jueves, 21 de junio de 2012

Relaciones II: Ser Positivo

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Cuando estudiamos la felicidad y sus causas, descubrimos que - al contrario de como se suele pensar - no somos felices cuando nos suceden cosas buenas, sino que cuando somos felices atraemos cosas buenas a nuestra vida. Es decir, primero necesitamos estar en una actitud positiva y feliz, y luego, empiezan a ocurrirnos cosas buenas.
  Ahora bien, ¿cómo ser positivo y feliz? Numerosos estudios muestran que uno de los elementos claves de la felicidad son las relaciones positivas. Estar bien con los demás, sentir empatía, amor y gratitud nos hace felices.
  Precisamos de los demás. Sin ellos no podemos obtener el afecto y apoyo que necesitamos, no podemos expresarnos y comunicarnos, no podemos encontrar seguridad, no podemos reír ni divertirnos, etc. Tenemos múltiples necesidades que requieren la presencia de los demás en nuestras vidas, de modo que sólo teniendo relaciones positivas podremos atraer una felicidad estable y duradera.
  Por otro lado, con frecuencia nos vemos condicionados por comportamientos automáticos, pequeñas manías, reacciones descontroladas, miedos e inseguridades. Solemos estar aprisionados en nuestro propio estado mental. No es raro descubrir que somos nosotros mismos nuestro peor enemigo. Visto esto, es fácil comprobar que abrirnos a los demás, ser agradecidos, amorosos y compasivos, nos sana emocionalmente y nos libera. Las relaciones positivas con los demás nos abren a recibir la transformación que nosotros mismos no somos capaces de hacer.
  En otro sentido es igualmente fácil de comprobar que todos los problemas a nuestro alrededor son por egoísmo y falta de compasión. Si analizamos la crisis económica que está trayendo a sufrimiento a tantas personas inocentes, acertamos cuando afirmamos que su origen se encuentra en el narcisismo egoísta de unos pocos. Individuos que seguramente destacaron en colegios y universidades, que se convirtieron en la élite de la sociedad, sumamente inteligentes en asuntos académicos y económicos; sin embargo, absolutamente incompetentes en sus relaciones con los demás, con inteligencia escasa en empatía, respeto y conciencia de los demás. Es decir, muy inteligentes en algunas cosas pero muy ignorantes acerca de los demás, la interacción y la interdependencia global. 
   Todo comportamiento egoísta es muestra de una inteligencia defectuosa.
  Pero lo mismo sucede a niveles más cercanos. Los problemas y conflictos entre miembros de una familia vienen por falta de compasión y exceso de egocentrismo. Lo mismo en las comunidades de vecinos, las empresas, lugares de trabajo, las sociedades, autonomías, etc. Todos los conflictos vienen de un exceso de egocentrismo y negatividad con los demás. Por ejemplo, se ha estudiado que cuando en una relación de pareja, las interacciones negativas son mayores que las positivas, la pareja acaba rompiéndose. En concreto, los estudios son tan específicos que pueden predecir que si en una relación se dicen cinco frases positivas por cada negativa, la relación será sólida y basada en el amor; sin embargo, si por cada frase positiva se dicen tres negativas, la relación está abocada al fracaso. 
  Necesitamos relaciones íntimas y caminar con otras personas en la vida, necesitamos seguridad y apoyo, necesitamos compartir y celebrar con los demás; de modo que si queremos felicidad, si queremos estar bien, es imprescindible que sepamos crear relaciones positivas basadas en la compasión.

  Una historia cuenta que había un monasterio en un remoto lugar en el que sólo habitaban cuatro monjes ancianos. En otros tiempos, había sido un lugar de gran riqueza espiritual con una gran comunidad que incluía eruditos, maestros y monjes contemplativos. Había sido un lugar famoso por su poder y silencio; sin embargo, se había ido apagando y llevaba camino de desaparecer en pocos años, cuando los últimos monjes de tan glorioso pasado abandonaran su envoltura terrenal. 
  Los monjes preocupados no encontraban solución. A pesar de sus intentos, habían sido incapaces de atraer a la gente; nadie pasaba por allí y los que por casualidad o por equivocación se acercaban al monasterio se despedían sin ningún interés. Habiendo agotado sus ideas, en una de sus reuniones decidieron ir a pedir ayuda. Habían oído hablar de un santo ermitaño que vivía retirado en las montañas y, no sin cierta reluctancia, decidieron ir consultarle. 
  Uno de los monjes hizo el viaje, llegó a las montañas y tras perderse varias veces consiguió dar con el ermitaño que ya era mucho más mayor que él mismo y cualquiera de sus compañeros en el monasterio. 
  Cuando el monje le planteó el problema, el ermitaño se quedo callado mirándole fijamente con una expresión de incredulidad. El ermitaño no decía nada, sólo le observaba fijamente con su mirada cristalina. El monje, que no podía evitar que le inundara una gran serenidad en presencia del ermitaño esperó pacientemente.
  El ermitaño, que tenía sus propios tiempos, finalmente le dijo: “Uno de vosotros ha logrado la santidad”. 
  No hubo más respuestas, no hubo consejos ni estrategias y el monje se tuvo que ir sin más; aunque se llevaba la absoluta certeza de que las palabras del ermitaño eran ciertas.
  De regreso al monasterio comentó a sus compañeros el viaje y las palabras del ermitaño. Sintieron que habían agotado la última esperanza de salvar al monasterio; sin embargo, al mismo tiempo no podían ignorar la afirmación del ermitaño de que uno de ellos era un santo. No sabían a quién se refería puesto que cada uno negaba que fueran él mismo; de modo que al no saber quién podía ser, cada uno empezó a tratar a cada uno de los demás con un especial respeto, amor y consideración. Apartaron las rencillas, resentimientos y desencuentros del pasado, y en poco tiempo se implantó un ambiente de compasión, fidelidad y armonía en el monasterio.
  Pasaron los meses y un día alguien se perdió y acabó en el monasterio. Tuvo que quedarse una noche y el huésped sintió tanta paz y armonía en el lugar que se sorprendió de que nadie lo conociera. Empezó a difundir su existencia, y empezó a llegar gente. Se sentía un ambiente tan sereno y profundo que algunos empezaron a quedarse y, con el tiempo, todo empezó a florecer de nuevo. Así, se convirtió de nuevo en un lugar de peregrinación y alimento espiritual.
  La moraleja de la historia es que la compasión transforma, sana y nutre. No importaba si uno de los monjes era un santo o no. Lo que importante era crear un ambiente de compasión. Esto es lo que necesitamos, esto es lo que el mundo necesita. La vida puede llegar a ser muy complicada, la compasión crea un campo gravitatorio que nos ayuda y nos protege de la desdicha y los apuros.



4 comentarios:

  1. Doy fe con mi experiencia vital de que lo que dice Juan en este artículo es cierto,la compasión es la única terapia realmente sanadora.
    Y al sanar conectas con la felicidad o goce genuinos aunque los tiempos aquí también se hacen notar,hay un proceso previo de limpiar,llenarte de positividad para poder dar.Es un privilegio ser conscientes de todo esto,es una maravilla estar vivos.Gracias.

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  2. ¡¡¡ Gracias !!! Es precioso, me pongo a ello, al menos lo intentaré.

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  3. La vida a veces se convierte en un Tsunami, parece que todo se derrumba, que la intensidad de las ondas nos arrastrara. Que no vamos a poder con ello, por que solo no se puede...
    Y sobrevivimos gracias a estas personas maravillosas que nos rodean.
    Que nos entregan su tiempo, su energía, su amor... NO nos ahogamos gracias a esas manos que nos abrazan.. nos ayudan a quitar los escombros, a cambio de nada..
    Y nos volvemos a levantar...
    La vida en estos momentos pone en evidencia la Compasión que nosotros recibimos ( como se me olvida !! que poco lo recuerdo..)
    Cuantos seres me ayudan cada día !!!
    Cuanto recibo...
    Que todo lo que la Vida me traiga me haga más capaz de ayudar a los demás..que pueda devolver, al menos, un poquito de todo lo que recibo de este inmenso océano de Compasión que me envuelve... que me cuida...
    GRACIAS a todos...

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