lunes, 2 de abril de 2018

Una enseñanza definitiva

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Es muy fácil perderse en el mundo de la mente. A veces, incluso, si no sabemos meditar podemos acabar reforzando nuestro mundo mental en lugar de conocernos y liberarnos de la infelicidad. Tenemos que saber cómo trabajar con la mente, qué nos atrapa y cómo ser dueños de nuestros estados.
Entre las numerosas joyas del budismo hay una enseñanza muy bella. Es muy especial porque la persona que la recibe, con sólo escuchar a Buda, en ese mismo instante alcanza el Despertar espiritual. No tuvo que hacer años de meditación ni someterse a numerosas etapas de disciplina y control. Sólo al abrirse las palabras del Maestro, las entendió inmediatamente. La enseñanza se llama el Sutra de Bahiya.
Bahiya quería liberarse del sufrimiento y se entera de que Buda enseña el camino de la liberación. Entonces deja su casa y va a verle a la ciudad de Sāvatthī . Cuando llega al lugar donde le habían dicho que residía Buda, el monasterio de Anathapindika, los monjes le explican que el Señor se ha ido a pedir comida a la ciudad.
Así, Bahiya entra en la ciudad para encontrar al Maestro. En cuanto le ve, se acerca y le pide una enseñanza para liberarse del sufrimiento. Sin embargo, Buda le dice que ha llegado en mal momento porque están pidiendo comida por las casas. Bahiya insiste y Buda vuelve a negarle la enseñanza. Pero Bahiya no se rinde y a la tercera petición, finalmente Buda accede y le transmite la enseñanza que con solo oírla le lleva a trascender el sufrimiento y el final de de todos los renacimientos. Así pues, esto es lo que Buda le dice:
“En lo que se ve, solo hay lo que se ve,
En lo que se oye, solo hay lo que se oye,
En lo que se siente, solo hay lo que se siente,
En lo que se concibe solo hay lo que se concibe .
Por tanto, deberías ver que;
En verdad no hay ninguna cosa aquí.
Así es, Bahiya, cómo deberías adiestrarte.
Puesto que, Bahiya, para ti hay,
En lo que se ve, solo lo que se ve,
En lo que se oye, sólo lo que se oye,
En lo que se siente solo lo que se siente,
En lo que se concibe, solo lo que se concibe,
Y ves que no hay ninguna cosa aquí,
Por consiguiente, verás que
En verdad no hay ninguna cosa allí,
Al ver que no hay ninguna cosa allí
Verás que,
Por consiguiente, no estas ubicado ni en el mundo de esto,
Ni en el mundo de eso,
Ni en ningún lugar
entre ambos.
Solo esto es el final del sufrimiento”.
Esto es lo que el Maestro le transmitió a Bahiya y en estas palabras está contenido todo lo que necesitamos saber para trascender nuestras frustraciones, insatisfacciones, inseguridades y conflictos vitales. Esta es la enseñanza que liberó a aquel hombre y es una de las llaves para nuestra propia liberación. Así pues, todo lo que necesitamos es sentarnos a contemplar las palabras, y tratar de captar lo que de verdad significan.
Conforme realizamos la indagación se van desvelando distintas capas, distintos significados cada vez más sutiles y profundo.
Una primera lectura nos hace reconocer que siempre estamos contaminando nuestra experiencia con la mente, y si fuéramos capaces de quedarnos tan solo con lo que sucede tendríamos más paz. Dicho de otro modo, nuestros conflictos y problemas están determinados por nuestra forma de entender las cosas, las interpretaciones que hacemos, las expectativas, las creencias de cómo debe ser todo, las valoraciones subjetivas, etc.
No vivimos, la afirmación De Buda: “en lo que se ve sólo hay lo que se ve”, sino que en lo que vemos se mezclan además todo tipo de proyecciones, significados y procesos mentales distorsionando lo que hay. Si fuéramos capaces de apartar nuestra mente y ceñirnos a lo que sucede, a lo sentimos, a lo que vemos, a lo que oímos, etc., viviríamos con muchísima más serenidad. Esto es muy importante, cada uno tenemos que hacer una reflexión personal y cuestionarnos hasta qué punto estamos permitiendo que nuestros estados mentales deformen la realidad. [blockquote] Una de las preguntas que siempre conviene hacernos, ante cualquier dificultad en la vida, es: ¿Lo que veo es la verdad o es lo que mi estado mental me dice? [/blockquote]
Pero este es sólo el significado más básico de las palabras de Buda. Si seguimos con la contemplación, empezamos a reconocer el sentido de las palabras “no estas ubicado ni en el mundo de esto ni en el mundo de eso, ni en ningún lugar entre ambos”. Es poner en tela de juicio el sentirse alguien: Yo soy, Yo existo, yo tengo, yo hago, yo percibo, yo vivo. Pero, esto no es una cuestión intelectual ni viene como consecuencia de un profundo análisis filosófico. Viene de poner conciencia en la experiencia, en el momento presente.
Cuando experimentamos las cosas, cuando vemos, oímos, sentimos y concebimos cosas, tenemos una imagen de nosotros mismos. Una idea muy firme y arraigada que se vive muy real. Nos sucede constantemente y no parece haber motivos para cuestionarla. Sin embargo, cuando nos detenemos aquí y nos enfocamos en esa sensación de ser empieza a verse menos real.
Es especial, si investigamos si esta sensación de yo está viendo o sintiendo algo, no se ve tan claro. Más bien, lo que se ve es la experiencia de ver o la experiencia de oír y la experiencia de sentirse alguien. Se perciben experiencias diferentes sin ninguna relación. Si persistimos en la contemplación, dejando a un lado argumentos, descubrimos que hay experiencias de ver, oír, sentir, y concebir, que incluso está la experiencia de yo, pero no hay nadie que ve, oye, siente o concibe. Captar esto, es un nivel más profundo y definitivo de liberación del sufrimiento.
Ahora, si en nuestra contemplación seguimos desgranando las palabras de Buda a Bahiya, todavía podemos encontrar significados más sutiles. Uno de ellos, desconcertante y profundamente revelador es descubrir que más allá de estas experiencias de ver, oír, sentir, pensar y demás, no hay nada que exista por sí mismo; no hay objetos aislados e independientes, ni cosas ni fenómenos que tengan una realidad separada. Sólo hay este sentir, no hay nada aquí ni allí. Las cosas, los fenómenos se originan dependiendo unos de otros. Los objetos, las personas, los fenómenos que conocemos sólo son el percibir y más allá de esto no se encuentra ninguna realidad objetiva.
La verdadera sabiduría empieza cuando no encontramos nada ahí, separado de la experiencia o del conocimiento de ello. El objeto es una experiencia y no hay nada más que la experiencia. No hay un objeto ahí y luego, ese objeto se ve o se toca, o se piensa. Solo hay una experiencia que surge aquí.
Hay experimentar, pero no hay objetos ni nadie que experimenta. La sensación de un mundo externo y alguien que lo percibe, viene de ciertas ideas que se producen en la mente. Ideas que parece que apuntan a algo objetivamente real y que nunca son cuestionadas. Parece que las ideas se refieren a cosas que existen independientes de ellas. Como si las cosas pudiesen existir sin necesidad de pensamientos y conceptos.
El asunto es que no hay motivo para cuestionarlo, pues nos sirve para funcionar en la vida, para obtener lo que necesitamos, para sentirnos seguros, para relacionarnos, etc., esencialmente para sobrevivir.
Ahora bien, tras la indagación lúcida y directa de lo que hay aquí, se desvela que nada existe sin la mente como condición; las cosas, las personas, el yo, son fenómenos que requieren de conceptos y procesos mentales para existir. Por consiguiente, nada existe por sí mismo. Todo está vacío de existencia propia. Aprehender esto es liberación.
Pero es preciso tener cuidado, sin la investigación correcta podemos llegar a la conclusión errónea de que no existe nada. Por el contrario, la sabiduría no dice que no hay nada.  Cuando llegamos a la sabiduría encontramos que las cosas, los fenómenos, el mundo, las personas, el yo, ni existen ni dejan de existir. Sólo son convenciones para manejarnos en la vida. La realidad final es inefable, inconcebible, inaprensible y sutil. Y, sin embargo, no hay nada más cerca ni más íntimo en este instante.
Evidentemente aprehender todo esto requiere una gran lucidez y claridad. Necesitamos parar y contemplar de un modo directo e inmediato lo que hay aquí. Es esencial dejar de buscar todo tipo de experiencias, dejar de seguir llevándonos de conceptos e ideas, y ponernos a mirar con honestidad el momento presente, lo que vemos, sentimos, pensamos y demás. Solo así encontraremos el camino a la sabiduría que libera de las insatisfacciones e incertidumbres de la vida.

Apuntando Sabiduría

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Por una parte, entendemos que experimentamos el mundo y las cosas de un modo subjetivo. Todo lo que vivimos está condicionado por nuestra manera de percibir y entender el mundo. Nuestra percepción está condicionada y deformada por interpretaciones, significados, recuerdos, comparaciones y demás.
Esto nos da el conocimiento de que todo es relativo.
[MEDITACIÓN:
Detente un momento y observa cualquier objeto que tengas a la vista. Investiga hasta qué punto tu experiencia del objeto está condicionada por tus pensamientos y conceptos, por tu estado emocional, expectativas y demás]
Pero esto todavía no es sabiduría, porque aún seguimos creyendo que el mundo y las cosas existen. Sentimos que están ahí, aunque sepamos que las moldeamos según nuestros pensamientos.
La verdadera sabiduría empieza cuando no encontramos nada ahí, separado de la experiencia o del conocimiento de ello.
Los objetos son experiencias, no hay nada más que experiencias. No hay un objeto ahí y luego, eso se ve o se toca, o se piensa en ello. Solo hay una experiencia que surge aquí. Por ejemplo, hay ver, hay tocar, hay pensar, etc.; y decimos que hay ver una taza, tocar una taza  y pensar en una taza, etc. Pero eso no implica que haya una taza que se  vea, se toque o en la que se pueda pensar.
En el lenguaje convencional que usamos para entendernos, “ver una taza” significa que hay una taza ahí que puede verse. Pero cuando hay una lucidez, más allá de la experiencia visual no hay ninguna taza. Más allá de la experiencia táctil, no hay ningún objeto.
Además, la experiencia visual es la conciencia visual, la lucidez de lo visual. Esta conciencia es lo que sucede.
Así, puesto que tampoco hay nadie que ve el objeto, aquí sólo hay la experiencia, la lucidez.
[MEDITACIÓN:
Observa cualquier objeto a la vista, o toca cualquier cosa que tengas a mano. Al silenciar la mente y quedarse sin pensamientos, ¿cómo se experimenta el objeto? ¿Cuál es la experiencia directa cuando no hay conceptos?]
[MEDITACIÓN:
Observa el objeto. Al dejar los pensamientos aparte, ¿alguien  experimenta el objeto?¿Hay sujeto y objeto?¿hay alguien que ve, toca, oye, etc.?
Por otro lado, si decimos que no hay taza, esta creencia de que no existe el objeto, es de nuevo una proyección mental; proviene de la tendencia a pensar de un modo dicotómico (es decir, sólo hay dos posibilidades que la taza exista o que no exista). La creencia implica una certeza y algo a lo que aferrarse. La creencia nos aleja de nuevo de lo que hay aquí.
Aquí sólo hay la experiencia, el experimentar, el saber. El pensamiento de que no hay taza, aparece como una realidad objetiva que existe de verdad. Esto es volver a la ignorancia, a una pérdida de sabiduría. Previamente la proyección era que los objetos existen por sí mismos, y ahora que los objetos no existen. Es la misma ignorancia.
Si el objetivo es desactivar el aferramiento, acabamos creando una nueva cosa a la que aferrarnos, esta vez es la vacuidad o la inexistencia del objeto. (Como es fácil deducir, las consecuencias pueden llegar a ser nefastas: nihilismo, pérdida de sentido, desesperanza, apatía, desilusión, decepción, etc.)
De modo, que no se trata de encontrar una nueva creencia ni de tener otra forma de pensar. La cuestión es apreciar lo que hay aquí, y la mente no sirve para saberlo.
[MEDITACIÓN:
Reconoce la experiencia, mira si estás cayendo en idea de que no hay nada. ¿puedes mantenerte en la perspectiva de que el objeto ni existe ni deja de existir?]
Recapitulando. Hay experimentar, pero no hay objetos ni nadie que experimenta. La sensación de un mundo externo y alguien que lo percibe, viene de ciertas ideas que se producen en la mente. Ideas que parece que apuntan a algo objetivamente real y que nunca son cuestionadas. Nos parece que nuestros pensamientos e imágenes se refieren a cosas que existen independientes de ellos. Como si las cosas  existieran sin necesidad de pensamientos y conceptos.
Pensar así nos sirve para manejarnos en la vida, por esto no lo cuestionamos. Creer que el mundo y las personas existen sirve para obtener lo que necesitamos y relacionarnos. Tiene una función de supervivencia.
Ahora bien, tras la indagación lúcida y directa de lo que hay aquí, se desvela que nada existe sin la mente como condición; las cosas, las personas, el yo, son fenómenos que requieren de conceptos y procesos mentales para existir. Por consiguiente, nada existe por sí mismo. Todo está vacío de existencia propia.
Ahora bien, reconocer que sólo hay experimentar y darse cuenta, puede llevarnos a la conclusión de que sólo hay conciencia. Esto de nuevo, es volver al mundo de la mente. La conciencia como una entidad que existe por sí misma y es la fuente de todo lo que se experimenta es una idea lógica pero no es la verdad. Vuelve a ser una interpretación de lo que hay aquí. Sobre la experiencia directa e inmediata se superpone la idea de que la realidad última es la conciencia.
Aunque resulta muy atractiva la idea de que el trasfondo de todas las experiencias es la conciencia y todo surge de ella, lo cierto es que también es una proyección mental. Dicho de otro modo, no es nuestra experiencia directa e inmediata.
[MEDITACIÓN:
Observa cualquier objeto a la vista, o toca cualquier cosa que tengas a mano. Reconoce la conciencia de la experiencia. Ahora mira con la máxima lucidez que puedas, ¿la conciencia es algo? ¿Es una energía, un espacio? ¿Puedes reconocer que la conciencia sólo es una idea?]
En resumen, las cosas, los fenómenos, el mundo, las personas, el yo, ni existen ni dejan de existir. Sólo son convenciones para manejarnos en la vida. La realidad final es inefable, inconcebible, inaprensible y sutil. Y, sin embargo, no hay nada más cerca ni más íntimo en este instante.
Ver un objeto es percibir colores y formas, percibir colores y formas es darse cuenta de colores y formas. Pero darse cuenta no está aquí y los colores allí -como si hubiera un observador y algo observado- la conciencia es los colores y formas, sin ninguna dualidad ni separación.
Por ejemplo, ver una flor, es percibir colores y formas. No vemos una flor, la conciencia visual sólo percibe colores y formas. A partir de los colores percibidos la mente construye un objeto. Las impresiones mentales, los conceptos aprendidos, se usan para dar un significado a los colores y formas percibidos. La idea de flor aprendida y almacenada en la mente, y las experiencias previas con flores, dan pie a que estos colores y formas se vean como una flor. Pero no vemos una flor, sólo vemos colores y formas, y en la mente la imagen de una flor. La imagen mental, los colores y las formas se fusionan en una experiencia única y creemos que vemos una flor.
 [MEDITACIÓN:
Observa cualquier objeto a la vista, escucha los sonidos o toca cualquier cosa. Sin pensamientos, ¿cómo se experimenta el objeto? ¿Puedes reconocer que la experiencia sólo está compuesta de colores, formas, sonidos, sensaciones táctiles y demás? Sin la mente que los construya, no hay objetos, sólo hay experiencias sensoriales.]
Por consiguiente, con la vista sólo se perciben colores y formas. Ahora bien, percibir no es otra cosa que darse cuenta. En el contexto de la experiencia, percibir, darse cuenta, lucidez, conciencia, etc. vienen a referirse a lo mismo. Así pues, no se percibe una flor sino que hay conciencia (darse cuenta) de colores y formas, o también, conciencia de la imagen mental de la flor. Sin embargo, al contrario de lo que solemos pensar, la conciencia no observa los colores y formas allí, a una cierta distancia de ella. La conciencia, el percibir, es inseparable de los colores y formas. La conciencia es la naturaleza de esos colores y formas. Dicho una vez más, los colores y formas que acabamos “viendo” como una flor son la conciencia misma que los percibe, sin ninguna distancia ni separación.
Ahora bien, esta conciencia no tiene ninguna entidad ni existencia propia. Es una forma de hablar para comunicar algo inexpresable. No solamente no hay flor ni colores, ni formas; tampoco hay conciencia ni percibir, ni darse cuenta. La liberación definitiva del dolor es soltar y rendirse como consecuencia de saber que no hay nada que pueda ser aferrado.
[MEDITACIÓN:
Observa cualquier objeto a la vista, escucha los sonidos o toca cualquier cosa. Sin pensamientos, sólo hay la conciencia de las experiencias. Observa, ¿dónde termina la conciencia y dónde empieza la experiencia?  ¿Hay separación, hay distancia? ¿Son diferentes experiencia y conciencia?]
Adenda
Puede que al leer esto todo te resulte extraño y confuso, o que no estés de acuerdo con nada, o incluso que sientas irritación y enfado. Si es así, mi consejo personal es que tomes cartas en el asunto y te pongas a trabajar en el sendero de la Compasión con verdadero ahínco y determinación. Cultiva ecuanimidad, gratitud, regocijo, perdón, amor y compasión, hasta que sientas que estas prácticas te hayan transformado.
Por el contrario, si al leer esto experimentas que te resuena, le encuentras algún sentido o intuyes la verdad que señala, es imprescindible que sigas investigando, estudiando y meditando sobre ello. Evita convertir la enseñanza en una creencia. El lenguaje es limitado a la hora de transmitir lo inefable de la realidad, y da lugar a muchos malentendidos y conclusiones erróneas. Busca incansablemente maestros que te lo expliquen y haz de ello una práctica para toda la vida.

jueves, 20 de julio de 2017

Ante el miedo

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Es inevitable sentir miedo. La vida está llena de inseguridades, imprevistos e incertidumbres. A menudo nos encontramos con situaciones que nos llevan a sentirnos indefensos y desamparados. En un mundo en que todo es efímero, cambiante e impredecible antes o después nos topamos con el miedo.
Aunque tengamos recursos para desentendernos de su presencia, no es raro que nos asalte y nos domine. Por miedo permitimos abusos y maltratos, nos limitamos, nos hacemos daño y destruimos lo que amamos, cometemos errores imperdonables y desperdiciamos la vida. Nos lleva a ir en contra de nosotros mismos y nos impide desplegar y manifestar lo mejor de nosotros mismos.
Múltiples experiencias señalan su presencia. La ansiedad, la depresión, las adicciones, las obsesiones, etc., en general los trastornos mentales, indican sentir algún tipo de amenaza y temor. Además, tenemos un profundo anhelo de sentirnos seguros y de creer que controlamos nuestras vidas; sin embargo, la realidad es que en la vida no hay seguridad ni podemos controlarlo todo, con lo cual una y otra vez nos topamos con el miedo. La vida es insegura por naturaleza; el esfuerzo por sentirnos a salvo nunca da resultados.
Ahora bien, también debemos reconocer que el miedo no es malo en sí mismo. Es una reacción emocional que nos ayuda a estar alerta ante lo que puede resultar dañino y nos permite anticipar respuestas para defendernos o escapar. Además, nos hace estar más despiertos y atender lo que nos rodea con más cuidado. Sirve para evitar accidentes y desgracias, y es útil para anticipar situaciones peligrosas. Todos los seres vivos estamos programados para sentirlo cuando percibimos peligro, y llega a formar parte de nuestro temperamento.
No obstante, puede distinguirse entre un miedo normal y saludable, y otro nocivo y dañino. Es una reacción normal cuando se activa en el momento apropiado y ante una situación peligrosa, y cuando se reduce hasta desvanecerse al finalizar la situación. Es normal cuando su intensidad es proporcional a la situación con que nos enfrentamos. Sentimos miedo sólo cuando percibimos o imaginamos algún peligro; por lo tanto, si no somos conscientes de un peligro podríamos no sentirlo en situaciones verdaderamente peligrosas.
El problema surge cuando tenemos miedo en situaciones inofensivas o inventadas, o ante la posibilidad o el recuerdo de un suceso que no está sucediendo. En tales casos, hablamos de un miedo nocivo. Experimentamos miedo porque las percibimos como peligrosas sin serlo. Es dañino cuando se activa con excesiva frecuencia y su intensidad no se corresponde con lo que está sucediendo; cuando es una reacción que se repite a menudo sin motivo aparente y perdura demasiado tiempo.

Raíces del miedo
El origen del miedo radica en la misma sensación de yo. Sentirse alguien implica inevitablemente sentirlo. Aunque alguna persona afirme no sentir miedo, la realidad es que todos lo sentimos, la idea que tenemos de nosotros mismos conlleva la experiencia de miedo.
Como seres humanos dotados de cuerpo y mente, tenemos muchas necesidades y carencias. Por ejemplo, necesitamos comer, descansar y entornos saludables; necesitamos relaciones, comunicación, afecto y respeto; necesitamos una vida con sentido, libertad y creatividad. La presencia de necesidades implica el deseo de lograrlas y el miedo a no conseguirlas, y además cuando las obtenemos el temor a perderlas. Ahora bien, nuestra experiencia es que muchas veces nos vemos incapaces de conseguir lo que necesitamos, otras experimentamos la pérdida de lo que logramos, otras nos resulta inalcanzable, etc. De modo que siempre vivimos con un trasfondo de miedo e incertidumbre.
La misma experiencia de yo implica dos miedos fundamentales, a la vida y a la muerte. Por un lado al sentir la existencia tememos la muerte y desaparición; todos, en el fondo, sabemos que estamos indefensos ante la muerte y que podemos desaparecer en cualquier momento. Pensar verdaderamente en la muerte nos lleva a una experiencia de fragilidad y vulnerabilidad muy difícil de tolerar. De modo que la reacción más habitual es mantener la muerte como una idea lejana impersonal que les ocurre a los demás.
Por otro lado, somos conscientes de la complejidad de la vida, y lo difícil que resulta tener todo bajo control; de manera que nos resulta complicada e inmensa, y sentimos miedo de no llegar a conseguirlo. La vida nos exige constantemente soluciones y respuestas, nos plantea problemas inesperados, nos pone contra las cuerdas de la incertidumbre y la insatisfacción, nos trae fracasos, pérdidas y frustraciones. A menudo sentimos que no vamos a poder, y nos encojemos y paralizamos.
Tanto el miedo a la vida como el miedo a la muerte, se ve reflejado en nuestras decisiones y metas, en los objetivos que nos ponemos en la vida, en nuestra forma de relacionarnos y convivir. Nos hace buscar amparo en religiones, filosofías, ideologías políticas y visiones del mundo. Así que, no adoptamos nuestra religión, nuestras ideas políticas o nuestros valores porque hemos analizado la verdad que contienen sino porque tenemos miedo y nos dan seguridad.

Manejar el miedo
Por consiguiente, queda claro que el miedo forma parte de la vida. Todos lo tenemos en nuestro interior; sin embargo, podemos aprender a manejarlo. En esto somos diferentes unos y otros, algunas personas saben instintivamente enfrentar sus miedos, mientras que otras se sienten sobrepasadas por ello, para unos es natural manejarlo y para otros es algo que hay que aprender.
Para abordar el miedo, el primer paso es reconocerlo. Con frecuencia, nos sentimos mal, inquietos y desconcertados pero no somos capaces de percatarnos de que detrás de todo eso hay mucho miedo. Es preciso darse cuenta y saber aceptar que se tiene miedo. Percibir el miedo, vivirlo en el cuerpo y reconocerse con miedo es el primer paso para sanarlo. Esto no es nada fácil, pues a menudo lo escondemos detrás de reacciones emocionales intensas como la ira o la tristeza.
Además es preciso indagar en nuestro interior e identificar a qué le tememos. Esto requiere una cierta capacidad de introspección. Sabemos que tenemos miedo pero es preciso saber a qué se debe. Hay muchas formas de miedo, desde el miedo a algún tipo de muerte hasta el miedo a la vida misma, pasando por el miedo a cometer errores, al rechazo, a no ser capaz, a la ira, al fracaso, al futuro, a la crítica, a los insectos, a la enfermedad, a los espacios abiertos, a las situaciones sociales, a volar en avión, a hablar en público, al abandono, a la locura, al futuro, al descontrol, etc. Conocer cuáles son nuestros miedos es el segundo paso.
Cuando reconocemos esto es de gran ayuda recordar que todo el mundo lo sentimos en situaciones poco familiares, y que es una respuesta normal. Para poder afrontarlo, necesitamos aceptar que cierta dosis de miedo es algo natural e incluso necesaria; debemos saber que temer y rechazar el miedo es un obstáculo para solucionarlo. Por consiguiente, el objetivo no es eliminarlo sino regularlo y reducir su exceso. Es importante abandonar los sentimientos de vergüenza, culpa o debilidad por sentir miedo. Tener miedo no nos hace inferiores, débiles o incapaces. Juzgarnos por sentirlo es otra manera de quedarnos atrapados en él. Es vital descubrir que el miedo no nos define, sentirlo no refleja nuestro ser. Aceptarnos con miedos e inseguridades es un paso fundamental.
La única manera de resolver el miedo es enfrentarlo. Un miedo puede desaparecer, pero hasta que no seamos plenamente conscientes de la experiencia no conseguiremos superarlo. Así, una de las estrategias más efectivas es familiarizarse con la experiencia de miedo y entrenarse en ciertas circunstancias controladas a sentirlo. Se trata de acercarse con perseverancia y continuidad a situaciones que producen un ligero miedo. No es necesario vivir en peligro, es suficiente enfrentarse a pequeños miedos y vivirlos conscientemente.
Ahora bien, no basta con exponerse a las situaciones, es esencial vivir la experiencia con la máxima lucidez. Esto es, cuando nos encontramos en una situación de temor, necesitamos poner plena conciencia en lo que estamos experimentando. Mirar con atención la experiencia corporal, emocional y mental. Debemos ser capaces de registrar minuciosamente nuestra experiencia, sin juicios ni interpretaciones, y saber qué significa sentir miedo, en el cuerpo y en la mente. Debemos evitar juzgarnos y apartar la culpa. El objetivo es verlo, conocerlo y descubrir que podemos convivir con él.
El entrenamiento en meditación es muy útil para esto. La lucidez que desarrollamos nos lleva descubrir que la experiencia de miedo, aunque muy desagradable y amarga, es pasajera y temporal. Con sólo observarla un tiempo, el mal trago siempre se pasa.

MEDITACIÓN
Modificar la mente es una de las cosas más importante que se aprenden de la meditación. Mediante una práctica sincera y continuada descubrimos que tenemos recursos para afrontar el miedo y que vamos a ser capaces de atravesarlo. Además abandonamos las ideas rígidas y exageradas sobre los problemas y peligros que puedan surgir. La meditación nos da confianza para ser capaces de vivir con serenidad las situaciones de inseguridad e incertidumbre. Sabemos que podremos reaccionar bien, con inteligencia y claridad. Si nos planteamos un objetivo realista, no esperamos acabar con los miedos sino vivirlos con aceptación, humildad, lucidez y compasión.
La manera más útil de manejar el miedo es mirarlo y vivirlo con la máxima conciencia; se trata de llegar a sentirlo como una experiencia más de la vida. Muchos miedos se empiezan a resolver haciendo meditación pero meditar es una preparación para dar el paso definitivo de vivir el miedo en una situación dada. Cuando tenemos miedo a algo muy concreto lo mejor es enfrentarse a ello; sin embargo, no siempre tenemos la fuerza mental para hacerlo.

Claves para meditar en el miedo
1. Conciencia lúcida. Lo que más nos protege es la conciencia, es nuestra verdadera salvaguardia. Cuando percibimos el miedo y sabemos que está ahí, surge la posibilidad de que encontrar otras dimensiones más libres.
2. La experiencia corporal. Ser testigo del sentimiento en el cuerpo. Sea como sea que lo sentimos, si hay temblor, agitación o malestar, permanecemos en la sensación de miedo.
3. Capacidad de abrirse al dolor del miedo. Dejar de resistirse, evitar esperar sentir algo distinto, evitar juzgarse, sentirse culpable o avergonzarse. Permanecer presente con el miedo.
4. Sustentar en el corazón el sentimiento y las sensaciones corporales que le acompañan, con suavidad y amabilidad. Descansar la atención en el aliento conforme se eleva y desciende. La respiración acompaña la conciencia de la emoción y la sensación corporal. Pueden dejarse las palmas de las manos sobre el corazón, y en caso de que el miedo sea muy intenso, hacerlo caminando. Se trata de descubrir la impermanencia, el cambio constante y entenderlo de otro modo.
5. Darse compasión, ser amable con uno mismo. Tratarse con bondad y aprecio, entendiendo que el miedo no define lo que somos. Dejar que la conciencia de compasión acoja el miedo en nosotros y lo sane.
6. Paciencia, en el sentido de contentamiento con la experiencia. En lugar de rechazo, huida o aversión, buscamos modificar la relación con el miedo. No tratamos de hacer que se vaya sino de vivirlo con la máxima lucidez que seamos capaces de invocar. Descubrimos que la anticipación, la aversión o el deseo de controlarlo son las causas reales de sufrimiento, y no el miedo mismo.

Meditación: Atención plena
Una forma de meditar en el miedo es tratar de experimentarlo con plena atención. Para ello, cuando nos sentamos, traemos la situación que nos da miedo y tratamos de vivirla con la máxima intensidad y claridad de que seamos capaces. Ante la experiencia de miedo observamos lo que nos sucede. Veremos ciertas sensaciones corporales, reacciones emocionales, pensamientos, imágenes, etc. Observamos todo lo que pasa en el cuerpo y la mente como descubriendo qué significa realmente sentir miedo. Se trata de contemplar con curiosidad evitando rechazar la experiencia.
Notaremos numerosas resistencias internas a sentir miedo, así como el deseo a que la meditación sirva para que desaparezca. Pero buscamos mantener una actitud impecable de curiosidad, ignorando cualquier interferencia en la experiencia de miedo.
La meditación consiste en mirar con imparcialidad y aceptación la incomodad, el desagrado, la necesidad de sentirnos seguros, la culpa, la vergüenza, etc. Respiración a respiración buscamos la manera de abrir un espacio interno para acoger el miedo. Queremos dejar de oprimirlo y rechazarlo; queremos encontrar una relación nueva con el miedo.
Aquí es preciso confiar plenamente en la práctica de meditación, confiar en el poder de la conciencia y en uno mismo. El efecto de hacer esto es que empezamos a reconocer que el miedo no nos invade totalmente. Es decir, sólo ocupa una parte en nuestro interior. Al principio parece que estamos poseídos por la experiencia de miedo, pero conforme lo observamos y profundizamos en nuestro interior, descubrimos algo más allá del miedo. Es similar a una nube flotando en el cielo. En nuestro espacio interno flota el miedo como una experiencia más; desagradable e incómoda pero tan solo una experiencia más.

Meditación: El amor y la compasión
En muchos casos, una estrategia más potente para trascender el miedo es meditar en amor y compasión. Aquí lo que hacemos es envolvernos y llenarnos de en un profundo sentimiento de amor, compasión, gratitud y perdón. La presencia del amor en nuestro interior desplaza y disuelve la experiencia de miedo.
También en esta práctica, lo primero es hacernos conscientes del miedo, permitirnos sentirlo y evitar cualquier rechazo o huida. Dejamos que la experiencia se mantenga y empezamos a sentir amor. Podemos empezar recordando a una persona que nos sea muy querida y dejamos que el pensamiento de ella nos sirva para despertar amor. Luego, dejamos que el amor crezca hacia otros seres queridos y hacia nosotros mismos. Dejamos que el amor nos invada y nos envuelva. De modo que sentimos miedo pero estamos envueltos de amor.
Podemos expandir el amor a todas las personas que tienen miedo como nosotros y dejar que ese amor penetre por todo nuestro cuerpo. Tenemos que darnos el tiempo suficiente para sentir el amor ocupando el cuerpo. Finalmente, se trata de sostener la experiencia y dejar que el amor ejerza su efecto sobre el miedo.
La misma práctica puede hacerse invocando la compasión, la gratitud o el perdón. El estado final es vislumbrar la claridad interna donde flota el miedo. Un espacio en donde hay paz y seguridad. Ver el miedo desde esta perspectiva nos libera de él y nos reconcilia con nuestro ser más profundo.

Meditación: La Naturaleza Primordial
Finalmente se trata de encontrar en nuestro interior algún lugar donde nunca hay miedo. Como veíamos el miedo forma parte de la vida, sin embargo, en nuestra esencia primordial no hay nada que temer. El miedo es un estado mental, una formación en el espacio de la mente, pero más allá de la mente, fuera de los confines de conceptos, ideas e interpretaciones, no hay miedo. Esto es lo que queremos desvelar en la meditación.
Una vez hecho consciente el miedo y tras dejarlo sentir, nos quedamos unos instantes contemplando la experiencia. Debemos ser capaces de estar en paz con el miedo, con lo desagradable y doloroso de sentir miedo. Para ello, entramos en un proceso de aceptación cada vez más profundo. Aquí debemos ir más allá de nosotros mismos, de modo que aunque nos parezca sentir que aceptamos el miedo queremos ir más profundo y alcanzar un grado de aceptación como nunca lo hemos hecho.
Ahora, en este proceso sin fin de aceptación, empezamos a contemplar quién o qué, percibe que hay miedo. Empezamos a hacer presente la conciencia de miedo. La lucidez inaprensible y abierta que conoce el miedo. Momento a momento, permitimos que se haga más presente esta conciencia.
En el proceso descubrimos la relevancia de la conciencia. La importancia inequívoca y crucial del espacio abierto de la conciencia. En esta lucidez, vacía e impersonal, no hay miedo, hay silencio y serenidad, hay vida y claridad. En contraposición el miedo se torna irrelevante, efímero e ilusorio.
Descansando en la conciencia vacía e intangible, encontramos donde nunca llega el miedo.

Un apunte final
Al hacer cualquiera de estas meditaciones queremos que tengan la máxima eficacia y poder. Las motivaciones de autoprotección producen efectos limitados y temporales; por ello es de suma importancia abrir y cerrar la meditación con una dedicación positiva:
Que gracias a esta meditación todos los seres sepan vivir sin miedo.
Que todos los seres despierten naturaleza esencial más allá del miedo.
Que tenga la sabiduría y compasión necesarias para ayudar a los demás a trascender sus miedos.
Una meditación sobre el miedo
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miércoles, 8 de junio de 2016

30 minutos

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Podría llegarte la muerte ahora.
Si en este preciso instante sucediera. Si empezaras a notar los síntomas de estar muriendo, la pérdida de vitalidad, la consumación de los sentidos, la espesura mental, la absoluta fragilidad, la desprotección, la vulnerabilidad...
De pronto te darías cuenta de que no tienes más tiempo,
verías que ya no tienes futuro,
que muchos planes y proyectos se quedarán por hacer,
que te vas a separar de todos tus amigos y relaciones.
Que vas a dejar atrás todo lo que conoces.
Que se agota tu tiempo.
Que paso a paso, con cada respiración, se acerca tu último aliento.
Y si en ese preciso instante en que vieras que ya no te queda tiempo,  te ofrecieran treinta minutos más, solo treinta minutos, lo darías todo.
Por comprar esos minutos entregarías todo lo que tienes,
absolutamente todo lo que posees por unos pocos minutos.
Aunque solo fueran treinta minutos.

Ahora, date cuenta de que no estás muriendo, de que estás vivo, de que tienes tus treinta minutos y muchos más.
De modo que vive, disfruta, sé feliz, aprovecha la vida, aprovecha el día.
Deshecha lo que alimenta el ego, vive la compasión, encarna tu verdadero ser. 

Porque aunque todavía no te haya ocurrido, a ti también la muerte te está esperando.
Y aunque te pueda parecer que aún queda tiempo, la cuenta atrás está en marcha.

lunes, 9 de mayo de 2016

Más allá de Mindfulness

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No pongas límites a lo que puedes lograr
No importa cómo haya ido tu vida hasta ahora
Lama Thubten Yeshe (1935-1984)

La práctica de la Atención Plena o Mindfulness es extraordinaria. Avalada por cada vez más estudios controlados, se está viendo que no en vano ha perdurado más de 2500 años. Entre sus más importantes beneficios señalaría que, por una parte tiene el efecto de cesar la creación de sufrimiento y por otra, sirve de plataforma para la indagación hacia nuestra naturaleza primordial.

martes, 15 de diciembre de 2015

Conocer lo Primordial

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Esta Naturaleza Primordial es la esencia de todo lo que existe, es lo que somos y lo que son todos los objetos con los que nos relacionamos. Es aquello de lo que todo está formado. No puede expresarse ni definirse. Cualquier concepto acerca de ella solo lleva a la confusión y nos conduce a distraernos de ella. No debería hablarse de ella pero evitar hacerlo es emplazarla en lo inexistente. De modo que no tenemos más remedio que expresarla a sabiendas de lo inoportuno de mencionarla.