jueves, 6 de agosto de 2015

Vislumbres

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Sin elección, se producen estados emocionales, pensamientos, imágenes, sentimientos. Parece que hablan de algo real, de algo que está sucediendo. Siempre hemos creído que así era. Cuando sentimos algo entonces creemos que es verdad y se refiere a algo real.

      No obstante, estos pensamientos se producen en la mente, aleatoriamente. Nunca sabemos por la mañana qué nos vamos a encontrar. Aunque, bien visto, hay un patrón, o más bien un orden. La mente repite, no inventa nada nuevo. Repite una serie de estados, se maneja con ellos. Eso da cierta sensación de orden. Si la gama de estados mentales y pensamientos fuera más amplia se notaría que no hay control, que no son nuestros, y daría vértigo. Es mejor así. De este modo la sensación de que son verdad, las sensaciones de certeza y seguridad se mantienen. La ilusión se mantiene.
      Luego, viene la lucha interna.
    La lucha es que ciertos estados son sufrimiento y es el rechazo a ellos. El querer controlar o escapar o no sentir nada de eso. Los estados que no elegimos y la necesidad de creer que podemos dominarlos, vencerlos, escapar de ellos.
    El problema es que con cierta constancia y trabajo podemos vencerlos, podemos hacer que se vayan. Este es el problema porque sentimos una victoria y creemos que estamos haciéndolo bien. Que conseguiremos acabar con ellos, que vamos por buen camino. Es un problema porque siempre vuelven, porque sólo conseguimos una tregua, sólo aplazamos la condena. Fracasamos una y otra vez. No conseguimos tener paz, no hay serenidad.
   Pero no queremos rendirnos, necesitamos tener fe, necesitamos creer que un día lo conseguiremos. Los aparentes éxitos alimentan nuestro sueño.
  Al final sólo nos queda rendirnos. Pero rendirnos no es tirar la toalla. Nos rendimos cuando vislumbramos un par de cosas, vislumbramos porque apenas lo vemos, apenas tenemos la intuición, apenas es una sospecha. El fracaso constante nos lleva a preguntarnos qué sucede, qué es lo que no funciona. Vislumbramos que no elegimos los estados y vislumbramos que no son de nadie.
      Pero hay muchas resistencias a lo que atisbamos, y no acabamos de asimilarlo. No lo podemos encajar en nuestro esquema de las cosas.
      La  mente produce sus estados, por aprendizaje, por hábitos, por conexiones neuronales, por descargas sinápticas en el cerebro, etc. No tenemos ningún control, estamos condenados a eso, no lo podemos cambiar, es nuestro “karma” dirían los asiáticos. Pero queremos seguir creyendo que tenemos algún control, que podemos llegar a “purificar la experiencia, el karma”. Lo necesitamos, necesitamos creerlo.
      Es el ego, el yo. La resistencia a la vida es el yo. La aversión a esos estados es el yo. La aversión al sufrimiento es el yo.
      Cada mañana queremos elegir cómo sentirnos. Pero, ¿quiénes somos? ¿Qué es ese yo?
    Cuando nos preguntamos esto nos quedamos en blanco. Nos desconcierta la pregunta. Todo el discurso previo tenía sentido en el contexto de ser alguien, de que existimos y nos pasa esto.
     Yo. Pensar en este yo es difícil. Más lo pensamos más se siente. Más queremos creer que no existe más real parece, y la trampa se repite de nuevo. La misma trampa: cuando nos esforzamos y trabajamos duro se vislumbra una vacuidad, una inexistencia del yo; y empezamos a pensar que lo estamos consiguiendo, y trabajamos con más ahínco.
   Pero no estamos haciendo nada. El yo permanece intocable. Seguimos creyendo que somos alguien y seguimos experimentando esos estados que nos perturban.
     Recorremos un largo camino. Es costoso y nos exige muchas renuncias. Nos requiere esfuerzo y disciplina, pero no llegamos a nada. Estamos en el mismo punto.
      Por supuesto, en el proceso hay ciertos logros, hay más calma, un cierto contento, los estados negativos duran menos. Existe la pasión por aprender, por cultivar el camino; el disfrute de descubrir el gozo de una nueva meta, una nueva enseñanza, la alegría de encontrar un enfoque diferente…
      Pero no hay yo. Este yo es un reflejo mental. Un producto del cerebro o de la mente. No hay nadie y no sabemos vivir ahí. La inercia de ser se impone. El cuerpo-mente como organismo impersonal no puede encajarse. De algún modo lo sabemos. El conocimiento no es lo que buscábamos es como un efecto colateral del esfuerzo, como algo que emergió espontáneamente. Pero no ser alguien, no lo podemos sostener. No sabemos, no encaja en ningún sitio.
      Entonces, descubrimos la necesidad de callar, de dejar de luchar con la mente. Intuimos que lo que siempre hemos hecho es vivir en el pensamiento, en la mente, y crear conflictos internos. La mente produce esas emociones perturbadoras y esa sensación de yo, y estamos en esa lucha, y lo hemos planteado como un conflicto contra la mente. Dominarla, vencerla, controlarla. Y es así cómo la mente recibe alimento; es lo que le conviene, lo que mantiene el mecanismo.
      De manera que empezamos a sentir que tal vez es mejor dejar la mente en paz, dejar de hacerle caso. Dejar de atender lo que la mente trae, incluyendo estados que perturban y el yo. No tener en cuenta la mente es lo que siempre nos han dicho que nunca hagamos. Los consejos iban en dirección contraria: dominar las pasiones, cultivar virtudes, dominar el ego, etc. Y había mucha razón en ellos.
      Pero desde aquí, desde este nuevo lugar, después de tanto cultivar y purificar la mente, lo que queda es dejar de darle tanta importancia, dejar de hacerle caso, dejar de creer que lo que dice sea verdad.
      Lo que nos ayuda a hacerlo es descubrir la vida y la lucidez que hay aquí. Valorar y atender la vida-conciencia nos permite soltar la mente, nos permite creer menos en ella, darle poca importancia. Pero tardamos en descubrirlo. Al principio seguimos en la mente y le damos poca importancia a la conciencia misma. Seguimos queriendo dominar la mente en presencia de Darse Cuenta. De hecho nos lleva tiempo rendirnos y soltar la mente. Durante mucho tiempo nos centramos en las experiencias mentales (de las que hay conciencia) pero olvidamos la conciencia misma. Eso fomenta que sigamos atrapados y creyendo en los pensamientos.
      Un día empezamos a dejar de darle importancia a las experiencias y a los pensamientos, y nos centramos exclusivamente en el Darse Cuenta.
      Hay un nuevo vislumbre, un atisbo de que no hay nada real, una especie de destello de la gran ilusión en que vivimos: Nuestra realidad más íntima, nuestra marca de nacimiento es esta cualidad de conciencia.
      Y de nuevo, la torpeza de no saber encajarlo en la vida. No encontramos la manera de incorporarlo. Pero, la vida es como es, la mente funciona, el yo se presenta. La reacción contra lo que la mente hace vuelve, el querer librarse de esos estados, y ese yo se presenta de nuevo.
      Sólo queda repetir el proceso. Volver a soltar, volver a instalarse en la presencia de conciencia.
¿Hay algo más que lograr? ¿Estamos en un bucle cuando en realidad ya hemos llegado? ¿Es la mente la que nos engaña haciéndonos creer que no deberíamos sentir este yo o estos estados?

10 comentarios:

  1. Me encanta la imagen del bucle y la foto. Todo el artículo me deja sin palabras. Gracias.

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  2. Entendido Juan.Un dardo certero.Palabras que tratan de atravesar nuestra creencia de llegar a ser mejores.Seres iluminados que tras un arduo trabajo pueden convertirse en dioses.Ya lo somos.Siempre lo fuimos.Afianzar esta certeza que no es una creencia.Desenvolverse bien en la incertidumbre de no ser nadie.Estar ahí en paz.Gracias.De nuevo el silencio que admira es mi respuesta mejor.

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  3. Este artículo resulta esencial para comprender el proceso inconsciente en el que caemos cada día. Gracias desde el corazón por plantearnos estas reflexiones

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  4. Seguir soltando. Momento a momento. Dejar de creer en la mente, una y otra vez, situarse en el presente sagrado donde nada es conocido y desarrollar la habilidad de vivir desde ahí. Gracias Juan.

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  5. Nada que hacer, nada que abandonar, ningun estado que alcanzar. Rendicion total y solo poner conciencia. Lo mas duro es trabajar sin objetivos, sin expectativas. Vivir volviendo a la conciencia una y otra vez como si se tratara de una meditacion. Tal vez sea eso. Tal vez vivir es la unica meditacion, la gran meditacion, lastima que sea tan dificil permanecer en la conciencia.

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  6. YO SOY LUZ Y TODO LO QUE ME LLEGA EN CADA MOMENTO ES LUZ Y ES LO QUE NECESITO EN ESE AHORA. Si algo me remueve lo respiro y entrego a la LUZ para su trasformación. Todos los límites están dentro de mí y pueden ser cambiados.
    GRACIAS

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  7. El Despertar, la Iluminación, salir del bucle, solo puede producirse en ausencia del sujeto

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  8. Entiendo la meditación y el camino espiritual como algo siempre relacionado con la vida.
    En contacto con el enfado de ayer, con el dolor de hoy o con el placer y el deseo, con un problema económico, con las relaciones y sus vicisitudes, con la muerte, con la creatividad.... y en este vivir real es en el que siento lo imprescindible de la indagación espriritual, en el espacio coemergente,interrelacionado de sujeto,objeto, mundo, vida, misterio.

    En este ámbito, no el de la idealización o el juicio, tratamos de morar en la conciencia en la presencia abierta, sin tomarnos las cosas demasiado en serio ya que toda experiencia - pero toda es toda-, no es más que una interpretación, una apariencia.

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  9. No hay nada más que lograr y ya habíamos llegado cuando nos situamos en el punto de partida, esta lucidez, este poner Conciencia, este darnos cuenta alcanzando esos vislumbres es inviable cada día sin tu compasión y sabiduría Juan.

    Así que gracias por compartir, por guiarnos y por ser una permanente fuente de inspiración y de Conciencia.

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