viernes, 8 de noviembre de 2013

Caminos vitales

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Las personas buscamos un significado a todo este gran juego de luces y sombras que es la vida. Necesitamos que tenga sentido y si no lo encontramos nos desesperamos, nos frustramos y nos volvemos negativos. 
  Para vivir una vida razonablemente satisfactoria tenemos tres posibilidades. La primera opción es conseguir aumentar nuestras tendencias emocionales positivas y aprender a disfrutar de las cosas cotidianas.  La segunda opción, más satisfactoria y gozosa es emplear nuestras habilidades, talentos y capacidades con frecuencia; usarlos en el trabajo, en las relaciones sociales, en los momentos de ocio y demás. La tercera posibilidad es la más completa y satisfactoria, y se refiere a enfocarse en algo que uno valora y emplear la energía vital en alcanzarlo. Incluye valores como la familia, el desarrollo personal, la formación, el camino espiritual, etc.
 
  La verdadera práctica espiritual tiene como resultado el desarrollo de actitudes emocionales positivas como la empatía, la gratitud, el amor y la compasión. Además, nos permite una mayor flexibilidad en relación a la imagen personal y nos resulta más fácil acceder y emplear nuestros recursos y aptitudes singulares. Por último, cuando creemos en la evolución global de la humanidad y lo asumimos como un proyecto en el que deseamos participar, el trabajo espiritual nos ofrece las estrategias y modos de lograrlo.
  Desde esta perspectiva, hacer que lo espiritual forme parte de nuestra vida es una buena manera de darle sentido y valor.
  Dicen los maestros que la verdadera felicidad no se encuentra en lo que cambia y perece. Nos explican que dolor y placer se alternan constantemente y que debemos buscar la felicidad en lo que no cambia. De un modo más concreto, señalan que la verdadera plenitud sólo viene cuando somos conscientes de nuestra naturaleza primordial
  Cuando vivimos desde nuestro ser esencial todo lo demás viene detrás.
  A pesar de ello las personas nos dedicamos a buscar la felicidad en las experiencias y dejamos para después el conocimiento de nosotros mismos. Hacemos las cosas al revés. Nuestra actitud es buscar buenas experiencias y tratar de evitar las malas. Buscamos ganancias, éxito, reconocimiento y bienestar, y huimos de las pérdidas, el fracaso, la crítica y el malestar. Nos olvidamos de que todas estas experiencias forman parte de las cosas efímeras y perecederas. 
  Haciendo esto tenemos dos problemas, el primero es que puesto que nada es para siempre, siempre estamos expuestos a la insatisfacción, la frustración y la incertidumbre. En una palabra, al sufrimiento de la vida. El segundo problema, más grave, es que nos convertimos víctimas de las experiencias; es decir, perdemos la libertad personal, y nuestra plenitud y bienestar se vuelven dependientes de las experiencias. Así es como vivimos la mayoría de las personas, hasta el punto que lo asumimos como normal. Nos creemos que es lógico e inevitable que las experiencias de placer o dolor determinen nuestro grado de felicidad o infelicidad; sin embargo, las palabras de los maestros nos señalan claramente que podemos trascender esta dependencia y encontrar una paz interior independiente de los acontecimientos.
 Uno de los más prácticos resultados del proceso espiritual es que dejamos de estar en manos de las experiencias para ser felices. Esto es, nuestro estado de bienestar y contento llega a ser independiente de cómo estamos física o mentalmente. La felicidad deja de depender de las circunstancias que nos rodean. 
Esto es así porque dejamos de vivir desde el ego y empezamos a vivir desde nuestra naturaleza primordial.
Ahora mismo nos creemos ser individuos que poseen experiencias. Dejamos que nos definan nuestras emociones, miedos, deseos, aspiraciones y creencias. Así es como traicionamos lo que realmente somos y así es cómo nos convertimos en víctimas de la vida. Cuando nos identificamos con pensamientos, sensaciones, estados y emociones nos quedamos atrapados en la telaraña de la mente y perdemos toda posibilidad de desplegar nuestro potencial. El yo es una contracción incompleta y sesgada de lo que verdaderamente somos, y todo lo que hacemos desde ahí tiene consecuencias limitadas y limitantes.
  Es preciso que recordemos una y otra vez lo que realmente queremos en la vida y encontrar la determinación y decisión de romper la inercia inconsciente que nos arrastra a la vida sin sentido. Decía un maestro que vivir sin conocer nuestra esencia primordial es como darle cuerda a un reloj sin ponerlo en hora, el reloj funciona pero no sirve de mucho. Desvelando nuestra naturaleza primordial y viviendo la vida desde ahí, todo encaja, todo lo que sucede cobra una dimensión diferente, plena y satisfactoria. La felicidad surge de nuestro propio ser y no depende ni de las circunstancias, ni de relaciones y ni de las experiencias.
En este proyecto podemos definir tres etapas. En la primera tratamos de desvelar lo que realmente somos, nuestra naturaleza esencial. La segunda corresponde a la integración de la comprensión de lo esencial en nuestra vida, de modo que empezamos a vivir desde nuestro ser y la identidad personal queda relegada a un segundo plano. La tercera consiste en crear las condiciones vitales para mantener el cambio hasta que se consolide y sea irreversible. Estas tres etapas forman parte de lo que es un verdadero camino espiritual.
El primer paso para realizar este proceso es parar y hacernos más conscientes. Es decir, necesitamos encontrar muchos momentos a lo largo del día en que detenernos y estar con nosotros mismos. En este aspecto, uno de nuestros mayores problemas es que vivimos reaccionando a las cosas. Sin ninguna elección, reaccionamos automáticamente a todo lo que nos sucede y poco a poco vamos alejándonos de nosotros mismos. 
Detenerse significa mirar conscientemente lo que sucede en el cuerpo y la mente, y tratar de reconocerlo sin escape, rechazo o deseo. Se trata de aprender a encontrarnos con nosotros mismos con lucidez, aceptación y apertura. El ejercicio incluye reconocer nuestros estados mentales, emociones y sentimientos, y ser capaz de vivirlos con la máxima lucidez que seamos capaces de conjurar. Esto que aparentemente es muy simple, es algo bastante nuevo, y también difícil si no imposible, para mucha gente. Sin embargo, tiene un poder extraordinario. 
El ejercicio de pararse a ejercitar esta atención consciente es sólo el principio de un proceso que va a propiciar que se desvele la verdad primordial de nuestra existencia. El principal mensaje es que podemos elegir una vida plena con sentido, independientemente de cómo haya ido nuestra vida hasta ahora, o podemos seguir dejándonos llevar por los condicionamientos que nos atan a la frustración y la insatisfacción. El gran privilegio de haber nacido como un ser humano es que siempre tenemos la libertad de elegir. 

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