele pero no nos paraliza.

Atención consciente
Una meditación básica para trabajar el dolor es la atención. En esta práctica buscamos una forma nueva de relacionarnos con la experiencia. Es decir, tratamos de conocer el dolor de otra manera y sin miedo. Nuestra reacción habitual al dolor es rechazarlo, condenarlo y tratar de hacerlo desaparecer. Cuando uno tiene dolor crónico nada de esto funciona, es más, todo esto lo mantiene y lo hace más intenso. En meditación, hacemos lo contrario, permitimos la experiencia de dolor y trabajamos con nuestra atención para desarrollar imparcialidad; hacemos todo lo posible para vivirlo sin rechazo y permanecer atentos sin escapar de él. Por medio de la respiración, vamos soltando todo tipo de asociaciones, pensamientos y juicios en torno al dolor. Vamos abandonando las resistencias y nos permitimos sentir el dolor. La idea es conocerlo mejor, ver cómo respira y  saber cómo es.
Uno de las formas de crear sufrimiento en nuestra vida es rechazar lo que nos sucede. Cuando rechazamos cualquier experiencia comenzamos a crear infelicidad y malestar. Esto es especialmente cierto en el caso del dolor. Es decir, a pesar de que es completamente lógico rechazar el dolor, hacerlo es uno de los modos en que lo convertimos en sufrimiento. Por esto, la meditación puede tener tanto poder. En esta práctica de atención consciente, en lugar de responder con rechazo tratamos de abrirnos al dolor y vivirlo de una manera relajada y consciente. Los efectos pueden llegar a ser sorprendentes. Al principio concentrarse en el dolor parece que es más doloroso, pero esto sólo es un fenómeno temporal que pronto da lugar a una experiencia completamente distinta. 

Meditar sobre el dolor
Sitúa tu cuerpo en una posición cómoda en la que puedas relajarte sin dormirte. Trata que sea una postura en la que puedas respirar con comodidad y mantener la mente despejada. 
Lleva la atención a la zona de tu cuerpo donde sientas dolor. Respira con naturalidad por la nariz y observa el dolor con curiosidad y frescura. Trata de mirarlo como si fuera la primera vez que lo ves. Trata de conocerlo. 
Puedes fijarte en la forma que tiene la zona en la que lo sientes. Su tamaño preciso, sus contornos, sus dimensiones. Puedes ser más concreto y observar si es alargado, ancho, ovalado, circular, etc. También puedes indagar si su intensidad es uniforme en toda la zona o no. Observa también si grueso o fino, si tiene volumen o no. Advierte si afecta a otras zonas del cuerpo o si tiene contornos definidos. 
Sigue escuchando la respiración, y cada vez que respires suelta cualquier resistencia que tengas al dolor. Trata de no emitir juicios ni caer en sentimientos de victimismo, culpa, vergüenza o resentimiento. 
Ahora pon un poco más de conciencia en el dolor. Trata de verlo como algo que tiene vida propia. Fíjate si se mueve o está quieto, observa si cambia, observa cómo y cuándo se mueve. Observa con atención si se modifican sus contornos, si se hace más grande o más pequeño, si se hace fuerte o débil, si siempre está quieto. 
Suele notarse que el dolor cambia ligeramente cada cierto tiempo. No es una cosa quieta y acabada, sino un proceso en movimiento. Ahora, cada vez que lo veas moverse, relájate y respira. Deja que tu cuerpo y tu mente se aquieten. Céntrate en el dolor con imparcialidad y obsérvalo. Deja que se mueva y no te resistas, céntrate en vivirlo con calma y aceptación.
Si haces este ejercicio con frecuencia, apreciarás que a veces el dolor se intensifica y se vuelve sólido; otras veces, verás que se ablanda y se deshace en una vibración, a veces incuso se diluye en una corriente placentera. Cualquiera de estos efectos carece de importancia. Recuerda que lo importante es cambiar tu relación con la experiencia. Esto es lo que te va a liberar. Tu equilibrio interior empieza cuando dejas de depender de tus estados físicos y mentales para ser feliz.  

lunes, 16 de julio de 2012

Don´t worry be happy

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No te preocupes y sé feliz, dice la canción. Pero ¿podemos vivir sin preocuparnos? ¿No es peligroso vivir al día sin prepararnos ante los muchos problemas que puedan venir? La idea de vivir sin preocupaciones suena muy bien pero ¿es realista? ¿No empezaran a ocurrir desgracias si no estamos pendientes? Todos tenemos grabada en la memoria la historia que nos contaban de niños de la cigarra y la hormiga. Las hormigas previsoras se preocupan de la llegada del invierno y trabajan todo el verano, la cigarra por el contrario, se dedica a cantar y ser feliz y el invierno le alcanza sin recursos para afrontarlo. Entonces, ¿nos preocupamos o no?
Como todo en la vida el primer error es plantearnos la pregunta de esta forma dicotómica, es decir, blanco o negro. Bien me preocupo o bien no me preocupo. Pero las cosas no son tan extremas, entre el blanco y el negro hay toda una gama de posibilidades. Nuestra necesidad de seguridad nos lleva a adherirnos a uno de los extremos del espectro y ahí es donde nos equivocamos creando una infelicidad innecesaria. Es decir, en el mundo real a veces necesitamos preocuparnos y anticiparnos a los problemas, y a veces, es mejor esperar y disfrutar todo lo que podamos de lo que nos sucede ahora.
Necesitamos preocuparnos, pero no siempre. Muchas veces es más sano y práctico esperar disfrutar, y vivir el presente. A su vez, no podemos quedarnos siempre parados sin hacer nada; a veces conviene preocuparse. Es evidente que la popular filosofía de vivir el presente no es válida para cualquier situación y en muchos casos es incluso perjudicial.


Bienestar y malestar
Como sabemos de sobra ninguna cosa que sucede es para siempre. Ni las situaciones de bienestar ni las de malestar duran, todas las situaciones son temporales y condicionadas por las circunstancias. Sin embargo, justo porque lo sabemos, inmediatamente tratamos de adelantarnos al cambio inevitable. Aquí es donde surge la preocupación y nos olvidamos de ser felices. 
A veces, estamos bien pero nos preocupamos por mantener la situación o recuperarla cuanto antes. Aquí es donde dejamos de disfrutar y echamos todo a perder. Otras veces estamos mal y nos preocupamos buscando la manera de estar bien, pero la preocupación nos impide pensar con claridad y las acciones que emprendemos para ser felices suelen causarnos más sufrimiento. Así, lo complicamos todo pues entramos en una dinámica de infelicidad y malestar que nos atrapa sin elección. 
Así que siempre es conveniente saber permanecer de una manera abierta con lo que uno esté viviendo. Estar sin anticipación ni rechazo. Disfrutar de los momentos de felicidad y aplicar el contentamiento y la paciencia a los momentos difíciles. Haciendo esto, descubriremos que la vida trae más momentos de bienestar de lo que pensábamos y que los momentos de infelicidad no son tan graves como creíamos.

Vivir los problemas.
Ahora bien, en general las cosas son más complejas y no es suficiente atender lo que está sucediendo ahora. Formamos parte de este proceso en movimiento que es la vida y una de las peculiaridades ineludibles de ello es tener que enfrentar situaciones nuevas y desconocidas, y resolverlas. 
Está comprobado que esconderse en lo conocido y refugiarse en lo seguro va desgastando la vitalidad y consumiendo a las personas. 
Vivir y sentirse pleno incluye avanzar hacia lo nuevo resolviendo dificultades desconocidas hasta ahora. Es decir los problemas existen y, no sólo son parte de la vida, sino que la vida los necesita para renovarse y hacerse plena. 
Por tanto, un enfoque más inteligente es dejar de temer los problemas, dejar de rechazarlos y dar un significado diferente a las dificultades que se nos plantean. Es esencial entender los problemas como elementos que nos ayudan a evolucionar e incluso a ser nosotros mismos. Para ello conviene empezar a confiar en nuestro potencial innato e inteligencia. Como ya sabemos, una de las cualidades más potentes del camino espiritual es la práctica de la compasión. El poder de la compasión reside en la convicción de que cada ser humano tiene en su seno el potencial de inteligencia para dejar atrás el sufrimiento.
  Podemos aprender de los problemas, pero además, en realidad no somos los dueños de nuestra vida, no hemos elegido nacer, no podemos elegir lo que nos sucede. Todo son miles de factores, condiciones y circunstancias que convergen en las cosas que vivimos. El trabajo, la pareja, los amigos, la profesión, los hijos, etc. están determinados por cadenas de casualidades, elecciones y decisiones que no controlamos. Es la vida la que manda y es la vida la que llega a la plenitud que eres. Rendirse y entregarse con humildad al camino que la vida lleva, y soltar el camino personal e individual es parte de la historia. 
Sé feliz, no te preocupes tanto porque la vida sabe.
Necesitamos cambiar la interpretación que hacemos de los problemas. Es decir, aunque sigan causando malestar e infelicidad, es básico dejar de rechazarlos y condenarlos, y empezar a entenderlos como parte del proceso vital en que estamos inmersos. Así, no sólo dejamos de preocuparnos sino que usamos los problemas para avanzar más allá de nuestras limitaciones y eso es lo que, en nuestro fuero interno, nos hace feliz. En esencia, lo que no nos mata nos hace más fuertes.

Tipos de problema
Desde otra perspectiva es preciso hacernos más conscientes de una situación antes de responder. No es fácil, pero ante cualquier problema que surja lo primero que hay que hacer es conocerlo bien. Así, cuando miramos cualquier problema debemos analizar si tiene solución o no la tiene. Como reza el dicho si no tiene solución deja de ser un problema, y si la tiene no hay por qué preocuparse

Si tiene remedio
¿Qué razón hay para estar abatido?
Y si no lo tiene,
¿En qué beneficia el desconsuelo?
Shantideva, Bodicharyavatara 6-10

Decimos que hay tres tipos de problemas, problemas reales que pueden resolverse, problemas reales que no tienen solución y problemas ilusorios imposibles de resolver. En el primer caso no es preciso preocuparse porque tienen solución, sólo debemos desplegar nuestras aptitudes para encontrar la salida apropiada. Para ello podemos recurrir a nuestra experiencia, a nuestros amigos o a personas expertas. Una de las dificultades con que nos encontramos puede ser el miedo a equivocarse y la idea de que equivocarse es una catástrofe terrible y espantosa. Si esto nos sucede, es mejor que cambiemos nuestra forma de pensar y sepamos que nunca es tan terrible cometer errores. Sólo tenemos que mirar a nuestro pasado para constatarlo, a pesar de todos los problemas por los que hemos pasado siempre hemos salido adelante. También podemos recordar el proceso de la vida: para llegar a producirse el homo sapiens, la evolución cometió un error genético tras otro.  
También hay problemas reales que no tienen solución. Por ejemplo, no tienen solución la pérdida de un ser querido o acercarse a la vejez. Aquí, es donde es preciso la aceptación y el contentamiento. Es decir, en lugar de preocuparnos necesitamos asumir cómo son las cosas y disfrutar de todo lo demás que tenemos. 
Lo inteligente es evitar que un problema sin solución invada todas las áreas de la vida. 
El sufrimiento está y no lo podemos evitar, pero sí podemos reconocer que otros aspectos de nuestra vida van bien e incluso muy bien. Del mismo modo apartamos una pieza de fruta podrida de las demás, apartamos el problema del resto de la vida y lo aceptamos como es. Puede ser doloroso, duro y oprimente, pero lo mantenemos aislado sin permitir que afecte nuestra realidad global. Cuando conseguimos hacer esto, nos sorprendemos al ver, que hasta el problema más grave ocupa sólo una mínima parte de nuestra existencia. 
Los problemas peores son los que imaginamos creyendo que son reales. Son problemas sin solución porque sólo están en nuestra mente, aunque no lo sabemos. Son los más difíciles de afrontar puesto que creemos que son reales. De ellos surgen las preocupaciones más nocivas y peligrosas. Son las preocupaciones que no sirven para nada sino para crear más sufrimiento. Una preocupación ilusoria típica es, por ejemplo, angustiarse al pensar en un posible futuro aciago. Para abordar este tipo de problemas necesitamos serenarnos y analizar si nuestros temores tienen algún fundamento. Necesitamos aceptar que no podemos confirmar lo que imaginamos ni tenemos pruebas objetivas de ello. A veces, es precisa la ayuda de alguien que nos haga ver que no somos realistas. No hay nada que solucionar, sólo hay que reconocer que el problema no existe. 
El principal problema imaginario - y esto ya tiene que ver con la práctica espiritual - es creer que somos individuos que tenemos problemas y sufrimos. Es creer que alguien nació, vive y morirá. Es el problema más difícil de abordar porque estamos convencidos de existir como individuos. Suele ser necesaria bastante ayuda para empezar a ver que la entidad independiente que llamamos Yo sólo existe en la imaginación y que desde siempre todo ha estado en paz, apertura y felicidad. Lo que sucede es que no es fácil querer ver la verdad y así, el precio que pagamos es el miedo, la inseguridad, la insatisfacción y el dolor. Desde esta perspectiva, las preocupaciones sólo existen en la mente, pero ¿quién se atreve a soltarse, diluirse  en el vacío y dejar de ser?

viernes, 6 de julio de 2012

Sanar tus emociones destructivas

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Trae suavemente la emoción que sabes que te perjudica y, por tanto, la quieres trabajar. 
  Observa tu cuerpo y déjate sentir la emoción. No la rechaces no te culpes ni te juzgues por ello. Deja que la emoción ocupe tu cuerpo y respírala. Observa las sensaciones que te produce y reconoce el posible dolor que te hace sentir.
  Reconoce la situación o la persona por la que respondes así. Presta toda la atención que puedas y observa que dicha situación es pasajera, temporal y transitoria. Observa cómo todo ha cambiado en tu vida y esto también pasará y se olvidará. 
  Déjate sentir unos minutos la naturaleza cambiante del estímulo detonante de tu emoción.
  Ahora, observa todas las causas y condiciones que han intervenido. Especialmente, contempla lo que no has visto hasta ahora. Cuando adviertes detalles que no considerabas, la imagen de la situación cambia y la reacción emocional se debilita. 
Pon toda la atención y honestidad que puedas para descubrir cómo el detonante es un complejo de muchos elementos que se han juntado en un momento dado pero no hay nada objetivo y aislado a lo que reaccionar.
  Ahora reconoce los miedos, expectativas, necesidades, deseos y creencias que contribuyen a tu reacción emocional. Déjalos ir, no forman parte de ti, deja de permitir que te controlen.
  Finalmente, toma conciencia de la imagen que tienes de ti al reaccionar así. Reconoce que la respuesta emocional también está condicionada por lo que opinas de ti mismo, y que si tuvieras otra idea de ti reaccionarías de otro modo. Observa lo que piensas de ti y date cuenta de que puedes cambiarlo pues sólo una imagen ficticia y sin contenido que se formó en el pasado. 

jueves, 21 de junio de 2012

Relaciones II: Ser Positivo

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Cuando estudiamos la felicidad y sus causas, descubrimos que - al contrario de como se suele pensar - no somos felices cuando nos suceden cosas buenas, sino que cuando somos felices atraemos cosas buenas a nuestra vida. Es decir, primero necesitamos estar en una actitud positiva y feliz, y luego, empiezan a ocurrirnos cosas buenas.
  Ahora bien, ¿cómo ser positivo y feliz? Numerosos estudios muestran que uno de los elementos claves de la felicidad son las relaciones positivas. Estar bien con los demás, sentir empatía, amor y gratitud nos hace felices.
  Precisamos de los demás. Sin ellos no podemos obtener el afecto y apoyo que necesitamos, no podemos expresarnos y comunicarnos, no podemos encontrar seguridad, no podemos reír ni divertirnos, etc. Tenemos múltiples necesidades que requieren la presencia de los demás en nuestras vidas, de modo que sólo teniendo relaciones positivas podremos atraer una felicidad estable y duradera.
  Por otro lado, con frecuencia nos vemos condicionados por comportamientos automáticos, pequeñas manías, reacciones descontroladas, miedos e inseguridades. Solemos estar aprisionados en nuestro propio estado mental. No es raro descubrir que somos nosotros mismos nuestro peor enemigo. Visto esto, es fácil comprobar que abrirnos a los demás, ser agradecidos, amorosos y compasivos, nos sana emocionalmente y nos libera. Las relaciones positivas con los demás nos abren a recibir la transformación que nosotros mismos no somos capaces de hacer.
  En otro sentido es igualmente fácil de comprobar que todos los problemas a nuestro alrededor son por egoísmo y falta de compasión. Si analizamos la crisis económica que está trayendo a sufrimiento a tantas personas inocentes, acertamos cuando afirmamos que su origen se encuentra en el narcisismo egoísta de unos pocos. Individuos que seguramente destacaron en colegios y universidades, que se convirtieron en la élite de la sociedad, sumamente inteligentes en asuntos académicos y económicos; sin embargo, absolutamente incompetentes en sus relaciones con los demás, con inteligencia escasa en empatía, respeto y conciencia de los demás. Es decir, muy inteligentes en algunas cosas pero muy ignorantes acerca de los demás, la interacción y la interdependencia global. 
   Todo comportamiento egoísta es muestra de una inteligencia defectuosa.
  Pero lo mismo sucede a niveles más cercanos. Los problemas y conflictos entre miembros de una familia vienen por falta de compasión y exceso de egocentrismo. Lo mismo en las comunidades de vecinos, las empresas, lugares de trabajo, las sociedades, autonomías, etc. Todos los conflictos vienen de un exceso de egocentrismo y negatividad con los demás. Por ejemplo, se ha estudiado que cuando en una relación de pareja, las interacciones negativas son mayores que las positivas, la pareja acaba rompiéndose. En concreto, los estudios son tan específicos que pueden predecir que si en una relación se dicen cinco frases positivas por cada negativa, la relación será sólida y basada en el amor; sin embargo, si por cada frase positiva se dicen tres negativas, la relación está abocada al fracaso. 
  Necesitamos relaciones íntimas y caminar con otras personas en la vida, necesitamos seguridad y apoyo, necesitamos compartir y celebrar con los demás; de modo que si queremos felicidad, si queremos estar bien, es imprescindible que sepamos crear relaciones positivas basadas en la compasión.

  Una historia cuenta que había un monasterio en un remoto lugar en el que sólo habitaban cuatro monjes ancianos. En otros tiempos, había sido un lugar de gran riqueza espiritual con una gran comunidad que incluía eruditos, maestros y monjes contemplativos. Había sido un lugar famoso por su poder y silencio; sin embargo, se había ido apagando y llevaba camino de desaparecer en pocos años, cuando los últimos monjes de tan glorioso pasado abandonaran su envoltura terrenal. 
  Los monjes preocupados no encontraban solución. A pesar de sus intentos, habían sido incapaces de atraer a la gente; nadie pasaba por allí y los que por casualidad o por equivocación se acercaban al monasterio se despedían sin ningún interés. Habiendo agotado sus ideas, en una de sus reuniones decidieron ir a pedir ayuda. Habían oído hablar de un santo ermitaño que vivía retirado en las montañas y, no sin cierta reluctancia, decidieron ir consultarle. 
  Uno de los monjes hizo el viaje, llegó a las montañas y tras perderse varias veces consiguió dar con el ermitaño que ya era mucho más mayor que él mismo y cualquiera de sus compañeros en el monasterio. 
  Cuando el monje le planteó el problema, el ermitaño se quedo callado mirándole fijamente con una expresión de incredulidad. El ermitaño no decía nada, sólo le observaba fijamente con su mirada cristalina. El monje, que no podía evitar que le inundara una gran serenidad en presencia del ermitaño esperó pacientemente.
  El ermitaño, que tenía sus propios tiempos, finalmente le dijo: “Uno de vosotros ha logrado la santidad”. 
  No hubo más respuestas, no hubo consejos ni estrategias y el monje se tuvo que ir sin más; aunque se llevaba la absoluta certeza de que las palabras del ermitaño eran ciertas.
  De regreso al monasterio comentó a sus compañeros el viaje y las palabras del ermitaño. Sintieron que habían agotado la última esperanza de salvar al monasterio; sin embargo, al mismo tiempo no podían ignorar la afirmación del ermitaño de que uno de ellos era un santo. No sabían a quién se refería puesto que cada uno negaba que fueran él mismo; de modo que al no saber quién podía ser, cada uno empezó a tratar a cada uno de los demás con un especial respeto, amor y consideración. Apartaron las rencillas, resentimientos y desencuentros del pasado, y en poco tiempo se implantó un ambiente de compasión, fidelidad y armonía en el monasterio.
  Pasaron los meses y un día alguien se perdió y acabó en el monasterio. Tuvo que quedarse una noche y el huésped sintió tanta paz y armonía en el lugar que se sorprendió de que nadie lo conociera. Empezó a difundir su existencia, y empezó a llegar gente. Se sentía un ambiente tan sereno y profundo que algunos empezaron a quedarse y, con el tiempo, todo empezó a florecer de nuevo. Así, se convirtió de nuevo en un lugar de peregrinación y alimento espiritual.
  La moraleja de la historia es que la compasión transforma, sana y nutre. No importaba si uno de los monjes era un santo o no. Lo que importante era crear un ambiente de compasión. Esto es lo que necesitamos, esto es lo que el mundo necesita. La vida puede llegar a ser muy complicada, la compasión crea un campo gravitatorio que nos ayuda y nos protege de la desdicha y los apuros.



jueves, 14 de junio de 2012

Relaciones: Recordar lo básico

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Tal vez tengas problemas en tus relaciones; tal vez quieras que las cosas te vayan mejor con tus amigos o con  tu pareja; tal vez, te sientes solo y aislado, y no te gusta. Cuando esto sucede lo primero que tenemos que revisar es nuestra manera de vernos a nosotros mismos y a los demás.

Meditando en la Armonía
Toma conciencia de ti mismo. ¿Cómo funcionas? ¿Qué te motiva?, ¿qué te impulsa?, ¿cómo eres? La situación básica es la siguiente: Eres un ser humano y como tal, tienes tus miedos, inseguridades, necesidades, deseos, expectativas, opiniones, aspiraciones y objetivos. Si te observas cada día, tus movimientos, conductas y acciones están impulsados por todo esto. Unas veces es el miedo, otras tus necesidades, otras tus objetivos, otras tus emociones, etc. No tienes mucho control sobre tu vida, realmente. Son más bien todas esas condiciones las que te manejan. 
  Ahora, si miras a los demás, desde esta perspectiva, ves que son iguales a ti. También tienen necesidades, deseos, creencias, temores, emociones, expectativas, etc., igual que tú. Todos  somos iguales. 
  El reto es: ¿puedes ver al otro como un ser humano con características iguales a las tuyas?
Es cierto que tenemos miedos diferentes y deseos diferentes, muchos detalles diferentes, etc. Pero somos iguales. Básicamente todos compartimos la misma realidad de la vida. La persona con la que tienes un conflicto, la persona con la que te llevas bien y tú mismo, todos iguales en lo básico: un compuesto de necesidades, creencias, inseguridades, deseos y demás.
  Un día llegaste a este mundo como un bebé, indefenso, inútil, torpe e inepto. Fuiste aprendiendo, desarrollándote, madurando, y vas camino a perderlo todo de nuevo, a la vejez y la muerte. Tu viaje de la vida es el mismo viaje de todas las personas con las que te encuentras. 
  ¿Puedes ver que todas las personas con la que te relacionas son iguales a ti y comparten tu mismo viaje? 
  Esa persona de la que quieres o necesitas algo, es igual que tú, tiene miedos como tú, necesidades como tú, expectativas como tú, etc. Y además, está haciendo el mismo viaje que tú de nacer, vivir y perderlo todo.  
  Tu mayor anhelo es evitar el sufrimiento y sentirte centrado y pleno. Es lo que más deseas y por lo que más te esfuerzas. Pero el otro, esa persona con la que tienes un conflicto o que necesitas que te haga caso, o cree en cosas distintas a las tuyas, es igual que tú. Tiene el mismo anhelo de ser feliz, la misma urgencia por evitar el dolor. Somos iguales.
  Escucha y míralo. Cualquier persona con la que te relacionas es igual que tú. No eres peor ni mejor, no estas por encima ni por debajo. Todos somos iguales.
  Si escuchas esto y lo ves en los demás, te sorprenderás como te relacionas mejor, disfrutas más, tienes menos conflictos con los demás, y  encuentras la conexión que necesitas.

viernes, 8 de junio de 2012

El enemigo en casa

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Una de las cosas más importantes que necesitamos aprender es saber responder a lo que la vida nos trae. La respuesta de la queja, la culpa o la venganza son fórmulas que hacen todo más difícil. Maneras de elevar el sufrimiento de la vida a lo insoportable. 
Podemos defendernos de los demás, es más, debemos hacerlo, pero la cuestión es desde dónde hacerlo. Si tomamos la posición del rencor, la envidia, la ira o el apego, nunca vamos a resolver la situación y el daño volverá a venir, desde el mismo sitio o desde otro diferente.
En estos tiempos de crisis económica se alzan voces contra los culpables. Se pide justicia, hay indignación y resentimiento. Gradualmente se van formando grupos de personas para luchar contra la sombra de un enemigo inmenso que amenaza con aplastarnos. En algunos casos se van obteniendo resultados, pequeñas acciones hacen que personas concretas puedan salir adelante. Todo esto es muy loable, pero con frecuencia pasamos por alto cuál es el verdadero problema.

El enemigo de la humanidad
Somos seres humanos con nuestras debilidades y afectos. En todo lo que hacemos subyace el temor a la muerte, el dolor y la pérdida. Lo cual, despierta un constante deseo de dominio, conexión con los demás y protección. Son deseos siempre insatisfechos. Vivimos atrapados en lo inevitable y buscamos seguridad a través de medios tan absurdos como el enfado, la ambición, la envidia o la vanidad. He aquí el enemigo. Este es nuestra historia y la de todos aquellos a quienes acusamos, sin ninguna excepción. 
Nos alzamos contra los políticos, el jefe o pareja que nos traicionó, olvidando que el enemigo fundamental es la mente destructiva que les domina. Nunca luchamos contra quien nos daña sino contra la imagen que hemos forjado en la mente. Nunca vemos que el problema es el apego, la ira, la soberbia, la envidia o el miedo, y no hacemos nada para afrontarlos. El enemigo de la humanidad son las pasiones destructivas. 
Vivimos una época difícil, abusos de las autoridades, falta de trabajo, pérdida de poder adquisitivo, etc. Pero si hablamos con nuestros padres y abuelos, nos cuentan recuerdos similares, momentos duros, epidemias, hambrunas, guerras… Cuando no es una cosa, es otra. Podemos quejarnos y echar la culpa a alguien, y nuestros hijos, nietos y demás generaciones seguirán teniendo problemas y dificultades similares a los nuestros. Pero podemos hacer otra cosa. Podemos ponerle nombre al problema y abordarlo de frente. El problema son las emociones destructivas, el enemigo contra el que es preciso luchar es la mente negativa. 
Un conocido maestro budista llamado Shantideva, ya lo decía hace unos 1.200 años: Cuando alguien te pega con un palo no te enfadas con el palo, sino con la persona que lo usa. Del mismo modo, puesto que la persona está manejada por sus emociones destructivas, no deberías enfadarte con ella sino contra sus pasiones.

Aunque lo que me daña es el palo,
Me enfado con quien lo maneja y me golpea.
Pero éste a su vez ha sido incitado por su enfado,
Debería, pues, enfadarme con su enfado.
Shantideva, Bodicharyavatara 6-41

Aprender del pasado
Sin darnos cuenta nos vamos metiendo en una visión del mundo del “nosotros contra ellos”. Es preciso que aprendamos de los errores del pasado; este modo de polarizarse en varios bandos siempre ha acabado mal a lo largo de la historia. La idea de que nosotros somos los buenos y ellos los malos, es la forma más vieja de crear resentimientos, desconfianza, inseguridad y malentendidos, así como la manera de crear las condiciones para que se reproduzcan todo tipo de agresiones. Además, como vemos continuamente, por muchos esfuerzos de algunas personas para crear pactos de convivencia y treguas, siempre se rompen y se vuelve a las andadas. El conflicto producido por la convicción de ser distintos y separados nunca termina. Además, decantarse hacia un lado nos sitúa en el resentimiento, el enfado o la envidia. Así, tenemos el enemigo en casa, aunque pensemos que lo hemos sacado fuera. 
La solución se encuentra en reconocer que todos las personas pertenecemos a la misma humanidad, no somos diferentes y tenemos un enemigo común. Los estados mentales destructivos son nuestro enemigo común, son quienes han creado todas las guerras, crisis, represiones, dictaduras y abusos, a lo largo de la historia. Podemos recordar los nombres de muchos tiranos, dictadores, opresores, etc. Pero el verdadero nombre del enemigo son las pasiones destructivas que dominaron la mente de esos personajes. El enemigo no es tu padre, tu expareja, tu jefe o los políticos sino sus pasiones, sus miedos, deseos, ignorancia, enfado, envidia, etc. Esto es contra lo que hay que enfrentarse, esto es lo inaceptable. 
Sin duda adoptar una posición activa y luchar contra la injusticia es importante e incluso necesario. Callarse y resignarse ante los abusos no es ninguna solución. Pero en nuestra voz alzada contra el maltrato, la inmoralidad y los atropellos debemos recordar cuál es el verdadero problema y qué tenemos que solucionar.

Empezar por uno mismo
Es preciso empezar con nosotros mismos. Necesitamos dejar de hacer daño a los demás con nuestros enfados, envidias y ambiciones. Siendo honestos, si tuviéramos una posición de poder no nos comportaríamos muy diferentes de aquellos a los que acusamos. Adoptar el papel de víctima nos sirve para engañarnos y creer que somos mejores. No lo somos. Por eso es fundamental este proyecto de erradicar las emociones destructivas. Lo mejor, lo más coherente, lo más honesto es empezar con nosotros mismos
Cuando veas a alguien que abusa de ti de alguna manera, fíjate en sus pasiones, sus deseos y miedos. Al verlos reconoce que tú también los tienes, no te engañes pensando que estas por encima. Entonces siente compasión por ti, por el otro y por todos los seres que están condicionados por esas pasiones. La compasión, si es auténtica, debe despertar un profundo anhelo de que termine el sufrimiento del mundo.  Deja que la compasión te impregne y llegue al otro, deja que se extienda al mundo. Deja que la sanación llegue a todos los seres y a todas las generaciones futuras. Deja que la compasión te haga caminar activamente hacia la libertad que anhelas para ti y para los demás.

lunes, 28 de mayo de 2012

La Sabiduría de Soltar

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El camino de la meditación es un proceso de autenticidad y conciencia. No puede basarse en convencerse de unas creencias y repetirlas esperando que nos lleven a cambiar. La transformación proviene de poner conciencia en lo que nos sucede hasta soltar todo lo que nos ata. Cuando a Buda le preguntaban qué había ganado de la meditación, contestaba que no había ganado nada, al contrario lo había perdido todo. Aunque resulte chocante y sorprendente, la paz interior y definitiva viene de perderlo todo.  
   Necesitamos aprender a soltar, dejar atrás todo lo que nos causa infelicidad. En la mayoría de los casos, la solución a nuestro malestar viene de soltar algo a lo que estamos aferrados. Lo cual incluye soltar cosas tan queridas como conceptos, creencias, opiniones, expectativas, deseos, metas y aspiraciones.

En un texto budista se lee:
Cheng Li, al pronunciar mi voto 
hace muchos eones, pensé que 
había hecho que todo fuera más simple.
¿Por qué te esfuerzas? ¡Suelta!
En todo el Canon Mahayana 
no hay mayor sabiduría que
 la sabiduría de soltar

Vosotros, seres que buscáis liberación 
¿por qué no soltáis?
Cuando tristes, soltad la causa de la tristeza
Cuando enojados, soltad la ocasión de la ira
Cuando llenos de codicia o lujuria, soltad el objeto de deseo

Momento a momento liberaos del yo
Donde no hay yo no puede haber ningún dolor ni deseo, 
Nadie por quien llorar ni nadie a quien añorar
Ningún ser que muera o renazca 
Los vientos de las circunstancias soplan a través del vacío,
¿A quién pueden dañar?  

En Terapia


-No me siento bien, estoy muy sensible y todo me afecta.
-¿Ha sucedido algo?
-No. Mi vida está bien, mi trabajo, mi relación... todo está bien pero siento mucha tristeza. Cualquier cosa me conmueve. El otro día al ver una señora mayor en el supermercado cargando torpemente sus bolsas me puse muy triste. Es como ver mucho sufrimiento. Me viene con frecuencia la sensación de que la vida es sufrimiento. Nos vamos haciendo mayores, llegamos a la vejez, el cuerpo se debilita, enferma; luego, vamos perdiendo a personas que queremos y todo se acaba. Veo el sufrimiento que me espera y me pongo triste. 
-Bueno, el sufrimiento es verdad, no podemos engañarnos. 
-Pero me siento mal, antes no me sentía así. Antes sabía escaparme a otras cosas. Primero con experiencias sensoriales y placenteras, y mas tarde cuando comprendí que eso no funcionaba empecé con filosofías y prácticas espirituales. 
-¿Ahora no usas tus prácticas espirituales?
-No. Me he dado cuenta de que era otra manera de escaparme. Quiero ser muy auténtica. Si me apoyo en la espiritualidad que he conocido noto que me voy a la cabeza. Es como poner un repertorio de creencias encima tapándolo todo. Mi sentimiento me habla de sufrimiento y no quiero ponerme razonable y comprensiva. Quiero una solución desde el corazón porque es el corazón el que siente el sufrimiento.
-Dime, ¿qué estas haciendo con el sufrimiento que sientes?
-Nada. No estoy haciendo nada, no sé que hacer, no quiero volver a lo anterior. Estoy muy perdida. Mi vida va bien, no tengo motivos para quejarme de nada, pero todo esto me desconcierta. Siento tanto sufrimiento en la gente y tanta impotencia. 
-Déjate sentir eso un momento. ¿Puedes hablar un poco más acerca de lo que sientes?
-Me siento frágil, no puedo controlar nada de lo que vaya a suceder, no puedo evitar envejecer, morir, perder a la gente que quiero. Es una sensación de vulnerabilidad, de fragilidad. No podemos hacer nada con todo este sufrimiento de la vida.
-Bien, déjate estar ahí. Después de todo es una gran verdad lo que estas sintiendo. Todas las religiones y filosofías de la historia representan intentos de la humanidad de paliar o eludir la verdad de que somos seres indefensos y frágiles ante las leyes de la vida. No obstante, el camino espiritual...
-Buda hablaba de una cesación del sufrimiento. En su discurso de Las Cuatro Verdades, decía que el sufrimiento es la realidad básica pero también que había una cesación del sufrimiento. Yo creo en eso. Estoy completamente convencida de ello.
-Así que sientes dos cosas. Sientes el sufrimiento y sientes que hay una solución. 
-Sí, creo en el método para salir del sufrimiento. Pero ¿cuál es?
-No hagamos teoría. Vuelve a lo anterior, qué estas haciendo con esa tristeza que sientes?
-No hago nada. 
-¿Qué puedes hacer?
-No sé, ese es el problema. Sólo sé que estoy mal y me siento bloqueada. Es como si nada tuviera sentido.
-Veamos, observa la sensación. Déjatela sentir profundamente. ¿Qué es realmente lo que te hace sufrir?
-No sé que quieres decir. 
-Sí. Has dicho que sientes la fragilidad, la tristeza. ¿Cómo es que eso produce sufrimiento’
-Lo siento, sentirlo es el sufrimiento.
-Observa con atención. Si pones conciencia en esos sentimientos, hay algo más. 
-Me temo que no lo veo.
-Cuando meditas sobre ello, descubres que esos sentimientos y el dolor son sólo expresiones mentales. Estás sintiendo que son tuyos y estas creyendo que eres alguien que siente fragilidad. Sin embargo, esto último no está sucediendo, no eres alguien. Para expresar esto que te digo solemos usar el término identificación. El sufrimiento comienza cuando te identificas; es decir, cuando dices que eres el cuerpo, la actividad mental y la interacción de ambos. Si te identificas con el cuerpo de un modo absoluto, cuando el cuerpo se deteriora con la edad, sufres, pero si descubres que no eres el cuerpo o que no es tuyo, no te afecta y estas en paz. 
-Eso lo puedo entender.
-Esos sentimientos de tristeza y de dolor suceden en la mente, pero no hay sufrimiento en eso; tu sufrimiento comienza cuando los haces tuyos, cuando pones el ego, “yo siento esto...” Para ser auténtica es preciso dejar de identificarse y reconocer que nada de eso eres tú.
-Estoy intentando hacer lo que me dices pero no me sirve. Lo entiendo, me desidentifico con la cabeza pero el sentimiento está en el corazón. No me vale.
-Discúlpame, no creo que no te sirva. Lo que creo es que no acabas de soltar y hacerlo; tal vez, es preciso que te des un poco más de tiempo. Se necesita mucha atención y conciencia. Es preciso pararse un momento. No es un proceso lógico y racional, sino un trabajo con la atención en el cual al observar los sentimientos y el dolor con plena conciencia percibes que no son de nadie, percibes que suceden en la conciencia. Eso no es mental. La conciencia está en el corazón.
-Pero si me des-identifico, luego, ¿qué? ¿qué queda?
- Sería mejor quedarte en la experiencia y no seguir haciendo preguntas. Sin embargo, lo que acabas de decir merece la pena investigarlo. Esa pregunta me suena a cierto miedo. ¿qué está sucediéndote ahora?
-Cuando imagino des-identificarme de todo, siento que me quedo perdida. Pierdo las referencias, mi familia, mi pareja, mi mundo...
-Así que lo sabes pero en el fondo no quieres soltar el yo ni tener realizaciones espirituales.
-Tal vez, no.
-Haces meditación pero deseas que nunca dé resultado.
-A veces me ha venido esa idea a la cabeza.
-Si te das cuenta es otra versión de la identificación. El sentimiento de ser alguien es muy firme. Cuando vislumbras que puedes soltarlo surge el miedo a perderte. El vértigo de lo desconocido
-Entonces, ¿si me des-identifico queda algo?
-No es fácil expresarlo. Nadie te puede responder a eso, sólo tú cuando lo hagas. De todos modos, la enseñanza dice que lo que queda es lo que realmente eres y que no está afectado por el sufrimiento.