jueves, 3 de abril de 2014

Meditación para el dolor de la vida

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Tratamos de vivir sin problemas. Hacemos cualquier cosa para sentir que tenemos un cierto dominio sobre nuestra vida. Tenemos la idea de que ciertos comportamientos nos llevarán a estar a salvo. Queremos creer que si actuamos de ciertas maneras como ser correctos, hacer todo bien, ser buenas personas o estar muy alertas, viviremos sin problemas. Necesitamos pensar que podemos llegar a dominar todo lo que nos suceda y que llegará un día en que todo nos salga bien. 
No obstante, lo cierto es que vamos a experimentar muchas dificultades en el futuro, hagamos lo que hagamos. La vida implica una sucesión ineludible de vivencias de inseguridad, frustración, pérdida, insatisfacción, etc. Nos ha sucedido hasta ahora y nos seguirá sucediendo. Podemos ignorar esta verdad, ser optimistas y pensar en positivo; pero nada nos va a alejar del hecho de que nos esperan muchas situaciones difíciles. 
De modo que ante esto, ¿estamos preparados? ¿Tenemos los recursos suficientes para afrontar la vida? Muchos pensarán que pueden hacer algo, adelantarse a los acontecimientos y conseguir evitarlos, pero no suele funcionar. Otros piensan que nunca serán capaces y tratan de esconderse, pero tampoco sirve. Lo más realista es estar dispuesto, prepararse mentalmente para afrontar lo que  la vida traiga.
Desde la perspectiva espiritual, la conciencia del dolor de la vida es uno de los elementos que nos impulsan al trabajo interior. Saber que sufrimos nos da el arrojo suficiente para vencer la fuerza gravitatoria del ego. La contracción egocéntrica nos tiene firmemente atrapados y sólo por medio del suficiente empuje podemos vencerla. Reconocer el dolor de la frustración, la incertidumbre, la pérdida, la inseguridad o la decepción, es lo que nos da la determinación necesaria. 

Abordar el dolor de la vida
En lugar de actitudes derrotistas o negativos, es de vital importancia saber que podemos entrenar la mente. Está en nuestra mano el ser capaces de afrontar el dolor que nos espera. Todo es cuestión de adiestramiento y comprensión. 
Para empezar podemos considerar tres aspectos. Primero, necesitamos la apertura mental para aceptar las frustraciones, fracasos, inseguridades y demás como parte de la vida. Además, es preciso aprender a ver que el dolor no es tan real. Por último, es esencial descubrir en nuestra experiencia personal que podemos vivir con serenidad cualquier situación difícil.

1. Entender el dolor como parte de la vida
2. Saber quitarle importancia 
3. Descubrir que podemos manejarlo en paz

Estas tres actitudes socavan el sufrimiento de nuestra vida, le quitan su poder y lo relegan a un segundo plano. La fuerza de las experiencias difíciles viene de nuestra propia mente. El sufrimiento no tiene realidad en sí mismo ni está ahí fuera esperándonos; viene de nosotros mismos. Si le damos otra perspectiva, se desvela la  paz interior que siempre hemos buscado.

Entrenamiento mental I: Ecuanimidad y empatía
El primer aspecto, viene de una apertura de conciencia a lo que nos rodea. Esto es, entendemos que el dolor es parte de la vida cuando miramos a nuestro alrededor. Al abrir la mente percibimos que en cada momento de sufrimiento hay cientos de personas que padecen lo mismo que nosotros. Cada instante es una experiencia compartida por muchos. Nunca es nuestra historia personal separada de los demás. Siempre  que experimentamos dificultades y conflictos estamos conociendo el dolor del mundo. 
Entrenando la mente en soltar la vivencia individual del dolor para reemplazarla por la conciencia global del dolor del mundo nos liberamos de una gran carga. El dolor que vivimos es el mismo dolor que están tocando miles de personas. Estamos unidos en esta experiencia de infelicidad que nos vincula, no estamos solos, es el dolor del mundo. Esta empatía universal, cuando la vivenciamos desde la conciencia (dejando atrás la mente lógica y controladora) tiene el efecto liberador de aportar una dimensión nueva a la vivencia de dolor. Es la conciencia de lo global lo que nos libera de la opresión del ego. El sufrimiento vivido como algo personal desde la perspectiva egocéntrica, es agobiante y denso, la empatía nos ayuda a soltar y lo vuelve más liviano.

Entrenamiento mental II: Atención positiva y Conciencia
El proceso continua cuando aprendemos a dar menos importancia a dificultades que encontramos. Aquí necesitamos cultivar la lucidez que desvela que hay aspectos mucho más valiosos y reales que el dolor. Esto es, no se trata de ignorar el sufrimiento o de meramente quitarle valor, sino del descubrimiento de que en realidad no es tan verdad como parece porque hay otros aspectos más reales. Ahora se trata de aprender a fijarnos en todas las cosas positivas de nuestra vida, pero no sólo eso. Es preciso alcanzar la comprensión de que muchas de ellas son más reales que el sufrimiento. Necesitamos un entrenamiento firme y constante para dirigir la atención a zonas de nuestra vida que damos por hecho o que nunca atendemos, y recobrar el valor y la verdad que contienen.
Parte de este proceso es la constatación de nuestra naturaleza básica. No sólo estamos vivos, sino que somos la vida misma. Nuestra realidad primordial es vida, conciencia despierta y lúcida. Y esta realidad es más verdad que cualquier dificultad. En presencia de la vida que somos las experiencias de sufrimiento son insignificantes y descoloridas. Todo tiene su origen en nuestro ser esencial, todo se sustenta y perece en lo que verdaderamente somos. El sufrimiento no es más que un mero suceso transitorio en la verdad atemporal y eterna donde todo nace. Visto así cualquier conflicto o dificultad es nimio e insustancial. 

Entrenamiento mental III: Amor, compasión, perdón y naturaleza primordial
El conocimiento de que podemos manejar en paz cualquier experiencia de infelicidad es de vital importancia. Para ello lo primero que necesitamos es querernos a nosotros mismos. Esto es, el adiestramiento requiere un movimiento de conciencia hacia nosotros mismos mediante el cual tomamos la decisión de cuidarnos, vivir satisfechos y ser felices. Todos queremos felicidad, pero la diferencia aquí es la decisión consciente que viene de experimentarnos a nosotros mismos. Con la mirada dirigida hacia dentro tomamos esta decisión que tiene un gran poder: Voy a cuidarme, voy a hacerme feliz. 
Además, cualquier vivencia difícil nos brinda la oportunidad de generar compasión. La compasión, en el sentido budista, viene como consecuencia de empatizar con el dolor del mundo. Aquí se manifiesta como el profundo anhelo de que termine el sufrimiento de todos los seres. Este deseo, que encarna la compasión y surge de un lugar anterior al egocentrismo, es la herramienta de sanación por antonomasia. En concreto, ante la experiencia de dolor reemplazamos nuestra reacción condicionada habitual por la respuesta de compasión. Nuestro dolor sirve de detonante para la compasión universal: Que termine el sufrimiento de todos los seres.
El perdón es otro de los elementos que contribuyen al descubrimiento de que el dolor puede vivirse con serenidad y contentamiento. No obstante, al igual que sucede con la compasión, aquí el significado de perdón es diferente al que estamos habituados. Perdonar en el sentido que ahora le damos, significa una atención abierta e incondicionada por medio de la cual le hacemos sitio al dolor. Esto es, en lugar del rechazo, la contracción y la contención del dolor, nos abrimos internamente a sentirlo, le damos amplitud y lo respiramos en el espacio abierto de nuestro interior. La aceptación sin resistencias es la herramienta esencial para dejar de alimentar el sufrimiento.
Por último, completamos este entrenamiento mental desplegando la máxima lucidez de la que seamos capaces. El paso definitivo viene del discernimiento del aspecto de nosotros mismos donde el sufrimiento nunca llega. Este es el modo más profundo de verdadera liberación y descarga. Percibir donde no duele, eso que nunca ha sufrido en nosotros y nunca puede sufrir, es definitivo. Desde la sabiduría, el dolor nunca es personal, es una vivencia impersonal que nadie posee. Más allá de la experiencia de dolor se vislumbra la apertura en que sucede,  la vacuidad última de la mente en donde el dolor de la vida sólo es como una mota de polvo flotando en un rayo de sol que entra en una inmensa estancia. El conocimiento de nuestra naturaleza primordial es finalmente donde estamos a salvo de cualquier sufrimiento. Vislumbrar esto es la gran oportunidad que tenemos, el privilegio que la vida nos ha concedido habiendo nacido humanos.

Meditación: Atención plena y consciente 


martes, 4 de marzo de 2014

MAS ALLÁ DE LO QUE PENSAMOS

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La realidad es abierta, inefable, luminosa y serena. Esto es lo que somos y lo que expresan todas las cosas y fenómenos del mundo en que vivimos. Nuestra naturaleza última está más allá de cualquier desdicha o temor y todos los seres participamos de esta esencia inconcebible y atemporal. 
El trabajo interior, el llamado camino espiritual, es el proceso de despertar la lucidez que desvela esta verdad última de la existencia. Meditamos, hacemos ejercicios de indagación, buscamos el silencio, repetimos mantras y oraciones, etc., con el propósito de alcanzar sabiduría.  
Uno de los principales problemas a sortear es intentamos lograrlo a través de la mente. No nos damos cuenta de que vivimos en la mente; todo lo que conocemos son los pensamientos e ideas que tenemos sobre nosotros, los demás y el mundo. No conocemos la realidad última porque sólo escuchamos nuestras ideas, pensamientos, prejuicios y creencias. Sólo percibimos a través de lo que la mente dice.
Aquí radica también el origen de toda la infelicidad en nuestra vida. No somos las historias que nos contamos de nosotros mismos ni los demás son las historias que nos contamos de ellos. Distanciarse de la verdad es acercarse al sufrimiento. Es una línea continua con dos extremos. Si nos vamos hacia el lado de la realidad sufrimos menos, tenemos más paz y armonía, si por el contrario nos dirigimos al extremo de lo falso empezamos a experimentar más insatisfacción, miedo y conflicto. La mente, los pensamientos, nunca hablan de la verdad absoluta. Creer en lo que la mente dice es acercarnos al polo de la falsedad.
Vivimos en el reino de la mente. Funcionamos llenos de ideas, etiquetas, opiniones y conceptos que nos impiden percibir lo que somos y nos adentran en experiencias de dolor, incertidumbre, inseguridad y desazón. Del mismo modo los pensamientos, prejuicios, etiquetas y conceptos que proyectamos en otras personas crean experiencias de enfado, celos, envidias, miedo y demás que acaban en comportamientos dañinos y destructivos. Por consiguiente, el origen de cualquier conflicto se encuentra en lo que pensamos. Así es como se crea el sufrimiento de todos los seres. De manera que una de nuestras tareas más importantes es reconocer que la mente nos engaña.
Si queremos un cambio significativo en el mundo, es fundamental saber identificar los pensamientos que hay detrás de cualquier experiencia de infelicidad. Es de vital importancia conocer los pensamientos que están construyendo el sufrimiento y, una vez descubiertos, desecharlos. En este sentido, el objetivo principal es ser capaces de ver que no son verdad. 
Así pues, tenemos dos tareas importantes por delante, la primera identificar los pensamientos que construyen nuestro mundo de infelicidad y la segunda, tener la lucidez de ver que son falsos. Cuando lo conseguimos los pensamientos dejan de tener poder y si aparecen no tienen ninguna autoridad sobre nosotros.
Mucha gente dice que sus pensamientos tienen mucha fuerza. Hay personas que sienten con mucha convicción ideas nocivas y destructivas. “Cuesta demasiado vivir”, “No me sale nada bien”, “No voy a ser capaz”, “Tal como soy, nadie me puede querer”, “Me han hecho mucho daño”, etc. Hay cientos de pensamientos tóxicos que se sienten muy poderosos y verdaderos. Lo que ignoramos es que la fuerza de los pensamientos viene de nosotros mismos. Ningún pensamiento tiene poder. Somos nosotros los que hacemos que sean tan poderosos al creer en ellos. En cuanto damos crédito al pensamiento, lo hacemos real. Pero ningún pensamiento es verdad. Nos dominan sólo porque creemos en ellos.
Esta es una de las grandes revelaciones del camino. Confundimos el mundo y las personas con los pensamientos que tenemos sobre ellos. Confundimos nuestro ser con los pensamientos que tenemos de nosotros mismos. Pero somos mucho más que eso.
No obstante, no es fácil verlo. La dificultad principal viene de intentar entenderlo con la mente. Pretendemos que una parte de la mente crea que ninguna idea, pensamiento o creencia es verdad. Pero esto no es posible. La mente no puede ver que la mente no es verdad, pues todo lo que la mente ve es falso. 
Cuando escuchamos esta enseñanza de los maestros, se expresa con palabras (que son pensamientos) y la escuchamos con la mente, tratamos de entenderla con la mente y queremos descubrir lo que señala con la mente. Sin embargo, este enfoque es muy limitado. Aunque aprendamos a pensar mejor y a controlar ciertos pensamientos nocivos, la tarea principal es ver que ningún pensamiento es la realidad, y esto no podemos entenderlo con la mente. 
Cambiar nuestra forma de pensar y ser más positivo es el primer paso, ciertamente beneficioso. La mayor parte de las personas que hacemos un trabajo personal nos dedicamos a ello. Durante años tratamos de dominar la mente, controlar las emociones destructivas, cultivar estados mentales positivos o incluso detener el flujo descontrolado de pensamientos. No obstante, no debemos detenernos en esto. Es preciso que vayamos más allá. 
Controlar y modificar la mente no termina nunca. Es una tarea sin fin y puede ser muy frustrante quedarse ahí. Por el contrario, la verdadera transformación viene cuando somos capaces de ver que nada de lo que la mente manifiesta es la verdad. Esto supone un salto muy importante en nuestra práctica espiritual.
El único modo de hacer posible que se desvele nuestra naturaleza primordial es dejando de creer en lo que pensamos de nosotros mismos. Dicho de otro modo, percibiendo que lo que pensamos de nosotros sólo son pensamientos sin ninguna consistencia. Es inútil apartar o tratar de dominar nuestros pensamientos, lo único que sirve es reconocer que son apariencias ilusorias. Esto es, tampoco sirve pensar o creer que no son verdad. Es menester la percepción, la visión clara de su naturaleza falsa.
Esta es la gran dificultad. En lugar de tratar de entender, es necesario desarrollar la lucidez que observa la mente y percibe su falsedad. Sólo desde una atención clara y despierta podemos ver que ningún pensamiento nos muestra nada de la realidad. El ejercicio fundamental es un ejercicio de conciencia y lucidez. No es suficiente saber que tenemos un pensamiento destructivo, es preciso percibir que no es verdad, es esencial dejar de creer en él.
Muchas personas intentamos hacer esto y nos quedamos a medias. Esto es, a menudo empezamos a observar la mente y lo que conseguimos es distanciarnos de ella. Nos alejamos de los pensamientos y emociones, y notamos que así no nos afectan. Es una estrategia muy práctica que nos ahorra mucho sufrimiento; sin embargo, no es suficiente. Necesitamos dar un paso más. Es de vital importancia llegar a la comprensión de que los pensamientos son sólo pensamientos y que sólo señalan aspectos relativos y provisionales de la realidad. Ningún pensamiento dice nada de lo que de verdad somos.

PRACTICA
El proceso es el siguiente. Ante cualquier situación de malestar o dolor, observamos la experiencia que tenemos. Esto implica dejar de huir de lo que sentimos y dejar que todo sea como es. Entonces, con esta actitud de aceptación y apertura nos fijamos en la parte mental de la experiencia. Observamos los pensamientos, creencias, estados, sentimientos y emociones que están presentes. Tratamos de evitar los juicios, culpas, críticas hacia lo que sucede. También dejamos de intentar controlar la mente. Con esta actitud vamos llegando a situarnos en un espacio de contemplación de la experiencia mental. Sin embargo, no es exactamente un distanciarse de los pensamientos sino un modo de verlos desde ningún lugar.
Esto no es algo que podemos hacer sino que sucede como consecuencia de la atención imparcial y abierta. Desde fuera de la mente, desde la conciencia, si sabemos tener paciencia y aceptación, en un momento dado empezamos a vislumbrar la naturaleza de la mente. Los pensamientos son lucidez vacía y abierta. Emerge la comprensión de que el pensamiento sólo es una construcción aparente y no tiene realidad. Aquí es donde se desvela que el pensamiento es irrelevante, dejamos de creer en él. Entonces deja de tener fuerza y se diluye en la vacuidad luminosa de la mente.
Podemos hacer todo tipo de ejercicios y prácticas de crecimiento personal pero hasta que no surja la comprensión de que estamos inmersos en el mundo de la mente no conseguiremos trascender, y nuestro camino sólo será un dar y dar vueltas a lo mismo, siempre con algo por mejorar, algo que controlar y algo por trascender. Así, nunca llegamos al final. La comprensión de que la mente no es verdad es uno de los indicios de la verdadera transcendencia. Como Buda dijo: Quienes confunden lo falso como esencial y lo esencial como falso, morando en ideas erróneas, nunca llegan a la verdad. (Dhammapada)

lunes, 3 de febrero de 2014

Introducción a la Naturaleza Primordial

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Todas las prácticas espirituales son para llegar a la sabiduría de reconocer lo que verdaderamente somos, la naturaleza primordial de la existencia.
Ahora bien, cuando buscamos esta sabiduría, el enfoque es muy diferente de lo que estamos habituados. La sabiduría se despierta cuando aprendemos a parar, cuando dejamos de buscar experiencias espirituales y cuando dejamos de usar los pensamientos para vislumbrar la realidad de la vida.