viernes, 24 de enero de 2014

Cuando nos hacen daño

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Por si no hubieran suficientes problemas en la vida, las personas nos hacemos daño. Es más frecuente de lo que nos gustaría. Aunque en esencia todos tenemos esta naturaleza primordial pura y luminosa, muchas personas viven en la ignorancia, el egoísmo y el miedo, y hacen mucho daño.
Cuando nos dañan hay al menos tres cosas diferentes que atender... Por un lado la experiencia personal de dolor, por otro, la reacción emocional, y por último la forma de gestionar la relación con el agresor (que puede incluir punición, perdón, etc.) Estos tres aspectos son cosas diferentes que requieren abordajes distintos. Con frecuencia nos vemos incapaces de resolver una situación de daño porque lo mezclamos todo, y en consecuencia creamos más sufrimiento para nosotros y para los demás.
No podemos sanarnos si pasamos por alto el dolor que sentimos, y tampoco podemos avanzar si nos quedamos atrapados en emociones destructivas como la ira, el rencor, la depresión, la ansiedad, etc. Además, es preciso que sepamos encontrar el tipo de trato que vamos a dar a la persona dañina. Cada uno de los tres aspectos requiere un abordaje diferente.
Desde la perspectiva espiritual, y desde el trabajo encaminado a una mayor evolución y conciencia, el primer paso para trabajar el dolor que alguien nos ha causado es hacernos conscientes de nuestra realidad última. Las enseñanzas de sabiduría afirman con contundencia que nada ni nadie nos puede dañar y que nunca nos han hecho daño. Si fuéramos capaces de mirar en nuestro interior con lucidez y claridad veríamos la verdad de esta afirmación. De hecho este es uno de los grandes beneficios del proceso espiritual.
No obstante, es obvio que esta no es nuestra experiencia. Sentimos que nos han hecho daño muchas veces. Ante esto, una cuestión que merece la pena investigar es preguntarnos cómo llegamos a ser vulnerables a la maldad. Es decir, si confiamos en lo que dicen los maestros, cómo llegamos a sentir tanto daño. ¿Si nadie nos puede dañar por qué sentimos que nos dañan?
La respuesta es conocida, nos pueden dañar porque vivimos contraídos en un yo. En lugar de reconocer lo que somos verdaderamente y vivir desde esa apertura nos sentimos individuos que tienen una vida. El gran error, la eterna causa del sufrimiento es el ego. Ahora bien, siendo más específicos, nos pueden hacer daño porque tenemos unos deseos, expectativas, inseguridades, creencias, necesidades y aspiraciones. Lo que esperamos de los demás, nuestras opiniones de cómo tienen que ser, nuestras inseguridades y necesidades, y lo que queremos obtener de ellos, nos hace vulnerables.
Es decir cuando alguien nos haga daño, es básico hacerse consciente de la implicación del ego y ser capaz de soltarlo. El daño de los demás no puede alcanzarnos si no hay un yo que lo reciba. Así, cuando somos capaces de renunciar a las expectativas, las creencias, los objetivos y demás componentes del yo recuperamos la invulnerabilidad.
Sin embargo, esta no es una tarea fácil. Llevamos muchos años en este nivel de conciencia tan primario y las expectativas, inseguridades y demás se han convertido en hábitos y tendencias muy arraigados. Vivimos condicionados y con poca capacidad de elección. Aquí es donde la enseñanza nos recuerda hacernos conscientes de lo que hemos creado. El daño de los demás es el resultado de nuestros comportamientos pasados, el resultado de nuestro nivel de ignorancia. Este pensamiento de hacerse responsable de las propias experiencias puede ser muy efectivo a la hora de abordar una experiencia dañina. Asumir los propios errores nos libera de crearlos de nuevo. El primer paso para limpiar la mente es reconocer sus impurezas.
Es preciso recordar en este punto lo dicho anteriormente. El trabajo con la experiencia dolorosa es diferente del modo de gestionar la relación con la persona dañina. Reconocer la parte de responsabilidad del propio dolor no implica dejar de impartir justicia cuando sea preciso. Se trata de sufrir lo menos posible y reconocer el propio ego implicado nos acerca a la posibilidad de liberarnos del dolor. Luego, queda pendiente resolver cómo tratar a las personas dañinas. Este es un trabajo diferente que pertenece al ámbito de la compasión. Lo cual no significa necesariamente ser blando y suave. A veces la compasión puede ser muy contundente, sobre todo cuando se trata de impedir que alguien siga haciendo daño.
Dicho esto, ¿qué hacer cuando no somos capaces de abandonar el ego? ¿Cómo afrontamos los daños de los demás cuando estamos en el nivel de personalizar las experiencias?
Otro aviso procedente de las tradiciones de sabiduría es evitar aumentar el dolor cuando nos dañan. La cuestión es que el daño que nos causan siempre podemos enfrentarlo, pero si dejamos que crezca, no sólo puede llegar a ser insoportable sino que perdemos toda posibilidad de abordarlo.
Lo que hace que aumente el dolor es la respuesta emocional. Por ejemplo, si reaccionamos con ira, rencor o ansiedad, sentimos más dolor.  Esto es, al daño recibido se añade el dolor emocional. Es preciso hacerse consciente de esto y trabajar las emociones destructivas. Aunque, sintamos a menudo que tenemos derecho a enfadarnos, los primeros que sufrimos las consecuencias somos nosotros. Tenemos que trabajar el enfado y demás desde esta perspectiva, conscientes del daño que nos causa.
Abordamos el dolor al mismo tiempo que resolvemos la respuesta emocional. El dolor lo sentimos como algo personal y nos sucede a nosotros, por tanto tenemos que hacernos cargo de lo que sentimos. Esta es la parte más olvidada del trabajo con las agresiones. Aunque podamos manejar la emoción negativa, es frecuente verla regresar porque seguimos sintiendo dolor y la emoción aparece como una reacción a ello. Sin hacer las paces con nuestro dolor es muy difícil detener la respuesta emocional destructiva.
El problema más importante de cualquier experiencia de dolor es el rechazo. Nada en nosotros quiere sentirse agredido, criticado o traicionado. Nos resistimos al dolor y queremos que desaparezca. Esta reacción es absolutamente razonable, sin embargo, es engañosa. Cuanto más nos resistimos a lo que estamos sintiendo más perdura. La estrategia fundamental para sentirnos en paz es la apertura a lo que nos sucede.
Para abordar el dolor, no importa lo injusto que sea ni lo desagradable que se sienta, es preciso dejarlo sentir. Es esencial conocerlo y ver cómo se experimenta en nuestro interior. Necesitamos darnos un tiempo para abrirnos a reconocer cómo nos afecta y dejar que todo sea como es. Vivir la experiencia con lucidez, sin interpretaciones ni conceptos, es lo que cura nuestro dolor.
Esta propuesta va en contra de nuestra lógica habitual además de producirnos desconfianza. Sin embargo, sólo a través de la aceptación, la imparcialidad y el abandono de las resistencias, tenemos la posibilidad de recobrar el equilibrio interior y la serenidad que tanto apreciamos.

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