viernes, 25 de mayo de 2012
El valor de la paz interior
Con frecuencia las experiencias de sufrimiento están relacionadas con el modo en que valoramos la realidad. A veces, incluso, nuestra manera de solucionar las situaciones difíciles de la vida se convierte en el verdadero problema. Sabiendo esto, a la hora de enfrentarnos a las cosas es preciso que demos dar prioridad a nuestro equilibrio interior, es importante que eso sea nuestra meta principal...
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lunes, 21 de mayo de 2012
Ilusión y Conciencia (primera parte)
Todo lo que experimentas en este momento está
interconectado. Parece que saboreas el café con leche de tu taza pero el sabor
del café no existe separado de la temperatura de la habitación, los olores y
aromas que te rodean, tu estado de ánimo, otras sensaciones corporales o las
experiencias que tenías hace unos momentos. Parece y crees que estas saboreando
el café, pero no es así. No hay un café separado.
Hay miles de fuerzas, elementos y condiciones que convergen en el sabor de tu taza de café.
Hay miles de fuerzas, elementos y condiciones que convergen en el sabor de tu taza de café.
Nada existe
independiente. Todo lo que crees está vacío de contenido. Dices que te gusta
esta ropa que llevas. Pero esa prenda de la que hablas existe tan solo en tu mente. A esto se le llama vacuidad. la ropa real es el efecto aparente que
producen decenas de elementos ahora. Las experiencias previas de otras prendas, las
opiniones de los demás, la historia de la ropa en tu familia, en tu país, en tu
cultura, la humedad del ambiente, la presión atmosférica, la estación del año,
la temperatura, tu estado físico, tu salud y el peso de tu cuerpo, las
expectativas y deseos, tu estado emocional, etc. La lista es interminable.
Una lista inmensa para recordarte que simplemente vives en la mente, porque ahí no hay nada.
Una lista inmensa para recordarte que simplemente vives en la mente, porque ahí no hay nada.
Sí, vivimos en conceptos
e imágenes. Café con leche, manzana, libro, mesa, coche, etc., son conceptos. Pero ningún concepto tiene contenido, ningún
concepto se refiere a nada. Los conceptos son abstracciones ilusorias, que no
indican nada. Son una forma de manejar el mundo y de funcionar en la vida. Son
útiles, y prácticos. Pero nunca hay nada ahí. Cuando señalamos un libro, no hay
nada ahí, cuando tocamos la silla, no hay nada ahí. Cuando probamos una pieza de fruta no
hay nada ahí. Cuando montamos en el coche no hay nada ahí.
Seguramente al escuchar
esto, sientes como algo en ti lo rechaza. No lo puedes admitir puesto que tu
experiencia es otra. No crees estar tan engañado. Siempre has vivido la vida
muy real, ahí fuera, independiente y con una existencia real. Pero si lo
piensas bien, si no te tomas este discurso como un dogma que tienes que creer o
no creer, sino, al contrario, como una propuesta de investigación personal,
puede que descubras otra cosa.
Cualquier cosa
que tienes o usas tiene una inmensa historia detrás que lo sostiene. Si, por ejemplo,
miras tu teléfono móvil, miles de diseños y objetos previos han sido precisos
para su existencia presente. Incluido, hace cientos de años, el primer deseo de
algún individuo de que hubiera un modo más fácil de comunicarse en la
distancia. Objetos similares, momentos de creatividad, noches de insomnio,
conversaciones de sobremesa, encuentros, noticias, deseos, rechazos, manías, miedos, necesidades, etc. Durante cientos de años se fueron combinando multitud de factores para que
hoy tengas en la mano tu teléfono.
Un pastel que
tomas. Miles de historias lo han creado. Incluidos otros alimentos, platos y
preparaciones, comidas sabrosas y repulsivas, equivocaciones y aciertos de
decenas de cocineros, descubrimientos de materias primas, harinas,
edulcorantes, colorantes, especias…, un sinfín de elementos jugaron en el
tiempo hasta que ocurrió la cosa llamada pastel que hoy saboreas.
Miras tu cuerpo,
te sientes alguien debido al cuerpo, sientes cosas que otras personas no
sienten, ves cosas que otros no ven, piensas ideas que otros no piensan. Eres
alguien debido a la presencia del cuerpo. Pero si lo analizas bien, no vas a
encontrar ningún cuerpo y, entonces, no vas a encontrarte en ningún sitio.
Es justamente reconocer la vacuidad del cuerpo lo que te va a llevar a descubrir que no eres.
Es justamente reconocer la vacuidad del cuerpo lo que te va a llevar a descubrir que no eres.
Este cuerpo concreto
habría sido otro en otras circunstancias y condiciones. Este cuerpo no estaría
aquí si durante cientos de años, decenas de personas no hubieran tenido
relaciones, no se hubieran alimentado, no hubieran combatido el clima, el
hambre, las agresiones, no hubieran luchado por sobrevivir, etc. De nuevo otra
lista inmensa. El cuerpo sería otro si las personas que se encontraron hubieran
sido otras, si las familias, los alimentos, las situaciones sociales, el clima,
los avances de la medicina, etc. hubieran sido diferentes. Este cuerpo no existe por
sí mismo si no como el resultado final de cientos de relaciones y encuentros. A
su vez, este cuerpo es parte de los elementos que formarán la manifestación de
cuerpos futuros.
Además, el cuerpo está en continua interacción con el
ambiente. ¿Dónde empieza y dónde termina? Cambios en el clima, la presión, la
temperatura o la humedad, modifican el cuerpo. Si la temperatura sube por
encima de los cien grados centígrados, el cuerpo se desintegra. En realidad lo
que llamamos el cuerpo sólo es un conjunto de fuerzas en equilibrio. Cuando
hablamos de células, hablamos de una organización de materia que incluye elementos fuera y dentro de la membrana. Cada célula se mantiene viva por su
interacción con el medio. Realmente no existe tal cosa como células separadas.
Hablar de células es una convención útil para entendernos, pero nada más.
Visto así, ¿hay
algo independiente, separado, único y real que sea el cuerpo?
Realidad de segundo
orden
Otro aspecto a considerar, mucho más obvio es la
interpretación, valoración y significado que le damos a los fenómenos del
mundo. No nos relacionamos con las personas y los objetos en sí sino con la
idea que tenemos de ellos. Cuando compramos una camisa vemos la idea que
tenemos de ella. No vemos la camisa en sí sino la imagen que hemos creado.
Adquirimos la camisa por el significado que tiene para nosotros.
En los objetos que hemos ido acumulando en la vida, compras, regalos, obsequios, sólo vemos lo que representan para nosotros.
El objeto en sí nunca forma parte de nuestras vidas. A veces, después de unos años vemos un objeto de una manera nueva y fresca y nos sorprende que lo hayamos conservado tanto tiempo. Son momentos en que se cae la proyección y valoración que habíamos hecho.
En los objetos que hemos ido acumulando en la vida, compras, regalos, obsequios, sólo vemos lo que representan para nosotros.
El objeto en sí nunca forma parte de nuestras vidas. A veces, después de unos años vemos un objeto de una manera nueva y fresca y nos sorprende que lo hayamos conservado tanto tiempo. Son momentos en que se cae la proyección y valoración que habíamos hecho.
Todos nuestros
problemas en las relaciones tienen que ver con la distancia entre la idea
personal que tenemos y su realidad relativa. Estamos llenos de impresiones,
tendencias y experiencias acumuladas. Cuando nos encontramos con otra persona,
la vemos a través de nuestro mundo
aprendido. Miramos a los demás comparándolos con la información que hemos ido
acumulando en la vida, con los valores que nos han enseñado de niños y con las
experiencias previas.
Así, construimos una imagen del otro con los datos que tenemos en la mente.
Así, construimos una imagen del otro con los datos que tenemos en la mente.
Es decir, al ver
una persona, nos damos poco tiempo para averiguar quién es y en seguida la coloreamos con lo que hemos aprendido.
Proyectamos nuestros deseos, miedos y necesidades y al final, eso es lo único que
vemos. Lo que hay detrás, la persona apenas la vemos. Por esto tenemos tantos
desencuentros con los demás, por eso con frecuencia nos sentimos tan solos, por
eso nunca nos sentimos seguros del todo.
También, todos
los conflictos emocionales, como las adicciones, la ira o los celos, tienen que
ver con las proyecciones que atribuimos a los objetos y personas.
Distorsionamos las cualidades y los defectos, de modo que a algunos aspectos
les damos más valor del que merecen y a otros les restamos una importancia que
tienen.
Cuando un objeto nos da placer o cubre una necesidad empezamos a sobrevalorarlo e interpretarlo como bueno y positivo. Pero no nos damos cuenta de la interpretación personal y empezamos a verlo real y objetivamente así. Luego, el objeto nos decepciona, deja de sernos útil o nos supone una carga, pero estamos enganchados a la imagen que tenemos del objeto y no podemos dejarlo ir. Así empezamos a experimentar insatisfacción, dolor o vacío.
Cuando un objeto nos da placer o cubre una necesidad empezamos a sobrevalorarlo e interpretarlo como bueno y positivo. Pero no nos damos cuenta de la interpretación personal y empezamos a verlo real y objetivamente así. Luego, el objeto nos decepciona, deja de sernos útil o nos supone una carga, pero estamos enganchados a la imagen que tenemos del objeto y no podemos dejarlo ir. Así empezamos a experimentar insatisfacción, dolor o vacío.
Lo mismo sucede
cuando algo nos daña o nos amenaza. No vemos el objeto o la persona sino la
imagen que inmediatamente construimos del objeto. Damos significados y
emitimos juicios que construyen una
imagen del objeto y es con esta imagen con lo que nos relacionamos. Luego,
aunque la vida cambie y las cosas sean de otra manera seguimos aferrados a la
imagen que hemos construido del objeto o la persona y mantenemos una situación
de conflicto, amenaza o inseguridad.
Así es como
funcionamos. Continuamente estamos decorando la realidad relativa con nuestros
pensamientos, ideas, conceptos y expectativas. No vemos las cosas como son sino
la distorsión que hacemos de las cosas. No es extraño, que tengamos tantas desilusiones, conflictos y decepciones en nuestra vida...
sábado, 5 de mayo de 2012
Meditación y SILENCIO
Apenas sabemos lo que es el silencio. Probablemente, nunca antes en la historia de la humanidad han habido tantos sonidos y tan agolpados.
Pero, nuestro mundo interno también esta lleno de ruidos. Apenas nos damos tiempo para estar más callados, quedarnos quietos y, por ejemplo, mirar calladamente el movimiento de la gente en la calle, el vuelo de un pájaro o escuchar sin más el rumor del viento. Con frecuencia el silencio interior nos produce incomodidad y desasosiego. Muchas veces nos ponemos a leer, encendemos el televisor o hacemos una llamada telefónica para evitar escuchar nuestro interior, a veces, incluso nos inventamos un problema para no sentirnos por dentro.
Uno de nuestros mecanismos inconscientes más habituales es ponernos a elucubrar y razonar sobre cualquier cosa. Cuando aparece algún malestar, ya sea emocional o físico, solemos pensar más. Lo hacemos de una manera totalmente automática, como buscando una salida. Los momentos en que tenemos más pensamientos son aquellos en que los que nos sentimos más incómodos con la situación actual
La capacidad de sentir está directamente relacionada con la atención y el silencio interior, y solemos pensar demasiado para anestesiar el dolor, la frustración y todo aquello que no nos gusta padecer. El problema es que así acabamos también perdiéndonos numerosos aspectos bellos de la existencia. Las palabras ocultan la realidad y la sustituyen por símbolos y conceptos, nos alejan del contacto directo con la vida y nos mecanizan. Tienen su función en la vida y en la comunicación, pero cuando ocupan todo el espacio sustituyen la percepción y la intuición, y algo se acaba escapando. Como decía el filósofo Wittgenstein en su investigación sobre el lenguaje y la realidad: “Hay ciertas cosas de las que, pasado cierto punto, no puede decirse nada y tengo que permanecer callado”.
LA FECUNDIDAD DEL SILENCIO
El silencio es tan rico, tiene tantas posibilidades. Los místicos, los yoguis, los chamanes, los ascetas, no conciben su práctica sin el silencio. Los sabios siempre han buscado el silencio, los filósofos lo han perseguido y los religiosos también. En oriente se considera que la palabra puede tener mucho poder, lo cual está determinado por el silencio. “Habla cuando tus palabras digan más que el silencio”, reza un antiguo proverbio oriental.
Es bien conocida la costumbre de muchos ascetas que toman el voto de no hablar durante años y se dice que los sabios rishis de La India pueden hacer que se cumpla cualquier cosa que expresan con sus palabras, y esto se debe al control que tienen sobre ella, especialmente evitando decir cosas superfluas y falsedades. También en el budismo la charlatanería estéril es considerada una falta moral. Uno de los elementos fundamentales en cualquier rito espiritual es el silencio y la oración genuina también brota del mismo. Los grandes descubrimientos se hicieron en soledad y silencio. Las sanaciones requieren del silencio y las vivencias más profundas del ser humano ocurren en él.
Con frecuencia las soluciones y respuestas que buscamos las hallamos en el silencio. ¿Quién no nos hemos tomado un descanso alguna vez y en ése momento descubrir la solución a un problema sobradamente escudriñado y analizado? La mente racional es capaz de analizar, clasificar, encasillar y demás, pero el silencio permite una sabiduría más penetrante, puede revelar una imagen de la realidad mucho más detallada y realista, y de un alcance mucho más profundo.
Hay numerosos ejemplos en la historia de personajes célebres - Arquímedes, Edison o Einstein - que hicieron sus descubrimientos cuando soltaron toda racionalización y se permitieron unos momentos de quietud. No obstante, el lenguaje nos ha seducido con su colorido con lo que hemos perdido en algo la capacidad de percibir la complejidad del mundo en el que estamos y la interdependencia que lo define.
Muchos sabios nos sugieren que cuando tengamos dudas y queremos aclararlas entremos en el silencio porque ahí hallaremos la respuesta. Con el silencio podemos hacer frente a nuestra neurosis, nuestros miedos, nuestra angustia y soledad, de modo que muchas veces es tan efectivo como una buena terapia. Las respuestas vienen y algo más allá de lo conocido se manifiesta. Dentro del mundo espiritual se dice que la realización humana es inefable y que la puerta para entrar en ella viene de vivenciar el silencio. “Realiza tu trabajo en el mundo pero internamente mantente en silencio, entonces todo vendrá a ti”, dice el maestro advaita Sri Nisargadatta Maharaj.
INTIMIDAD GENUINA
La búsqueda primordial del hombre es el encuentro con los demás y los pensamientos alimentan el sentimiento de estar separados, y nos impiden la intimidad real. Las ideas nos hacen mantener una visión fija del otro que obstruye el contacto. No hay forma más fácil de cortar la comunicación que hablar sin escuchar. Y al mismo tiempo a menudo nos espanta quedarnos en silencio ante otra persona. Nos sentimos vulnerables e indefensos, y en esos momentos podemos ver claramente cuánto nos escondemos detrás de las palabras. Por otra parte, podemos observar que conforme aumenta el acercamiento entre dos personas que se aman sus palabras se van tornando superfluas, cuando hay una verdadera comunión entre los individuos predominan los momentos de silencio en los que basta gozar con la presencia del amor.
Cuando buscamos el silencio solemos aislarnos de los demás. Pero al mismo tiempo sentimos que es muy importante encontrar momentos donde comunicarnos, ser reconocidos y apreciados por otras personas. La paradoja es que los momentos en que más a gusto nos relacionamos y nos sentimos más satisfechos son los momentos de silencio. Una vez que dejamos de estar en el discurso mental el organismo está más presente, percibe más a quien tiene delante y se considera más parte de ello. Las funciones dormidas se despiertan. Es tremendo el valor que tiene el silencio y lo importante que es recuperarlo. No hay palabras para expresar la belleza de callar con el otro, caminar en silencio con alguien y estar presentes ambos.
APRENDER A LLEGAR AL SILENCIO
Tradicionalmente los métodos para acallar la mente buscaban agotar el intelecto o aburrirlo mediante un acto repetitivo. Por ejemplo, en el budismo tibetano es común la repetición de un ejercicio físico o de unos sonidos (los mantras) miles de veces. El maestro místico Gurdjieff usaba como técnica pedir a sus alumnos que permanecieran inmóviles interrumpiendo lo que hacían en momentos escogidos al azar, lo que les ponía en situaciones tan irracionales y absurdas que la palabrería interna no podía elaborarlo. En el Zen, se usan los conocidos koan en los que se plantea una paradoja imposible de resolver racionalmente.
Una de las claves para hallar el silencio es hacerse consciente de la experiencia actual. Cuando nos paramos un instante a observar lo que sucede en el momento presente, más allá de cualquier insatisfacción, malestar o incomodidad, empezamos a atisbar el silencio. No obstante, lo habitual es que cuando nos hacemos conscientes queremos que algo cambie y sea diferente; de aquí viene el diálogo interno, que se convierte en un modo de llenar el vacío o el descontento. Si fuéramos capaces de aceptar el instante tal como se muestra y permanecer en paz, podríamos entrar en el silencio y así permitir que algo distinto surja.
Por otra parte, la mente es un torrente de pensamientos, imágenes y emociones en constante cambio. El simple intento de frenar la inercia de esta corriente interna a la larga no funciona. La clave es la atención; el silencio no puede existir sin ella. De forma que cuando uno quiere interrumpir el discurso interno tiene que saber estar atento y escuchar. Es preciso aprender a observar con aceptación y contentamiento para silenciar la mente. Prestar atención a los demás, al entorno y al organismo; y en ese estado advertir los propios sentimientos, los deseos, las necesidades y el ser que somos.
Nosotros mismos nos estimulamos y activamos. Lo cual es sano y positivo. Sin embargo, con frecuencia lo hacemos en demasía. El silencio empieza a vivenciarse en el momento en que nos percatamos de este exceso y empezamos a reducir la cantidad de estímulos a los que nos sometemos. Entonces, cuando con nuestra actitud dejamos de juzgarnos y cesamos de querer cambiar lo que surge, cuando soltamos y permanecemos plenamente presentes ante todo lo que aparece en nuestro interior, la consecuencia es el silencio y una mayor satisfacción y plenitud en la vida. Podemos caminar por la calle atentos, observando sin interpretar, sin dar explicaciones ni hacer comparaciones como si fuera la primera vez que lo hacemos, aceptando lo que surja y sin rechazar nada, soltando todo lo que aparezca, sea bueno o malo y confiando en el propio ser... Entonces, desde ahí, descubrimos que la vida entraña más calidad, más armonía y mayor paz.
PRÁCTICAS DE SILENCIO
ATENCIÓN CONSCIENTE
-Busca un rato en el que sepas que nadie te va a interrumpir y siéntate en un lugar cómodo y tranquilo.
-Cierra los ojos y observa tu respiración. Tal vez empieces con mucho interés y mantengas la atención por un tiempo, pero luego inconscientemente te aburrirá que no pase nada. Puedes que aparezca insatisfacción o te hagas consciente de algún malestar que arrastras.
-Procura tomar consciencia de lo que sucede y vívelo. No trates de llenarlo con conceptos ni trates de huir de él con recuerdos o fantasías.
-No reprimas los pensamientos ni te dejes arrastrar por ellos. Simplemente mantén el papel de observador.
-Ahora, presta más atención y enfócate en el espacio en el que surgen los pensamientos.
-Descubre que todo el diálogo interior surge del silencio eterno que hay en ti.
INTIMIDAD EN EL SILENCIO
-Siéntate frente a tu pareja. Cierra los ojos y respira profundamente varias veces.
-Trata de encontrar tu equilibrio interior.
-Ahora abre los ojos y mírale. Mientras vuestras miradas se encuentran, toma consciencia de los conceptos que tienes sobre ella/él. Reconoce tu tendencia a tratarle como un objeto de tu vida.
-Trata de estar presente con cuerpo y alma en la presencia del otro como ser humano. Suelta todas las ideas que tienes acerca de ella/él.
-Siente dentro de ti: “No tengo que hacer nada. No es el momento de cumplir con obligaciones o compromisos. No tengo que cumplir sus deseos ni él/ella tiene que cumplir las mías. No tengo que darle seguridad ni él/ella a mí. No tengo que darle afecto ni él/ella a mí. No tengo que intentar comprenderle ni él/ella a mí.”
-Suelta todo y vive la comunicación que surge del silencio y el espacio del ahora.
VIVIR EL SILENCIO
-Reconoce cuanta energía empleas en pensar, verbalizar, explicar y definir lo que te encuentras. Es algo muy útil, pero también supone un enorme desgaste; es como tener un grifo abierto todo el tiempo.
-Identifica esta energía y bájala al organismo. Llévala a tu piel, a tu cuerpo, a tus sentidos, a la consciencia que impregna todo tu ser.
-Camina por la calle y actúa desde esto. Percibe el mundo desde tu organismo, sin interpretarlo, sin juzgarlo, sin verbalizar. Permítete captar también lo que no puede ser explicado con palabras.
-¿Has intentado alguna vez saborear una melodía, oler la belleza o acariciar un perfume? ¿No es posible? Tal vez para tu mente racional, pero no para tu organismo.
MANTRAS: SONIDOS PARA EL SILENCIO
-Busca un momento en que sepas que puedes estar solo un rato. Puede ser caminando, sentado, conduciendo...
-Trata de sentirte integrado en tu organismo. Si eres muy mental baja la atención al centro del estómago.
-Encuentra el centro de gravedad dentro de tu cuerpo e imagina que de él emana un sonido.
-Escucha más atentamente e imagina las sílabas del mantra OM MA NI PE ME HUM resonando en tu interior con un constante murmullo. (Estas sílabas constituyen el mantra de la compasión universal y provienen del budismo tibetano).
-Quédate unos minutos susurrando las sílabas y escuchando el sonido al mismo tiempo que te conectas con el silencio de donde emergen.
Juan Manzanera
lunes, 23 de abril de 2012
martes, 10 de abril de 2012
La Respuesta de Sabiduría
Un sabio es alguien que no se asusta de los problemas, vive sin apegos ni aversiones y se adapta con suavidad y simplicidad a todo lo que le sucede. Parece que nunca hace nada y que está por encima de las cosas.
Con frecuencia nos preguntamos cómo lo consigue, e incluso puede que tengamos el deseo de llegar a ser de esa manera. Pero hay una gran paradoja, la clave está en no ser nadie...
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martes, 3 de abril de 2012
La Naturaleza Primordial
El propósito principal de la práctica de la meditación es hacer que se desvele nuestra naturaleza primordial, lo que realmente somos. Todo lo que buscamos está ya aquí y ahora, en este momento y en este mismo lugar; sólo necesitamos la lucidez para reconocerlo.
No obstante, la mayoría de las personas emprendemos el camino espiritual porque nos sentimos incompletos o defectuosos. Pensamos que hay algo malo en nosotros o que tenemos que mejorar y evolucionar. A partir de estas convicciones podemos emplear años recorriendo un camino espiritual y terapéutico con la expectativa de eliminar lo malo o llegar a ser mejores. Como consecuencia, parece que efectivamente mejoramos o evolucionamos; sin embargo, desde el punto de vista de nuestra naturaleza primordial no hemos hecho nada, sólo hemos estado jugando en un mundo de ideas y pensamientos. Desde el punto de vista último estamos tan lejos como antes de reconocer nuestra naturaleza primordial.
Nunca hubo nada malo en nosotros y nunca hubo nada que mejorar. Nuestra realidad final es inexpresable y completa, más allá de definiciones y limitaciones; anterior al tiempo y totalmente presente en cada instante. Aunque relativamente nos sintamos mejor, desde la perspectiva de la realidad absoluta nada ha cambiado, porque nada tenía que cambiar.
Cuando nos imaginamos cómo será la realización espiritual, vemos diferentes cosas. Cada persona, en función de su carácter, imagina algo distinto. Hay quienes sienten que llegar a la meta espiritual es sentirse lleno de gozo y luz en todo momento, para otros es alcanzar un estado muy especial en el que ya no hay ningún defecto ni complejo, otros lo imaginan como llegar a ser valorado, admirado y reconocido por todos; algunos sienten que tendrán mucho poder y sabiduría de modo que podrán actuar sobre los demás; hay quienes se imaginan la perfección como la capacidad de ser justos y no cometer errores.
Sin embargo, despertar a la realidad que somos no tiene nada que ver con todo eso. Todas esas son las opiniones del ego. Muchas veces nos esforzamos por alcanzar eso a través de la meditación y las psicoterapias, pero no obtenemos resultados. Lo que somos transciende la ilusión en que vivimos. Modificar el sueño no cambia lo que sucede al despertar.
El estado en el que estamos la mayoría de las personas corrientes suele definirse como un estado de ignorancia y ofuscación. En otras palabras, ignoramos nuestra esencia y estamos ciegos a la realidad. Esta ceguera crea un vacío que nos cuesta soportar y necesitamos llenarlo con algo. Así es como aparece el yo, el tú, los demás y el mundo. Proyectamos un mundo como consecuencia de no ver la realidad absoluta. Nos vemos defectuosos e incompletos como una forma de llenar el vacío de no ver lo que verdaderamente somos.
La analogía más conocida que describe este proceso es la cuerda y la serpiente. Un hombre camina por un sendero en la oscuridad y ve algo alargado y enroscado. Inmediatamente reacciona y da un salto hacia atrás pues cree que es una serpiente. Luego, ilumina el lugar con una linterna y ve que sólo era una cuerda. El fracaso al ver la realidad de la cuerda hace que proyecte la imagen de una serpiente y reaccione con miedo.
De la misma manera, nuestra falta de suficiente lucidez nos impide percibir la naturaleza primordial. Como consecuencia, el vacío que deja la ceguera lo llenamos con la proyección de ser un individuo con algún defecto o algo por mejorar. La proyección es falsa (como lo es la serpiente), es una invención de la mente. Sólo cuando tenemos más lucidez y sabiduría podremos ver que ese individuo no existe (como cuando al iluminar el lugar la serpiente no está). Al despertar la sabiduría no hemos destruido al individuo porque éste nunca estaba, sólo hemos desvelado lo que siempre ha sido cierto.
Así pues, más que mejorar, lo que buscamos es una mayor calidad de conciencia para poner luz a lo que somos y a lo que nos rodea. Lo que ofusca la percepción es el exceso de atención a las experiencias sensoriales. Estamos saturados de sensaciones, olores, sabores, experiencias táctiles, sonidos, formas y colores. Algunos placenteros y otros dolorosos, algunos agradables y otros desagradables o neutros.
Esto no quiere decir que sea mala o negativa la experiencia sensorial ni quiere decir que para ser verdaderamente espiritual uno tenga que lograr una especie de insensibilidad de los sentidos. Lo que significa es que el interés exclusivo a lo que los sentidos nos hacen experimentar nos condiciona y nos impide una mayor lucidez para vislumbrar la realidad primordial.
Las conciencias sensoriales nos provocan inevitablemente reacciones de deseo y aversión. Luego, estos dos sentimientos controlan nuestro comportamiento y pensamientos y entramos en una cadena de sucesos que nos arrastra más allá de lo que verdaderamente importa. Cuanto más nos implicamos en los sentidos, más nos vemos envueltos en cadenas de deseo, rechazo y miedo, y más atrapados estamos en la ofuscación. Finalmente, acabamos olvidando que hay una realidad por desvelar. Perdidos en el mundo de las apariencias no recordamos el camino hacia la naturaleza primordial.
El método más empleado y efectivo para llegar a desvelar nuestra esencia es la contemplación de la mente. Mediante la meditación en la naturaleza esencial de la mente podemos empezar a reconocer las proyecciones como lo que son. De este modo, cuando los pensamientos y emociones son reconocidos puede emerger el conocimiento de lo que esencialmente somos.
La práctica consiste en dejar la mente en su estado natural y observar lo que sucede. Debemos meditar sin buscar un estado mental en particular y sin rechazar nada de lo que aparezca. Todo lo que la mente traiga es observado con desapego y lucidez, dejando que desaparezca en cuanto venga. Tampoco buscamos dejar la mente en blanco ni algún tipo de pensamiento espiritual. Todos los pensamientos, ideas, imágenes y sentimientos que aparezcan los observamos con imparcialidad y apertura, sin darles importancia ni tenerles miedo.
Meditamos sin expectativas de que ocurra algo especial y sin temor a fracasar. Lo más importante es ser capaz de observar los pensamientos que surjan sin que nos arrastren ni alejen del momento presente. Incluso la monotonía, el aburrimiento o la pereza que aparecen en esta forma de meditar deben ser contemplados como algo que la mente trae.
En esta contemplación, gradualmente empezamos a vislumbrar algo más, comenzamos a intuir la energía que subyace a los pensamientos, la esencia de donde emergen. Los pensamientos pueden aparecer o no, pero percibimos su naturaleza originaria y su destino al desaparecer. Vemos su claridad y lucidez. Apreciamos su naturaleza de intangibilidad y cognición.
Lo que se intenta desvelar es la naturaleza de los contenidos mentales. Podríamos decir que existen tres grados en la meditación. Cuando observamos la mente, en la superficie encontramos movimiento y cambio, pensamientos, ideas, imágenes… Luego, tras una contemplación serena y lúcida descubrimos la naturaleza de la mente, vemos que todos esos contenidos son cognición y vacío. Todo lo que la mente produce, emerge, sucede y se desvanece en la naturaleza intangible y lúcida. Finalmente, cuando alcanzamos un grado mayor de lucidez, se desvela la esencia de la naturaleza de la mente, la fuente inconcebible de donde emergen todos los fenómenos.
Mediante este proceso comienza a emerger la auténtica sabiduría, la claridad mental que reconoce la naturaleza primordial de todos los seres. Alcanzamos el objetivo de la meditación y nos hacemos invulnerables al sufrimiento. Encontrar lo que somos es la verdadera paz.
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jueves, 8 de marzo de 2012
Meditación en la impermanencia
Ves que todo se transforma a tu alrededor, ves que todo cambia. Pero no reparas en ello y sigues creyendo que un día alcanzarás algo permanente y seguro. Todo pasa, todo queda atrás, pero sigues anhelando tener todo definitivamente asegurado.
Ves que tus sensaciones, emociones y pensamientos cambian continuamente, ves que cada día tu cuerpo está distinto y que pasas por estados de ánimo cambiantes. Lo percibes pero sigues esperando un estado inmutable de bienestar y equilibrio. Crees que llegarás a la estabilidad, que serás más fuerte que la corriente de la vida, pero nunca lo consigues pues formas parte de ella.
La vida es pasajera y efímera. La ropa que llevas se está desgastando a cada momento y un día, sin darte cuenta, ya está para tirar. Los objetos que usas, el cepillo de dientes, el cuaderno que empezaste, el bolígrafo, la batería del móvil, el gel de baño, la manta de la cama, las zapatillas de casa, la tapicería del sofá… tantas cosas que poco a poco, calladamente se van consumiendo.
El universo vive un cambio constante. Hace unos 14.000 millones de años el movimiento del universo se hizo más patente en una amplia zona. En el hueco, hubo una gran explosión. Siguieron un sinfín de continuos estallidos y descargas. Sin cesar, sin un momento de quietud, todo fue modificándose. Vibraciones, ondas, partículas, gases, polvo, lava, materia. Sin descanso, la incansable actividad de infinitas interacciones dio lugar a innumerables cuerpos celestes y, en alguna parte, a lo que llamamos el planeta Tierra.
Pero la aparición de solidez no detuvo el proceso. Todo sigue todavía en marcha. La Tierra sigue cambiando, el movimiento nunca termina, no existe ningún final. Sólo hay movimiento, cambio, transformación. La vida del planeta es cambio. Muchas montañas y cordilleras crecen unos milímetros cada año; otras se van achatando. Las aguas de mares y lagos se evaporan, las corrientes varían, cambian los niveles de ozono y otros gases en la atmósfera, el clima se modifica, muchas especies encuentran imposible sobrevivir y se extinguen, aparecen criaturas distintas más resistentes a las nuevas condiciones temporales, etc. Pero ninguna cosa toma una condición definitiva y final, todo existe en continuo cambio, no hay nunca nada acabado del todo.
El camino es siempre el mismo, algo nace, dura un tiempo y luego se extingue. Eso incluye la materia, los seres vivos, el planeta mismo, el universo entero. Tu mismo eres parte de todo y estás sometido a las mismas leyes.
Lo sabes, lo vives cada día. Notas cambios en ti y a tu alrededor. Pero no sabes qué hacer con ello y lo olvidas. Al principio eras un óvulo fecundado, no tenías ningún control sobre nada. Empezaste a crecer y alimentarte, sin poder elegir otra cosa, sin que nadie te consultara. Incluso te hiciste tan grande que algo te impulsó fuera de la matriz de tu madre. Pero no fuiste tú, no lo elegiste tampoco. Así, seguiste creciendo, alimentándote, aprendiendo, desarrollando capacidades y habilidades para sobrevivir. Pero no hiciste nada tú, te ocurrió.
Formas parte del movimiento del universo y tu sino es el cambio, la transformación. Nunca diriges nada, la vida te lleva. Tus deseos, metas y aspiraciones fueron tan sólo resultado de influencias de tu entorno, tu cultura y de otras personas. Aprendiste a caminar, leer, hablar, pensar, pero nunca fue la elección de nadie. Un organismo con el sistema nervioso adecuado estaba allí asimilando información del entorno.
Formas parte del movimiento del universo y tu sino es el cambio, la transformación. Nunca diriges nada, la vida te lleva. Tus deseos, metas y aspiraciones fueron tan sólo resultado de influencias de tu entorno, tu cultura y de otras personas. Aprendiste a caminar, leer, hablar, pensar, pero nunca fue la elección de nadie. Un organismo con el sistema nervioso adecuado estaba allí asimilando información del entorno.
En realidad no eres nada definido. Sólo movimiento. Te crees ser un individuo, te sientes alguien formado y terminado. Pero no eres más que el resto del universo, un movimiento continuo hacia ninguna parte. Quieres controlar tu vida, tu destino, tu felicidad y sufrimiento. Pero todo lo que puedas controlar sólo será por un tiempo y nunca vas a poder mantenerlo. Cuando consigues lo que anhelabas, ya se está deteriorando o está empezando a ser insuficiente; en el momento en que lo tienes está empezando el proceso por el que vas a cansarte y aburrirte; en poco tiempo te pondrás a buscar otra cosa, y sucederá lo mismo. Solo hay esta transformación constante, esta fugacidad.
Te enfadas, te apegas a la cosas, tienes envidias y te vanaglorias de tus habilidades y logros, pero todo es efímero y pasajero. Nada queda ahora de lo que te agredió, todo se lo ha llevado el tiempo, las personas que te hicieron daño cambian, se transforman y perecen como tú. Lo mismo con eso a lo que te apegas, como la vela que se va consumiendo nada más encenderla todo lo que te produce apego se está consumiendo y su poder de producirte placer se agota a cada momento. Todo a tu alrededor, lo que te produce envidia y celos, lo que te hace sentir orgullo, lo que te irrita… no importa dónde te fijes, todo a tu alrededor, cuando te das cuenta, ha cambiado.
Hace un momento ya no está. Ni buscando en todo el universo se puede sentir, oír, tocar o experimentar lo que sucedía hace treinta años, diez días o un minuto. Aunque puedas pensarlo y recordarlo con nitidez ya no puedes experimentar lo pasado. El motivo no es tu incapacidad, el motivo es que ya no está, ya no hay nada.
El momento cuando empezaste a leer esta página ya se ha extinguido. No puedes detener el tiempo, no puedes dejar de ser movimiento. Creerte un individuo terminado que vive una vida es tu mayor delirio. Pero no puedes evitarlo, aunque lo sabes no puedes dejar de engañarte, no quieres. Tal vez por miedo, tal vez porque no sabes qué pasará, tal vez porque todavía esperas encontrar algo permanente y seguro; tal vez, simplemente, porque no sabes qué hacer con ello.
El momento cuando empezaste a leer esta página ya se ha extinguido. No puedes detener el tiempo, no puedes dejar de ser movimiento. Creerte un individuo terminado que vive una vida es tu mayor delirio. Pero no puedes evitarlo, aunque lo sabes no puedes dejar de engañarte, no quieres. Tal vez por miedo, tal vez porque no sabes qué pasará, tal vez porque todavía esperas encontrar algo permanente y seguro; tal vez, simplemente, porque no sabes qué hacer con ello.
Sabes que tu camino espiritual pasa por reconocer la fugacidad de todo, sabes que tienes que soltar y desapegarte, pero no te ves con fuerza para hacerlo, no ves la manera, a veces no quieres.
Has oído hablar de estados mentales positivos, del final definitivo del sufrimiento, has leído sobre el nirvana, el paraíso o la dimensión espiritual. Te gusta pensar que hay un estado en que tendrás para siempre toda la felicidad, paz y serenidad que siempre has deseado.
Has oído hablar de estados mentales positivos, del final definitivo del sufrimiento, has leído sobre el nirvana, el paraíso o la dimensión espiritual. Te gusta pensar que hay un estado en que tendrás para siempre toda la felicidad, paz y serenidad que siempre has deseado.
Esperas que la espiritualidad y la meditación te lleven a esa estabilidad permanente y eterna, sueñas con llegar a ese grado de liberación o santidad en que quedes libre de la incertidumbre y en el cual tu necesidad de seguridad quede satisfecha para siempre. Pero no quieres hacerlo aceptando que sólo eres un movimiento cambiante siempre modificándose. Quieres que suceda sin concesiones, quieres seguir siendo tú quien experimente el despertar. Quieres la salvación, la acogida protectora del Gran Ser, la gracia divina, el perdón infinito.
Pero el final nunca llega, todo es siempre el principio; y el principio es movimiento, fugacidad, transformación. La paz que buscas no es un estado sino una apertura, no es un final irreversible al que llegas abandonando el mundo. La serenidad es abrirse a lo que hay, a la impermanencia, al cambio. Abrirse a la verdad ineludible de que no hay nada a lo que aferrarse cuando sólo hay un movimiento constante. No hay ninguna meta allí en tu futuro. El final sólo llega cuando tienes la humildad de no ser más que un instrumento de la impermanencia, la sencillez de no ser, la sabiduría de dejarte disolver por el cambio.
Cuando huyes de la fugacidad de todo, el tiempo te atrapa, la angustia se apodera de ti y acabas derrotado, impotente y herido. Por el contrario, cuando admites la impermanencia, la acatas y te armonizas con ella, la pesadilla termina y descubres la eternidad atemporal que siempre es.
Juan Manzanera
Escuela de Meditación
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impermanencia,
meditación
miércoles, 7 de marzo de 2012
Meditación y Perdón
Tal vez, llevemos semanas o meses dolidos e irritados con alguien, pero un día comprendemos que tenemos que pasar página y que necesitamos perdonar. Así, aunque sepamos que tenemos razón, aunque vaya contra nuestros principios, aunque sea una especie de degradación, perdonamos. Son momentos de claridad y lucidez en los que vislumbramos nítidamente que el primero que sale perjudicado de estar enganchado a una historia pasada es uno mismo. Luego, a veces, las menos, después de perdonar nos damos cuenta de cuánto tiempo y energía hemos malgastado en el enfado y resentimiento.
Lo cierto es que aunque muchas veces nos disguste necesitamos perdonar, aunque vaya contra nuestros principios, incluso aunque tengamos razón. Más allá de normas de conducta o de ser más espirituales y positivos; más allá de obligaciones, se trata de ser libre y feliz. El perdón (como todas las emociones positivas de las que hablamos) es una estrategia fundamental para continuar con la vida en paz. Imagina que fueras por un camino y cada vez que te tropezaras con una piedra y te hicieras daño, recogieras la piedra y te la echaras a una mochila sobre los hombros. Con el tiempo cada vez llevarías más piedras, cada vez te sería más costoso caminar, cada vez avanzarías más lentamente. El rencor es como acumular piedras sobre la espalda y perdonar es dejarlas caer, es soltar lastre, es liberarte de lo que te sobra.
Nos hacen daño, es verdad; pero todos nos hacemos daño. Nos domina la mente, el deseo, el miedo, la ignorancia, el enfado, etc. Actuamos controlados por nuestras emociones y a veces hacemos daño. No es una justificación, pero cuando alguien nos daña es motivado por algún miedo, deseo, enfado o cualquier otra emoción negativa. No es la persona sino el estado mental que le posee.
La tradición espiritual explica que vivimos en el mundo que se corresponde con nuestro nivel de conciencia. Si estamos rodeados de personas poseídas de emociones destructivas es porque también nosotros las poseemos de alguna manera. Por el contrario, cuando uno crece en sabiduría y compasión, las personas y el mundo en que se mueve son más puros, sabios y compasivos. Vivimos en un nivel de conciencia en que la mente nos domina. Sólo tenemos que observarnos unos días para corroborar cómo nos controlan las emociones y cómo nos llevan a actuar sin elección.
Hacernos daño unos a otros es parte de la vida. Por eso necesitamos perdonar. Necesitamos dejar de darle tanta importancia, dejar de sorprendernos y decepcionarnos ante las actuaciones de los demás. Es fundamental para nuestro equilibrio interior abandonar este apego negativo a lo que nos ha agredido. Cuando nos dañan nos quedamos enganchados y apegados a quién produjo el agravio. No queremos soltar. Nos sentimos con todo el derecho a responder e indignarnos. Así es como empezamos a alimentar una herida que no se acabará de cerrar hasta que nos demos cuenta y empecemos a perdonar.
Puede que tardemos semanas o años pero al final sólo encontraremos paz si sabemos perdonar, si dejamos marchar a quien nos hizo daño. Sin embargo, a veces, lo posponemos demasiado tiempo y la muerte llega antes que el perdón. ¿Hemos pensado alguna vez llegar a la muerte sin haber perdonado? No puede ser un viaje fácil, demasiado lastre para volar alto.
La tradición espiritual es muy estricta con el enfado. El gran maestro budista Shantideva decía: “Todas las buenas acciones, acumuladas durante mil kalpas, las destruye un momento de enfado”. El enfado es considerado como un incendio que arrasa en unas horas un bosque que ha tardado décadas en formarse. Todo lo bueno que hay en nosotros queda devastado por un instante de ira, todo el trabajo espiritual asolado. Por otra parte, cuando uno está comprometido con la práctica de la compasión tiene como obligación abandonar todo lo que tiene que ver con la ira, el resentimiento o la venganza; además, debe dejar de rechazar a quienes están enfadados con uno mismo, está obligado a aceptar las disculpas de los demás y tiene que controlar la expresión de sus pensamientos de ira.
Perdonar
Si entendemos el valor del perdón podremos emprender el camino para hacerlo. Perdonar es un proceso. Cuando nos dañan recibimos una herida psicológica de la que necesitamos sanarnos. Recuperar el equilibrio interior requiere avanzar más allá del dolor del primer impacto y entender lo que ha sucedido y lo que significa. En el primer momento, cuando recibimos la agresión tenemos reacciones de dolor, ira o miedo; luego, intentamos controlarnos y comienza movimiento pendular entre la frialdad y las emociones negativas. Finalmente, empezamos a recuperarnos cuando podemos comprender y explicarnos lo que ha sucedido.
Un aspecto particular del proceso es digerir el daño recibido. Necesitamos aprender a afrontar el dolor y procesarlo en nuestro interior. Como una herida en la piel requiere un tiempo de atención, cuidado y limpieza, las heridas emocionales también necesitan ser atendidas. No podemos ignorar el dolor que sentimos con el argumento de que nos lo ha causado alguien. Es absurdo. Si estamos heridos somos nosotros quienes debemos hacer lo posible por sanarnos. Es fundamental hacernos cargo del dolor, aceptarlo y dejar que se integre en las experiencias de la vida.
Perdonarse uno mismo
Quizás uno de los aspectos más importantes del rencor y la ira, es la culpa y la vergüenza. Más pernicioso que una agresión recibida es una actitud hostil y negativa hacia nosotros mismos. Los efectos de criticarnos, desvalorizarnos, censurarnos o castigarnos pueden ser mucho más devastadores que cualquier daño externo.
Es fundamental comprender que la culpa y la auto-condena no sirven ni resuelven nada. Si queremos ser mejores personas y dejar de cometer errores hay métodos eficaces y saludables. La culpabilidad sólo nos paraliza, nos limita y nos desgasta. Por consiguiente, también necesitamos hacer un profundo ejercicio de perdón con nosotros mismos. Necesitamos asumir nuestras limitaciones, errores y fracasos. Necesitamos aceptar nuestra humanidad. Si queremos evolucionar y avanzar hacia la armonía, el camino empieza perdonándonos por todo lo que ha sucedido en la vida.
Meditación
Antes de trabajar el perdón es imprescindible analizar profundamente todos los perjuicios, estragos e inconvenientes que nos causan el enfado, el rencor o la culpa. Tenemos que ver claramente cómo hacemos crecer el dolor por medio de estas reacciones y desear superarlas. Tenemos que reconocer los efectos nocivos en nuestro cuerpo, en las relaciones afectivas e incluso en nuestro desempeño profesional.
Una vez hecho esto, estamos en la posición ideal para perdonar. Meditar en el perdón consta dos facetas principales. Por un lado, necesitamos poner conciencia en el dolor y por otro, cortar el vínculo negativo. Así pues, lo primero es dejar de rechazar el dolor que sentimos y abandonar todo tipo de juicios, interpretaciones y comparaciones. Necesitamos dejarlo estar y hacernos plenamente conscientes de lo que sentimos. Sea el daño que nos han causado, o el dolor de haber cometido algún error o haber fracasado en algo, es esencial observarlo y hacerle espacio en nuestro interior. Es fundamental que, en lugar de rechazarlo, lo acojamos con aceptación, imparcialidad y contentamiento.
Lo siguiente es romper el vínculo negativo con quién nos dañó o con nosotros mismos. En el silencio de la meditación vamos dejando que la persona que nos ha dañado siga con su vida o vamos dejando que la imagen torcida de nosotros mismos se aleje a su lugar en un pasado que ya quedó atrás para siempre. De este modo recuperamos toda esa energía malgastada en nuestro presente. Meditar requiere una profunda confianza en el poder de la conciencia. Es al soltar, rendirse y entregarse cuando nos liberamos. A través de la atención consciente el dolor puede disolverse en el espacio de nuestra verdadera esencia.
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compasión,
ira,
meditación
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