lunes, 15 de septiembre de 2014

Entrevista a Juan Manzanera

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miércoles, 3 de septiembre de 2014

El destino de aprender

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(Madurar, 2ª parte)

En general, tenemos bastantes dificultades en abandonar la reacción victimista, seguimos echando la culpa al mundo, a los demás o incluso a nosotros mismos por todo lo malo que nos sucede. Cuando surge alguna dificultad, lo más frecuente es quejarnos y rechazarla. Es una reacción aprendida y compartida con amigos, familia, conocidos y la sociedad en general. Cambiar esto no es fácil. Requiere una disciplina interna y una fuerte motivación de ser honestos, sinceros y fieles a la verdad.
      Ahora bien, otra dificultad importante es reconocer qué es lo que la vida demanda de nosotros en cada situación. La popular idea de que venimos a aprender no es del todo correcta. La naturaleza de la vida es cambio, evolución, aprendizaje. Estar vivo es formar parte de esto. Resistirse a ello sólo sirve para crear un sufrimiento innecesario. Es decir, no sólo hay una evolución biológica sino también un desarrollo mental, emocional y de lucidez. Es decir, en lugar de pensar que venimos a aprender es más preciso entender que somos parte de un inmenso proceso más grande que nosotros mismos que está en constante aprendizaje, y no sólo en el aspecto físico y biológico. No tenemos otra opción que sintonizarnos con la vida de la que formamos parte.
      Nuestra mente, al estar limitada y focalizada en lo personal, tiene mermadas sus habilidades de saber qué aprender en cada situación. Somos demasiado narcisistas, demasiado egocéntricos; creernos el centro de la creación es el pecado original que nos condena al sufrimiento. El aprendizaje de cada momento nos llevaría a trascender el dolor pero estamos demasiado ocupados en ser alguien, y en buscar seguridad, satisfacción, sentido, certidumbre y demás.
      Nadie puede decirnos, verdaderamente, qué aprender en cada situación. No obstante, si tenemos una actitud de sintonía con el despliegue de la vida podemos llegar a saberlo cada vez con más claridad. Es penoso ver a personas que se niegan a evolucionar y es lamentable ver a quienes no aciertan a reconocer lo que la vida les demanda.
      Cuando nos negamos a avanzar, la vida nos trae situaciones cada vez más intensas hasta que escuchemos la demanda. Todo empieza muy suavemente, pequeños indicios, ciertas situaciones que se repiten; cuando no atendemos, aparecen escenarios más dramáticos y agudos, experiencias más dolorosas que nos atrapan y que no podemos seguir ignorando. Lo mismo sucede cuando no acertamos ver hacia donde tenemos que evolucionar, todo se acentúa, la vida nos trae situaciones cada vez más comprometidas hasta que no haya lugar a duda. 

Evolución
      Todos los seres formamos parte de la misma corriente vital, de modo que el aprendizaje es común para todos. Por eso tenemos algunos mapas, algunas indicaciones del camino y de lo que necesitamos aprender la mayoría de nosotros.
      Se trata de caminar en dirección contraria al egocentrismo. Madurar como seres humanos implica dirigirse hacia la humildad, la aceptación, la apertura y la compasión. Cada una de estas, a su vez, tiene diferentes capas o grados de comprensión. Cada una requiere un proceso personal de indagación largo y sincero que nadie nos puede dar hecho.
      La humildad viene básicamente del conocimiento de que la vida es más importante que uno mismo. Siempre, en todas las situaciones. Esta probablemente es, al mismo tiempo, la primera y la última lección del proceso espiritual. Mientras sigamos creyéndonos importantes seguiremos atados al miedo, la inseguridad y la incertidumbre. Si nuestras opiniones y deseos son más importantes que la verdad, acabaremos atrayendo sufrimiento. Si la experiencia personal es más importante que nuestra esencia primordial, tendremos que vivir todo una y otra vez hasta que sepamos rendirnos a la realidad.
      Aceptación tiene que ver con soltar, con dejar de resistirse a las experiencias. Es dejar de querer controlar, dejar de querer cambiar las cosas, abandonar el esfuerzo para hacer que las cosas sean como uno quiere. Es preciso tener mucho cuidado con esto porque cuando, como consecuencia de una supuesta aceptación, nos desvitalizamos o nos quedamos paralizados, no es realmente aceptación. Cuando dejamos de tener metas e ilusiones tampoco es aceptación. La aceptación tiene que ver con la realidad de cada momento y con la comprensión de lo que de verdad sucede.
      Apertura se refiere básicamente a abandonar el mundo encapsulado de la mente. Nos abrimos más allá de las opiniones y conceptos que nos dan seguridad. Es el riesgo a lo desconocido, el salto más allá del mundo personal en el que la mente nos hace sentir que estamos a salvo. Estamos condicionados por ideas, creencias, interpretaciones y conceptos, nada de eso tiene que ver con la realidad. Nada de lo que la mente dice es verdad. Trascender la mente nos sitúa en el espacio abierto donde somos verdaderamente libres.
      Finalmente, compasión se refiere a la interconexión con los demás. El sentimiento de soledad, las luchas de poder, la búsqueda de amor y afecto, etc., son distracciones imaginarias de una mente inmadura y primitiva. La compasión es la visión de que toda experiencia es compartida, cada persona es otra faceta de uno mismo, la evolución es global e impersonal. El fin del sufrimiento es el destino del que ningún ser puede escapar.
      La cuestión fundamental es que tenemos que llegar a vivir todas las experiencias que se presenten con humildad, aceptación, apertura y compasión; si somos incapaces de ello vamos a tener que vivirlas de nuevo. Todo regresa hasta que haya una evolución.
      Con estas pautas como referencia podemos saber qué necesitamos aprender en una situación dada. En concreto, cuando vemos que caemos en lo mismo una y otra vez. El mismo estilo de conflicto, la misma emoción destructiva, los mismos sentimientos negativos, las mismas reacciones, etc., necesitamos hacernos conscientes de que hay algo que tenemos que soltar, algo que aprender. Aquí es cuando es precisa una investigación profunda y honesta de nuestra vida. Entonces podemos preguntarnos, ¿qué me está pidiendo la vida? ¿Hacia dónde tengo que avanzar? ¿Necesito hacer un ejercicio de humildad? ¿Un movimiento hacia la aceptación? ¿Necesito abrirme más allá de mis ideas y opiniones? ¿Necesito salir del yo donde encuentro seguridad? ¿Necesito mirar a los demás más allá de mis necesidades y miedos?
      Podemos sentarnos en silencio. Escuchar la experiencia, sin hacer nada, sin quererla cambiar. Atender el cuerpo, los estados emocionales, los pensamientos. Ver cómo aparecen, cómo se sienten, qué efecto tienen. Debemos tener paciencia y no irnos a la mente. Lo primero que buscamos es modificar la relación con la experiencia.  Tratarnos de otra manera. Ser más pacientes con nosotros mismos, más compasivos, menos exigentes, y sobretodo confiar en nuestra intuición. Debemos creer en nosotros mismos y esperar, una y otra vez, días tal vez. Detenernos con la experiencia y esperar hasta que surja la comprensión de lo que la vida nos está queriendo enseñar.

      Vamos demasiado rápido, decimos que no tenemos tiempo de parar. Pero si nos damos cuenta de que estamos caminando en círculos, viviendo una y otra vez lo mismo, veremos que en realidad es inútil hacer tantas cosas. Es bastante absurdo estar tan ocupado para acabar llegando siempre al mismo sitio.

viernes, 18 de julio de 2014

Madurar

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La vida es algo extraordinario y sin embargo exigente.  Tenemos un gran potencial de lucidez que nos da la posibilidad de acceder a nuestra naturaleza primordial. Pero, al mismo tiempo, tenemos una gran habilidad de caer en la ignorancia, la ofuscación y la ceguera. Nosotros mismos nos convertimos en nuestro mayor enemigo.
      Los seres humanos tenemos un gran desarrollo mental, usamos imágenes, pensamientos y símbolos para manejar el mundo. Esto nos ha dado la posibilidad de dominar la naturaleza y alcanzar experiencias más allá de nuestras limitaciones. Así, hemos sido capaces de recorrer grandes distancias en poco tiempo inventando artilugios, desarrollar la medicina para sanar enfermedades devastadoras, crear belleza a través del arte, la música, la fotografía, etc., así como muchos logros que enriquecen nuestra vida.
      No obstante, esta misma capacidad simbólica suele contribuir a nuestra peor pesadilla. Nuestros pensamientos y proyecciones acaban sirviendo para crear sufrimiento en la vida; con la mente somos capaces de experimentar un infierno. Las ideas y valoraciones e interpretaciones nos impiden ver lo que somos y construyen una imagen de nosotros mismos condenada a vivir llena de inseguridades, insatisfacciones, frustraciones y dolor.
      Es evidente que es preciso hacer madurar esta gran capacidad creativa que tenemos. Todas las guerras, conflictos, abusos y opresiones tienen su origen en esta mente que ambiciona, teme, desea, envidia y demás.
      Desde la perspectiva del trabajo espiritual tenemos por delante dos tareas imprescindibles. Por un lado, madurar, evolucionar y sanarnos como seres humanos, y por otro, despertar nuestro verdadero ser. Ambos aspectos están interrelacionados, de modo que si escapamos del mundo a buscar nuestra esencia sin sanar la mente nos quedamos incapaces de integrar cualquier apertura y comprensión. Y, por otro lado, si nos dedicamos sólo a la maduración de la mente, nunca conseguimos deshacer todos los nudos que nos limitan.
      La vida es un proceso de aprendizaje que no termina nunca. Cuando nos resistimos a aprender, no sólo dejamos de crecer y madurar sino que empezamos a ir hacia atrás. Algunas veces llegamos a un momento en la vida en que no encontramos nada que nos ilusione, nos vemos sin metas ni objetivos que nos llenen. En esos momentos es conveniente hacernos conscientes de qué necesitamos aprender y cultivar. Aunque no nos apetezca y nos hallemos sin fuerza, el problema siempre se halla en lo que nos falta por aprender, cultivar y desarrollar. Parece ser que las personas estamos hechas para evolucionar y no hacerlo nos apaga y desvitaliza.
      Además, conviene adoptar una perspectiva diferente ante las cosas. Con frecuencia nos sentimos víctimas de las circunstancias. Vivimos la vida como un enemigo que nos agrede y del que defendernos o huir. Culpamos a la vida y los demás de nuestras desgracias. Esta postura es nefasta y nos hace experimentar todo mucho más pesado y difícil. Nos encoje ante un destino abrumador. Es imperativo un cambio de enfoque. Lo más saludable y liberador es percibir lo que la vida nos presenta como un reto para llegar a un mayor grado de compasión, lucidez, humildad y aceptación. Un estímulo para madurar.
       Todo aquello de lo que huimos regresa. Todo lo que personalizamos y vivimos de un modo egocéntrico está destinado a volver una y otra vez hasta que sepamos vivirlo con más lucidez. Podemos no querer aprender nada más, pero no tenemos elección, lo que no queramos ver hoy se repetirá hasta que lo vivamos con una mayor conciencia. La vida no va a dejarnos escapar, es el maestro implacable y persistente empeñado en que maduremos.
      El modo más evolucionado de vivir las experiencias es reconociendo su naturaleza primordial. Es bien conocida la forma de expresarlo en el Sutra del Corazón: Forma es vacuidad, vacuidad es forma, forma no es nada más que vacuidad y vacuidad no es nada más que forma. Cuando aplicamos la misma comprensión a la mente y las experiencias de la vida, somos capaces de percibir que ninguna experiencia tiene realidad en sí misma. De este modo abrimos la vía que nos lleva a trascender el sufrimiento.
      Mucho más asequible es la respuesta de compasión. Esto es, respondemos con la comprensión de que todas las experiencias son compartidas con numerosos seres. Nada es individual. Cada momento de dificultad está sucediendo en muchos lugares del mundo en cientos de personas. Esta visión empática sirve de detonante para la compasión, de modo que nuestras experiencias nos llevan a desear hacer algo por los demás. Así pues, en lugar de reaccionar sin control, adoptamos la postura activa y valiente de querer aportar algo al mundo. La determinación de aliviar el sufrimiento nos libera de la fuerza opresiva de las experiencias dañinas.      

2ª parte El destino de aprender