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lunes, 10 de diciembre de 2018

Aprender a Evolucionar


APRENDER A EVOLUCIONAR, TUTORIAL BÁSICO


Vivimos en un bucle. Nos pasamos la vida persiguiendo una felicidad que cuando la alcanzamos siempre  termina; por otra parte el sufrimiento del que tratamos de escapar nos acaba alcanzando. Así, una y otra vez, día tras día. Vida tras vida. Cuando se desarrolla la inteligencia espiritual se descubre que la vida puede ser algo más. Encontramos más satisfacción y plenitud cuando evolucionamos como personas.
Hay muchos indicadores de lo que es madurar, uno de los más significativos son los valores que manejamos. Conforme evolucionamos, más cualidades, fortalezas y aptitudes positivas tenemos. Quienes las poseen son los indiscutibles representantes de la vanguardia del progreso de la humanidad. Poseer virtudes y cualidades nos sitúa en la cúspide de la evolución.
Es muy frecuente vivir estancados. Aunque lo natural en la vida sería ser cada vez más evolucionados y conscientes, a menudo nuestro crecimiento se detiene y nos perdemos en las innumerables demandas de la vida cotidiana. De niños experimentamos constantes cambios y aprendizajes, en la adolescencia seguimos creciendo, aunque a menudo menos que antes, y cuando llegamos a adultos nos solemos estancar.
Dejar de evolucionar es un problema, porque carecer de cualidades y valores nos limita a la hora de enfrentarnos a las dificultades de la vida. Además, sólo con ciertas aptitudes y fortalezas podemos superar muchos de los inescapables problemas que se nos presentan. Esto es, evolucionar como personas nos protege y previene de numerosas situaciones difíciles; pero, además, hay problemas que sólo pueden superarse en estados más avanzados. Es notable que muchas personas que se acercan a los psicólogos buscando soluciones a sus conflictos, en numerosos casos lo único que necesitan es madurar.
Desde esta perspectiva es esencial entender que no cultivamos unos valores y cualidades por hacer lo correcto, ni para cumplir con las expectativas de los demás. Tampoco para ser reconocidos y admirados ni para estar por encima de nadie. Especialmente, no se trata de compensar nuestros defectos, errores y sentimientos de culpa. Cultivamos unas cualidades y evolucionamos para:
Estar más protegidos ante lo que nos pueda sobrevenir.
Tener más recursos para afrontar las frustraciones, incertidumbres y agresiones.
Saber reaccionar mejor al dolor de la vida.
Vivir con más salud y bienestar.
Alcanzar una calidad de vida que de otro modo no conseguiríamos.
Y porque somos conscientes de que algunas situaciones sólo podremos resolverlas si hemos llegado a un cierto nivel de evolución.
Ahora bien, el principal motivo es que tenemos esa capacidad, la vida tiene más sentido, y es más satisfactoria y completa.
CUALIDADES Y DIFICULTADES
Es vital saber manejar las dificultades que se presentan. Cada persona, según sus experiencias vitales y aprendizajes, tiene su estilo. Sin embargo, es frecuente pasar por alto que uno de los métodos más efectivos es cultivar un estado emocional positivo. Hacerlo nos va a dar más capacidad y lucidez para abordar la situación. Pero sobretodo, avanzar y evolucionar es parte de la solución en la mayoría de los casos.
La experiencia vital nos muestra los beneficios de desear seguir creciendo y aprendiendo como personas, especialmente en los momentos difíciles. La actitud positiva y la predisposición a evolucionar es una de los talentos más valiosos que podemos poseer. Sin cualidades, virtudes y fortalezas es como pretender atravesar un desierto sin llevar agua.
No obstante, la cuestión es completamente distinta. Desde la sabiduría, las dificultades de la vida son accidentales, pues la prioridad es crecer y avanzar. Los problemas son ocasiones para empujarnos a dar un paso más en el camino a revelar nuestra mejor expresión. Así pues, ante cualquier situación queremos adoptar una actitud más consciente.
¿Qué oportunidad proporciona esto? ¿Cultivar compasión, humildad, coraje? ¿Ofrece la posibilidad de cultivar sentido del humor, paciencia, contentamiento? ¿Ayuda a ser justo, tolerante, imparcial? ¿Sirve para ser generoso, aceptar la situación, asumir responsabilidades? ¿Conduce a desarrollar gratitud, respeto, asertividad? ¿Cuidado, prudencia, generosidad? ¿Regocijo, confianza, imparcialidad? ¿Amor, desapego, valentía? etc., etc.
Ahora bien, hay que tener cuidado con el motivo que nos impulsa en esta dirección. No se trata de ser mejor que nadie ni de sentirse inferior por una carencia de cualidades. Pensar así, nos impediría avanzar. La evolución es una opción que viene de comprender lo valiosa que es la vida y la importancia de aprovecharla. No es una medida de nuestra valía. Lo que mide nuestro valor es lo que somos, nuestro ser, la esencia que nos conforma; algo que ya está aquí y no precisa mejorarse.
Cultivar cualidades y virtudes es la expresión de quienes están más evolucionados y comprenden con claridad lo que aporta significado y valor. Nosotros desde nuestra mirada reducida apenas entendemos la importancia de despertar y cultivar la mente. Sin embargo, podemos aprender de ellos, escuchar su visión y descubrir una perspectiva diferente. En la tradición budista, por ejemplo, en Aksayamati Nirdesa Sutra se dice:

“La generosidad no es mi compañera, más bien soy yo quien acompaña a la generosidad,
la ética, la paciencia, el entusiasmo, la concentración y la sabiduría no son mis compañeras; 
más bien soy yo quien acompaña a
 la ética, la paciencia, el entusiasmo, la concentración y la sabiduría;
Las perfecciones no están a mi servicio, soy yo quien está al servicio de las perfecciones”.

Empezamos cultivando cualidades por fe. Confiando en las palabras de quienes viven más despiertos. Luego, continuamos el proceso al constatar la importancia de cultivarlas. El camino nos lleva a desear emplear la vida en hacer que todas las cualidades posibles se hagan presentes y visibles en el mundo.
UN MODO DE HACERLO
Desarrollar una cualidad es como cultivar una planta. Se siembra la semilla en buena tierra, se riega, se cuida que tenga luz, se echa abono, se protege del clima y las plagas, y se espera a que florezca. Así pues, empezamos dejando una huella de la cualidad en nuestra mente. Luego, nos habituarnos a responder con ella, trabajamos para contrarrestar los obstáculos internos y externos que nos impiden desarrollarla, y lo hacemos una y otra vez hasta que se consolida en nuestro ser.
  1. Escoger la cualidad
Lo primero es seleccionar una cualidad que nos inspire.  (Una lista de cualidades) Es preciso que tengamos una relación positiva con ella. Como hemos visto, no funcionará si nos sentimos inadecuados o culpables, o si nos juzgamos por no tenerla; tampoco, si nos sentimos inferiores a quienes la poseen o si les tenemos envidia.  De modo que a veces, hay que hacer un trabajo previo hasta llegar al motivo acertado.
Conviene, además, hacer una reflexión amplia en torno a las consecuencias positivas de la cualidad. ¿Para qué sirve? ¿Qué papel tiene en la propia vida? ¿Cuál es su lugar en el proceso vital? ¿Qué relevancia tiene en el camino espiritual? ¿Hacia dónde conduce tenerla?
Necesitamos entender bien la cualidad. Estudiarla y conocer su significado y sentido. Es muy útil encontrar historias y ejemplos de personas que poseen esa cualidad (novelas, películas, series de TV, pueden ser una buena fuente de inspiración). También tenemos que tener cuidado con las supersticiones y las opiniones de la gente; y si es posible ver lo que las investigaciones serias y las ciencias sociales tienen que decir.
  1. Plan de trabajo
Siendo honestos, es preciso comprender que cambiar la mente requiere un esfuerzo sostenido durante bastante tiempo. Necesitamos organizar nuestra vida y nuestra forma de pensar para promover el nuevo estado mental. La fuerza de voluntad no basta. También es preciso tener confianza en uno mismo, recordar a menudo los beneficios de poseer la cualidad, contar con la aparición de posibles resistencias internas, y saber esperar para obtener resultados.
En particular, necesitamos creer en que tenemos la habilidad de cambiar y la capacidad de hacerlo. La enseñanza budista sobre lo preciosa que es la vida humana y el potencial que tiene es muy útil en este contexto. Si no apreciamos nuestro potencial no podremos llegar muy lejos. Además, es vital ser optimistas y tener una actitud positiva. Debemos recordar la naturaleza de nuestra mente y saber que se compone de lucidez y claridad, por lo que la transformación siempre es posible.
Pero también existen muchos obstáculos. Algo en nosotros siempre se resiste al cambio, adquirir nuevas cualidades nos lleva a sentirnos inseguros y torpes. Nuestro deseo de obtener la cualidad se ve boicoteado continuamente por otros hábitos,  tendencias, y emociones destructivas. Debemos ser conscientes de esto y estar dispuestos a confrontarlo. A menudo, nuestros conflictos internos y dudas son el principal obstáculo.
En resumen, debemos de ser conscientes de que la meta deseada necesita que le dediquemos tiempo y trabajo hasta que forme parte de nuestro continuo mental. Es algo que requiere una entrega y debemos estar dispuestos ello.
  1. Método
A-Imaginación.
Una forma de trabajar es imaginarnos lo que supone vivir con la cualidad. Así pues, buscamos experimentarla de un modo imaginario, como si ya la tuviéramos. La sentimos en la mente y el cuerpo. Mediante la imaginación y la reflexión evocamos la cualidad. Nos visualizamos como si ya estuviera sucediendo el futuro deseado con la cualidad. Vemos cómo se experimenta tenerla. Sentimos los efectos que produce en el cuerpo, descubrimos las emociones que acompañan a la cualidad y nos hacemos conscientes de los pensamientos asociados a ella. Lo ideal es abarcar todos los aspectos de nuestro ser, el cuerpo, las emociones, los pensamientos,  y sentir la experiencia en todos los niveles.
B-Contemplación.
Luego se trata de sostener el mayor tiempo posible el estado, con la intención de que deje una impronta en nuestro interior. Enfocamos la atención en la vivencia de poseer la cualidad, con la mayor claridad posible. Cuando empezamos a distraernos podemos recurrir a una imagen concreta. A muchas personas les ayuda imaginar algún símbolo, algo que represente a la cualidad que estamos encarnando. Se dice que es una manera de hablarle al inconsciente y la forma de acceder a ella más fácilmente. También, sirve hacer un gesto con las manos o una postura.
Este ejercicio requiere repetirlo una y otra vez, durante varias semanas. Al mismo tiempo que recopilamos más información sobre la cualidad y buscamos el apoyo de los demás, cada día meditamos de esta manera. Invocamos nuestro futuro habiendo desarrollado la cualidad y lo hacemos presente unos minutos.
Es de gran ayuda en este proceso, darle una dimensión social y contar con el apoyo de otras personas. Queremos estar abiertos a recibir ayuda. En este sentido hacemos saber a alguna persona de confianza lo que estamos haciendo. Le comunicamos nuestra intención de cultivar la virtud. Hacemos que los demás se impliquen y nos ayuden a conseguir nuestro objetivo. Cuando saben nuestras intenciones podemos contar con ellos en cualquier momento para pedirles su perspectiva y nos den su opinión.
C-Acción.
Cada vez que hacemos la visualización, tomamos la decisión de hacer algo concreto. Es decir, planificamos en las próximas horas actuar una vez como alguien que ya tiene la cualidad. Realizando comportamientos en consecuencia, empezamos a transformar la mente de una  manera real.  Si sólo trabajamos la mente, los cambios nunca se materializan, de modo que tenemos también que actuar.
El cambio requiere que nos enfrentemos al mundo real y pongamos en práctica vivir con esa cualidad. Es importante hacerlo cada vez que meditemos, integrar las dos cosas, meditación y reflexión por un lado, y acción por el otro. Además, al hacerlo podemos descubrir cosas que no teníamos en cuenta. No sólo se trata de cambiar el comportamiento, también es preciso cambiar nuestra estructura mental. Aprendemos, actuando.
D- Conciencia.
Por último, mientras trabajamos la cualidad, buscamos una nueva forma de enfocar las cosas. Nos preguntamos con frecuencia. ¿Qué es lo que … (cualidad)…haría en esta situación?  Por ejemplo, ¿qué haría el amor en esta situación? ¿Qué haría la paciencia en esta situación? ¿Qué haría la sabiduría del sentido del humor? Etc. Haciendo esto nos esforzamos por salir de nosotros mismos y nos situamos en una perspectiva más evolucionada y despierta. Hacer esto una y otra vez es lo que nos hace crecer.
CONCLUSIÓN
Hay numerosas evidencias a lo largo de diversas culturas de que las personas más avanzadas son a su vez las más amorosas, solidarias, conscientes y verdaderamente espirituales.  Y lo que es más importante, sólo evolucionando podemos llegar a sentir satisfacción y plenitud en la vida.  Pero más aún, es una cuestión planetaria, el universo necesita que evolucionemos. Una buena  medida de cuánto lo hacemos son nuestros valores, fortalezas y virtudes.
Despierta, reflexiona, observa.
Trabaja con atención y cuidado.
Vive en el sendero y
la luz crecerá en ti. (Buda)

 

Afrontar Adicciones

Tenemos que descubrir por qué es tan importante aprovechar la vida y, luego, ser consecuentes con esa sabiduría.
Lama Thubten Zopa Rinpoché.

Para las personas más despiertas y lúcidas la vida es una oportunidad inconcebible. Aunque la mayoría nos pasamos el tiempo huyendo de los problemas; es muy interesante comprobar que cuando llegamos a los estados más evolucionados empezamos a apreciar los conflictos y dificultades de la vida con inmensa gratitud. De hecho, los problemas dejan de ser percibidos como tales y son considerados como elementos que enriquecen la vida y abren el camino a nuevas posibilidades. Se abre una sorprendente fe en los inconvenientes y problemas. En estos estados más sabios, las personas buscan la sanación interna en los conflictos que se presentan.

Para la mayoría esto no es así. Nosotros escapamos de los problemas y del sufrimiento, y de hecho, cada uno tenemos nuestra forma peculiar de responder a los apuros. Poseemos un repertorio de respuestas que se activa automáticamente cuando se presentan problemas. Vivimos en constante alerta y estamos a la defensiva; además, nuestras reacciones son habitualmente las mismas.

La cuestión es que vivir no es nada fácil. A menudo nos sentimos inadecuados e incapaces, y la vida se presenta como una gigantesca maraña de situaciones complicadas que resolver y manejar. Sin pretenderlo ni desearlo nos topamos continuamente con situaciones incómodas. Vivir resulta ser experimentar continuamente inseguridades, fracasos, críticas, exigencias, culpas, incomodidades, limitaciones, frustraciones, etc., etc. Ante esto, respondemos como podemos, y cada uno tenemos nuestro estilo. Hay quienes se acobardan y se hunden en estados de impotencia y desesperación, hay quienes se agarran a otros como salvavidas, hay quienes se convencen de que pueden con todo, etc.

 Una adicción es una de esas maneras automáticas y reactivas de gestionar el dolor de la vida.  Nadie elige ser un adicto, más bien tratamos de escapar del sufrimiento y acabamos capturados por una adicción. Es decir, empezamos buscando una salida y acabamos atados a algo que nos limita y nos lleva a un sufrimiento mucho mayor del que tratábamos de evitar.

Es preciso hacer una advertencia y evitar caer presos de nuestros prejuicios, valoraciones e interpretaciones. Con prestar atención, apreciamos que no elegimos nuestro cuerpo ni nuestra personalidad, no elegimos que nos gusten ciertas cosas o nos desagraden otras, tampoco elegimos nuestras capacidades ni limitaciones, etc.

Todo lo que somos, nuestro cuerpo y mente, se deriva de la confluencia de numerosas causas y condiciones a las que hemos estado expuestos. Por consiguiente, tampoco elegimos nuestra forma de responder a los problemas ni nuestras capacidades o limitaciones a la hora de afrontarlos. En este sentido, hemos de asumir que una adicción no es una elección libre ni un problema de inmoralidad o algo por el estilo, sino un condicionamiento en el que hemos quedado atrapados. Entenderlo así es esencial a la hora de liberarse de ella. Debemos saber que nos condicionan nuestros miedos, necesidades, creencias y demás, y sobre todo la imagen que tenemos de nosotros mismos. Reconocer esto es el primer paso para dejar atrás la adicción.

Hay muchos tipos de adicciones y, como estamos viendo, todas ellas son intentos torpes e ineficaces de afrontar algún profundo dolor. (Las más comunes: adicción al alcohol, a la nicotina, a sustancias, al juego, a la comida, a los videojuegos, a internet, al sexo, a las compras y al trabajo). No es preciso mencionar que el efecto de la dependencia es experimentar mucho más infelicidad que aquella de la cual deseamos escapar; sin embargo, el adicto no puede hacer otra cosa. Por un lado, no es consciente de lo que está haciendo, y por otro no conoce ninguna otra forma de responder al sufrimiento.

Desde la perspectiva espiritual el problema de tener una adicción es la inmensa energía que nos demanda, y que nos impide despertar y evolucionar.
Es decir, se considera que la vida es un privilegio por las posibilidades de liberación y sabiduría que permite. Aunque, podamos cruzarnos con muchos problemas, siempre tenemos la capacidad de trascenderlos y evolucionar más allá de ellos.
 En palabras de uno de mis maestros, el lama Thubten Yeshe: “Nunca pongas límites a lo que puedas llegar a conseguir, no importa cómo haya sido tu vida hasta ahora”.Así, una adicción nos deja atrapados en un bucle de necesidad y dependencia que absorbe toda nuestra vitalidad, lucidez y potencial.

Cuando tenemos una adicción, nos atamos a eso a lo que somos adictos. Perdemos toda libertad de elección y nuestras decisiones y comportamiento están supeditados a la dependencia. No podemos hacer nada sin pensar en la adicción, perdemos la claridad mental y la autonomía.
Es curioso ver cómo la adicción nos hace ver las cosas de otra manera. Es decir, al contrario de lo que realmente sucede, muchas veces los adictos justifican su comportamiento con el pensamiento de que la libertad es seguir haciendo lo mismo. Por ejemplo, quienes tienen adicción a la nicotina se dicen que no quieren privarse del placer de fumar, quienes son adictos a comer se cuentan que no hay motivos para renunciar al disfrute de la comida. Lo que no quieren y no pueden ver es que no pueden elegir, que no pueden decir no a la nicotina o la comida. El adicto no es libre, está atado y ha perdido toda la libertad. Pierde horas y horas en obtener eso de lo que depende, y paradójicamente no le ofrece ninguna satisfacción.

Para liberarnos de una adicción es preciso llegar a apreciar claramente la dependencia como algo asfixiante. Es necesario dejar de engañarse y ser muy honesto con uno mismo. Este quizás es uno de los puntos más importantes y al mismo tiempo más difíciles. Las personas adictas tienen una habilidad muy especial de engañarse y de creerse las falsedades que se cuentan. Viven en su propia mentira y en una huida hacia adelante sin futuro. La curación empieza reconociendo que uno está enfermo. El adicto necesita darse cuenta de que no sólo nunca consigue dejar atrás el sufrimiento sino que constantemente está generando más. La conciencia del sufrimiento es lo que nos da la fuerza para aplicar remedios eficaces que nos liberen.

Sanar una adicción es un asunto complejo que requiere un abordaje desde varias perspectivas. La meditación nos aporta sanación al cultivar el poder de ser conscientes. Es decir, meditar puede ser muy efectivo como uno de los instrumentos para superar la adicción. No obstante, también hay que entenderla como complemento a otras herramientas, como el apoyo social, la vida saludable, el trabajo terapéutico emocional, etc.

Una forma práctica de emplear la meditación para superar una adicción es cultivar tres cualidades: compasión, atención y sabiduría.

La compasión consiste primero en apreciar que numerosas personas en el mundo están experimentando la misma situación angustiosa, la misma adicción, y reconocer el dolor del mundo. Es sentirse vinculado a los demás en este dolor de la adicción. Pero además, en segundo lugar, significa evocar un profundo anhelo de que todos los seres se liberen del sufrimiento de la adicción. Cuando nos damos el tiempo necesario para que despierte la compasión, este anhelo acaba convirtiéndose en la intención de contribuir a ello, el arrojo para emprender el camino para ayudar a los demás a superar su adicción. Esta compasión sana internamente los mecanismos más sutiles e inconscientes que mantienen la adicción.

Mediante la atención nos enfocamos en la experiencia interna de dolor y tratamos de evitar la reacción. Es decir, si entendemos la adicción como una forma de resolver un dolor profundo en nuestro interior, mediante la atención nos enfocamos en este dolor y tratamos de observarlo con la mayor claridad posible, de un modo directo, inmediato y sin conceptos. Esto no es nada fácil, pero el trabajo previo con la compasión es inmensamente valioso para hacerlo.

Es sumamente difícil reconocer el dolor profundo, generalmente antes de llegar a verlo ya nos hemos escapado. Sólo una práctica constante y una gran fe en el proceso nos pueden ayudar. Si entendemos claramente la adicción como una respuesta reactiva, sabremos que sólo podemos liberarnos si detenemos la reacción. La atención no libera del dolor, nos libera de la reacción adictiva. El dolor sigue estando y aceptamos vivirlo con ecuanimidad, contentamiento, humildad y apertura. Esta es la atención que sana y la meditación es la tarea ideal para alcanzarla.

Por último, la tercera cualidad es la sabiduría. Meditar en sabiduría tiene diferentes significados y puede referirse a cosas distintas. Aquí hablamos de un cambio de enfoque. Mediante la meditación tratamos de desvelar la fuente de la experiencia de dolor. Activamos la suficiente lucidez para apreciar la esencia de las experiencias, de las sensaciones físicas y mentales; tratamos de apreciar el origen, la fuente y el fundamento de todo lo relacionado con la experiencia de dolor.

Al mismo tiempo, la indagación nos lleva a cuestionar que haya alguien que sufra e incluso que el sufrimiento (que tanto tememos) sea tan real como lo vivimos. La sabiduría emerge cuando dejamos de entender el dolor como algo personal. El dolor se desvela como pura luminosidad, impersonal e interdependiente, sin ninguna entidad por sí mismo. Encontramos algo más real que el sufrimiento de modo que éste cambia de significado, el dolor pierde su peso e importancia.

La adicción se resuelve al descubrir que en realidad cuando lo miramos bien, no hay motivos para escapar de nada ni nada que lograr. Se aprecia que este momento, tal cual es, es la expresión de nuestra esencia más real. Ahora bien, es frecuente perder la sabiduría que evocamos en meditación. De modo que debemos ser conscientes de ello y estar dispuestos a mantener un trabajo continuado y constante. Una apertura no es suficiente, debemos seguir hasta que se instale una nueva visión.

En resumen, hay herramientas para superar cualquier adicción. Es preciso creer en lo valiosa que puede llegar a ser la vida y reconocer la adicción como algo que nos aprisiona y secuestra, además de despojarnos de mucho tiempo y energía vital. Como a menudo se menciona: ser feliz es una responsabilidad.

ADENDA
  • Cuando se tiene una adicción uno piensa que es débil, defectuoso. Hay quienes van por la vida como pidiendo perdón a los demás. Es preciso tener cuidado con esto. Todo lo que sucede son consecuencias de múltiples causas y condiciones. Es muy frecuente encontrar que las personas adictas son personas muy sensibles que han vivido ambientes verdaderamente difíciles y complicados. Debemos recordar que la adicción no nos define ni dice nada de nuestro potencial, ni de lo que verdaderamente somos.
  • A  menudo, la adicción comienza como una estrategia de supervivencia. Como una forma de sobrevivir a una situación demasiado grande, demasiado confusa y paralizante. Suele ser un dolor muy antiguo, de la infancia.
  • No todas las adicciones son iguales. Cada una tienes sus particularidades, sus significados. Cada una su forma de abordarla. No es lo mismo, una adicción relacionada con una necesidad como comer, que otra como fumar.
  • Es más fácil pensar "soy un adicto" que pensar "me quiero morir". El pensamiento de querer desaparecer, cuando se siente real resulta demasiado angustioso. Así, muchas veces las personas prefieren decirse a sí mismas que son adictas.
  • Al mismo tiempo, la adicción puede llevar a arriesgar la vida, una y otra vez.
  • Cuando se cae en una adicción, se entra en un bucle, el abuso y el intento de control. Los comportamientos adictivos atrapan. Cuando surgen estados emocionales terribles se traducen a algo que pueda manejarse, comer, jugar, beber... Uno se convence de que esto puede manejarse.  El horror de la angustia emocional se traduce en la creencia que podemos manejar la adicción. Entramos en un juego pendular, caemos en la adicción y la intentamos controlar, un movimiento que nunca termina.
  • Nadie elige ser un adicto. Pero sí se elige dejar de serlo. Viene de ver que mientras se está atrapado en la adicción uno se está muriendo, dejarlo es elegir la vida.
  • Sólo se sale si uno mismo lo elige. Es preciso quererse mucho. Saber que habrá recaídas y entender que forman parte del proceso de curación. Se ha creado un impulso de auto-agresión, y es preciso reemplazarlo por cuidarse, hablarse bien, confiar, quererse. Es frecuente sentir a menudo que uno no merece y que tiene que protegerse.
  • El cuerpo tarda en comprender más que la mente. Aun saliendo de la adicción, todavía cuesta vivir lo bueno. El cuerpo ha podido estar muy anestesiado, y es preciso darle tiempo. Uno se ha quedado tocado, y todavía queda reconstruir la vida.
  • La adicción no se va nunca. Hay que vigilarla siempre. Aunque uno la supere.
  • Es bueno encontrar actividades que ayudan, realizarlas, evitar quedarse quieto. A menudo, una visión más elevada de la vida ayuda. Puede ser encontrar a Dios, o desarrollar la inteligencia espiritual, Es mejor enfocar la vida en algo más grande que uno mismo, como evolucionar y despertar.

domingo, 12 de abril de 2015

La captura de la mente

La cuestión principal es vivir sin sufrimiento. Debería ser el principal objetivo de todos los avances científicos, los conocimientos, las teorías, valores y principios sociales. También, tendría que ser la meta de todas las personas. Sin embargo, es curioso ver cómo muchas veces anteponemos opiniones, puntos de vista, apegos, creencias y demás a librarnos del sufrimiento
A menudo, nos regimos por...

viernes, 28 de diciembre de 2012

Sobre los deseos


Parte de la naturaleza humana es vivir con deseos. Los deseos nos impulsan a obtener cosas que no tenemos y a alcanzar metas, y nos  dan energía para funcionar en la vida. Constantemente deseamos cosas, relaciones, objetivos, éxitos, etc. Si observamos todo lo que nos rodea, todos los objetos que usamos, todas las propiedades, todas las personas con las que nos relacionamos, todos los logros obtenidos a lo largo de la vida, toda nuestra evolución como personas, y demás, encontramos que detrás de todo esto hay deseos y más deseos...

lunes, 16 de julio de 2012

Don´t worry be happy




No te preocupes y sé feliz, dice la canción. Pero ¿podemos vivir sin preocuparnos? ¿No es peligroso vivir al día sin prepararnos ante los muchos problemas que puedan venir? La idea de vivir sin preocupaciones suena muy bien pero ¿es realista? ¿No empezaran a ocurrir desgracias si no estamos pendientes? Todos tenemos grabada en la memoria la historia que nos contaban de niños de la cigarra y la hormiga. Las hormigas previsoras se preocupan de la llegada del invierno y trabajan todo el verano, la cigarra por el contrario, se dedica a cantar y ser feliz y el invierno le alcanza sin recursos para afrontarlo. Entonces, ¿nos preocupamos o no?
Como todo en la vida el primer error es plantearnos la pregunta de esta forma dicotómica, es decir, blanco o negro. Bien me preocupo o bien no me preocupo. Pero las cosas no son tan extremas, entre el blanco y el negro hay toda una gama de posibilidades. Nuestra necesidad de seguridad nos lleva a adherirnos a uno de los extremos del espectro y ahí es donde nos equivocamos creando una infelicidad innecesaria. Es decir, en el mundo real a veces necesitamos preocuparnos y anticiparnos a los problemas, y a veces, es mejor esperar y disfrutar todo lo que podamos de lo que nos sucede ahora.
Necesitamos preocuparnos, pero no siempre. Muchas veces es más sano y práctico esperar disfrutar, y vivir el presente. A su vez, no podemos quedarnos siempre parados sin hacer nada; a veces conviene preocuparse. Es evidente que la popular filosofía de vivir el presente no es válida para cualquier situación y en muchos casos es incluso perjudicial.


Bienestar y malestar
Como sabemos de sobra ninguna cosa que sucede es para siempre. Ni las situaciones de bienestar ni las de malestar duran, todas las situaciones son temporales y condicionadas por las circunstancias. Sin embargo, justo porque lo sabemos, inmediatamente tratamos de adelantarnos al cambio inevitable. Aquí es donde surge la preocupación y nos olvidamos de ser felices. 
A veces, estamos bien pero nos preocupamos por mantener la situación o recuperarla cuanto antes. Aquí es donde dejamos de disfrutar y echamos todo a perder. Otras veces estamos mal y nos preocupamos buscando la manera de estar bien, pero la preocupación nos impide pensar con claridad y las acciones que emprendemos para ser felices suelen causarnos más sufrimiento. Así, lo complicamos todo pues entramos en una dinámica de infelicidad y malestar que nos atrapa sin elección. 
Así que siempre es conveniente saber permanecer de una manera abierta con lo que uno esté viviendo. Estar sin anticipación ni rechazo. Disfrutar de los momentos de felicidad y aplicar el contentamiento y la paciencia a los momentos difíciles. Haciendo esto, descubriremos que la vida trae más momentos de bienestar de lo que pensábamos y que los momentos de infelicidad no son tan graves como creíamos.

Vivir los problemas.
Ahora bien, en general las cosas son más complejas y no es suficiente atender lo que está sucediendo ahora. Formamos parte de este proceso en movimiento que es la vida y una de las peculiaridades ineludibles de ello es tener que enfrentar situaciones nuevas y desconocidas, y resolverlas. 
Está comprobado que esconderse en lo conocido y refugiarse en lo seguro va desgastando la vitalidad y consumiendo a las personas. 
Vivir y sentirse pleno incluye avanzar hacia lo nuevo resolviendo dificultades desconocidas hasta ahora. Es decir los problemas existen y, no sólo son parte de la vida, sino que la vida los necesita para renovarse y hacerse plena. 
Por tanto, un enfoque más inteligente es dejar de temer los problemas, dejar de rechazarlos y dar un significado diferente a las dificultades que se nos plantean. Es esencial entender los problemas como elementos que nos ayudan a evolucionar e incluso a ser nosotros mismos. Para ello conviene empezar a confiar en nuestro potencial innato e inteligencia. Como ya sabemos, una de las cualidades más potentes del camino espiritual es la práctica de la compasión. El poder de la compasión reside en la convicción de que cada ser humano tiene en su seno el potencial de inteligencia para dejar atrás el sufrimiento.
  Podemos aprender de los problemas, pero además, en realidad no somos los dueños de nuestra vida, no hemos elegido nacer, no podemos elegir lo que nos sucede. Todo son miles de factores, condiciones y circunstancias que convergen en las cosas que vivimos. El trabajo, la pareja, los amigos, la profesión, los hijos, etc. están determinados por cadenas de casualidades, elecciones y decisiones que no controlamos. Es la vida la que manda y es la vida la que llega a la plenitud que eres. Rendirse y entregarse con humildad al camino que la vida lleva, y soltar el camino personal e individual es parte de la historia. 
Sé feliz, no te preocupes tanto porque la vida sabe.
Necesitamos cambiar la interpretación que hacemos de los problemas. Es decir, aunque sigan causando malestar e infelicidad, es básico dejar de rechazarlos y condenarlos, y empezar a entenderlos como parte del proceso vital en que estamos inmersos. Así, no sólo dejamos de preocuparnos sino que usamos los problemas para avanzar más allá de nuestras limitaciones y eso es lo que, en nuestro fuero interno, nos hace feliz. En esencia, lo que no nos mata nos hace más fuertes.

Tipos de problema
Desde otra perspectiva es preciso hacernos más conscientes de una situación antes de responder. No es fácil, pero ante cualquier problema que surja lo primero que hay que hacer es conocerlo bien. Así, cuando miramos cualquier problema debemos analizar si tiene solución o no la tiene. Como reza el dicho si no tiene solución deja de ser un problema, y si la tiene no hay por qué preocuparse

Si tiene remedio
¿Qué razón hay para estar abatido?
Y si no lo tiene,
¿En qué beneficia el desconsuelo?
Shantideva, Bodicharyavatara 6-10

Decimos que hay tres tipos de problemas, problemas reales que pueden resolverse, problemas reales que no tienen solución y problemas ilusorios imposibles de resolver. En el primer caso no es preciso preocuparse porque tienen solución, sólo debemos desplegar nuestras aptitudes para encontrar la salida apropiada. Para ello podemos recurrir a nuestra experiencia, a nuestros amigos o a personas expertas. Una de las dificultades con que nos encontramos puede ser el miedo a equivocarse y la idea de que equivocarse es una catástrofe terrible y espantosa. Si esto nos sucede, es mejor que cambiemos nuestra forma de pensar y sepamos que nunca es tan terrible cometer errores. Sólo tenemos que mirar a nuestro pasado para constatarlo, a pesar de todos los problemas por los que hemos pasado siempre hemos salido adelante. También podemos recordar el proceso de la vida: para llegar a producirse el homo sapiens, la evolución cometió un error genético tras otro.  
También hay problemas reales que no tienen solución. Por ejemplo, no tienen solución la pérdida de un ser querido o acercarse a la vejez. Aquí, es donde es preciso la aceptación y el contentamiento. Es decir, en lugar de preocuparnos necesitamos asumir cómo son las cosas y disfrutar de todo lo demás que tenemos. 
Lo inteligente es evitar que un problema sin solución invada todas las áreas de la vida. 
El sufrimiento está y no lo podemos evitar, pero sí podemos reconocer que otros aspectos de nuestra vida van bien e incluso muy bien. Del mismo modo apartamos una pieza de fruta podrida de las demás, apartamos el problema del resto de la vida y lo aceptamos como es. Puede ser doloroso, duro y oprimente, pero lo mantenemos aislado sin permitir que afecte nuestra realidad global. Cuando conseguimos hacer esto, nos sorprendemos al ver, que hasta el problema más grave ocupa sólo una mínima parte de nuestra existencia. 
Los problemas peores son los que imaginamos creyendo que son reales. Son problemas sin solución porque sólo están en nuestra mente, aunque no lo sabemos. Son los más difíciles de afrontar puesto que creemos que son reales. De ellos surgen las preocupaciones más nocivas y peligrosas. Son las preocupaciones que no sirven para nada sino para crear más sufrimiento. Una preocupación ilusoria típica es, por ejemplo, angustiarse al pensar en un posible futuro aciago. Para abordar este tipo de problemas necesitamos serenarnos y analizar si nuestros temores tienen algún fundamento. Necesitamos aceptar que no podemos confirmar lo que imaginamos ni tenemos pruebas objetivas de ello. A veces, es precisa la ayuda de alguien que nos haga ver que no somos realistas. No hay nada que solucionar, sólo hay que reconocer que el problema no existe. 
El principal problema imaginario - y esto ya tiene que ver con la práctica espiritual - es creer que somos individuos que tenemos problemas y sufrimos. Es creer que alguien nació, vive y morirá. Es el problema más difícil de abordar porque estamos convencidos de existir como individuos. Suele ser necesaria bastante ayuda para empezar a ver que la entidad independiente que llamamos Yo sólo existe en la imaginación y que desde siempre todo ha estado en paz, apertura y felicidad. Lo que sucede es que no es fácil querer ver la verdad y así, el precio que pagamos es el miedo, la inseguridad, la insatisfacción y el dolor. Desde esta perspectiva, las preocupaciones sólo existen en la mente, pero ¿quién se atreve a soltarse, diluirse  en el vacío y dejar de ser?

viernes, 6 de julio de 2012

Sanar tus emociones destructivas


Trae suavemente la emoción que sabes que te perjudica y, por tanto, la quieres trabajar. 
  Observa tu cuerpo y déjate sentir la emoción. No la rechaces no te culpes ni te juzgues por ello. Deja que la emoción ocupe tu cuerpo y respírala. Observa las sensaciones que te produce y reconoce el posible dolor que te hace sentir.
  Reconoce la situación o la persona por la que respondes así. Presta toda la atención que puedas y observa que dicha situación es pasajera, temporal y transitoria. Observa cómo todo ha cambiado en tu vida y esto también pasará y se olvidará. 
  Déjate sentir unos minutos la naturaleza cambiante del estímulo detonante de tu emoción.
  Ahora, observa todas las causas y condiciones que han intervenido. Especialmente, contempla lo que no has visto hasta ahora. Cuando adviertes detalles que no considerabas, la imagen de la situación cambia y la reacción emocional se debilita. 
Pon toda la atención y honestidad que puedas para descubrir cómo el detonante es un complejo de muchos elementos que se han juntado en un momento dado pero no hay nada objetivo y aislado a lo que reaccionar.
  Ahora reconoce los miedos, expectativas, necesidades, deseos y creencias que contribuyen a tu reacción emocional. Déjalos ir, no forman parte de ti, deja de permitir que te controlen.
  Finalmente, toma conciencia de la imagen que tienes de ti al reaccionar así. Reconoce que la respuesta emocional también está condicionada por lo que opinas de ti mismo, y que si tuvieras otra idea de ti reaccionarías de otro modo. Observa lo que piensas de ti y date cuenta de que puedes cambiarlo pues sólo una imagen ficticia y sin contenido que se formó en el pasado. 

jueves, 21 de junio de 2012

Relaciones II: Ser Positivo



Cuando estudiamos la felicidad y sus causas, descubrimos que - al contrario de como se suele pensar - no somos felices cuando nos suceden cosas buenas, sino que cuando somos felices atraemos cosas buenas a nuestra vida. Es decir, primero necesitamos estar en una actitud positiva y feliz, y luego, empiezan a ocurrirnos cosas buenas.
  Ahora bien, ¿cómo ser positivo y feliz? Numerosos estudios muestran que uno de los elementos claves de la felicidad son las relaciones positivas. Estar bien con los demás, sentir empatía, amor y gratitud nos hace felices.
  Precisamos de los demás. Sin ellos no podemos obtener el afecto y apoyo que necesitamos, no podemos expresarnos y comunicarnos, no podemos encontrar seguridad, no podemos reír ni divertirnos, etc. Tenemos múltiples necesidades que requieren la presencia de los demás en nuestras vidas, de modo que sólo teniendo relaciones positivas podremos atraer una felicidad estable y duradera.
  Por otro lado, con frecuencia nos vemos condicionados por comportamientos automáticos, pequeñas manías, reacciones descontroladas, miedos e inseguridades. Solemos estar aprisionados en nuestro propio estado mental. No es raro descubrir que somos nosotros mismos nuestro peor enemigo. Visto esto, es fácil comprobar que abrirnos a los demás, ser agradecidos, amorosos y compasivos, nos sana emocionalmente y nos libera. Las relaciones positivas con los demás nos abren a recibir la transformación que nosotros mismos no somos capaces de hacer.
  En otro sentido es igualmente fácil de comprobar que todos los problemas a nuestro alrededor son por egoísmo y falta de compasión. Si analizamos la crisis económica que está trayendo a sufrimiento a tantas personas inocentes, acertamos cuando afirmamos que su origen se encuentra en el narcisismo egoísta de unos pocos. Individuos que seguramente destacaron en colegios y universidades, que se convirtieron en la élite de la sociedad, sumamente inteligentes en asuntos académicos y económicos; sin embargo, absolutamente incompetentes en sus relaciones con los demás, con inteligencia escasa en empatía, respeto y conciencia de los demás. Es decir, muy inteligentes en algunas cosas pero muy ignorantes acerca de los demás, la interacción y la interdependencia global. 
   Todo comportamiento egoísta es muestra de una inteligencia defectuosa.
  Pero lo mismo sucede a niveles más cercanos. Los problemas y conflictos entre miembros de una familia vienen por falta de compasión y exceso de egocentrismo. Lo mismo en las comunidades de vecinos, las empresas, lugares de trabajo, las sociedades, autonomías, etc. Todos los conflictos vienen de un exceso de egocentrismo y negatividad con los demás. Por ejemplo, se ha estudiado que cuando en una relación de pareja, las interacciones negativas son mayores que las positivas, la pareja acaba rompiéndose. En concreto, los estudios son tan específicos que pueden predecir que si en una relación se dicen cinco frases positivas por cada negativa, la relación será sólida y basada en el amor; sin embargo, si por cada frase positiva se dicen tres negativas, la relación está abocada al fracaso. 
  Necesitamos relaciones íntimas y caminar con otras personas en la vida, necesitamos seguridad y apoyo, necesitamos compartir y celebrar con los demás; de modo que si queremos felicidad, si queremos estar bien, es imprescindible que sepamos crear relaciones positivas basadas en la compasión.

  Una historia cuenta que había un monasterio en un remoto lugar en el que sólo habitaban cuatro monjes ancianos. En otros tiempos, había sido un lugar de gran riqueza espiritual con una gran comunidad que incluía eruditos, maestros y monjes contemplativos. Había sido un lugar famoso por su poder y silencio; sin embargo, se había ido apagando y llevaba camino de desaparecer en pocos años, cuando los últimos monjes de tan glorioso pasado abandonaran su envoltura terrenal. 
  Los monjes preocupados no encontraban solución. A pesar de sus intentos, habían sido incapaces de atraer a la gente; nadie pasaba por allí y los que por casualidad o por equivocación se acercaban al monasterio se despedían sin ningún interés. Habiendo agotado sus ideas, en una de sus reuniones decidieron ir a pedir ayuda. Habían oído hablar de un santo ermitaño que vivía retirado en las montañas y, no sin cierta reluctancia, decidieron ir consultarle. 
  Uno de los monjes hizo el viaje, llegó a las montañas y tras perderse varias veces consiguió dar con el ermitaño que ya era mucho más mayor que él mismo y cualquiera de sus compañeros en el monasterio. 
  Cuando el monje le planteó el problema, el ermitaño se quedo callado mirándole fijamente con una expresión de incredulidad. El ermitaño no decía nada, sólo le observaba fijamente con su mirada cristalina. El monje, que no podía evitar que le inundara una gran serenidad en presencia del ermitaño esperó pacientemente.
  El ermitaño, que tenía sus propios tiempos, finalmente le dijo: “Uno de vosotros ha logrado la santidad”. 
  No hubo más respuestas, no hubo consejos ni estrategias y el monje se tuvo que ir sin más; aunque se llevaba la absoluta certeza de que las palabras del ermitaño eran ciertas.
  De regreso al monasterio comentó a sus compañeros el viaje y las palabras del ermitaño. Sintieron que habían agotado la última esperanza de salvar al monasterio; sin embargo, al mismo tiempo no podían ignorar la afirmación del ermitaño de que uno de ellos era un santo. No sabían a quién se refería puesto que cada uno negaba que fueran él mismo; de modo que al no saber quién podía ser, cada uno empezó a tratar a cada uno de los demás con un especial respeto, amor y consideración. Apartaron las rencillas, resentimientos y desencuentros del pasado, y en poco tiempo se implantó un ambiente de compasión, fidelidad y armonía en el monasterio.
  Pasaron los meses y un día alguien se perdió y acabó en el monasterio. Tuvo que quedarse una noche y el huésped sintió tanta paz y armonía en el lugar que se sorprendió de que nadie lo conociera. Empezó a difundir su existencia, y empezó a llegar gente. Se sentía un ambiente tan sereno y profundo que algunos empezaron a quedarse y, con el tiempo, todo empezó a florecer de nuevo. Así, se convirtió de nuevo en un lugar de peregrinación y alimento espiritual.
  La moraleja de la historia es que la compasión transforma, sana y nutre. No importaba si uno de los monjes era un santo o no. Lo que importante era crear un ambiente de compasión. Esto es lo que necesitamos, esto es lo que el mundo necesita. La vida puede llegar a ser muy complicada, la compasión crea un campo gravitatorio que nos ayuda y nos protege de la desdicha y los apuros.



jueves, 14 de junio de 2012

Relaciones: Recordar lo básico



Tal vez tengas problemas en tus relaciones; tal vez quieras que las cosas te vayan mejor con tus amigos o con  tu pareja; tal vez, te sientes solo y aislado, y no te gusta. Cuando esto sucede lo primero que tenemos que revisar es nuestra manera de vernos a nosotros mismos y a los demás.

Meditando en la Armonía
Toma conciencia de ti mismo. ¿Cómo funcionas? ¿Qué te motiva?, ¿qué te impulsa?, ¿cómo eres? La situación básica es la siguiente: Eres un ser humano y como tal, tienes tus miedos, inseguridades, necesidades, deseos, expectativas, opiniones, aspiraciones y objetivos. Si te observas cada día, tus movimientos, conductas y acciones están impulsados por todo esto. Unas veces es el miedo, otras tus necesidades, otras tus objetivos, otras tus emociones, etc. No tienes mucho control sobre tu vida, realmente. Son más bien todas esas condiciones las que te manejan. 
  Ahora, si miras a los demás, desde esta perspectiva, ves que son iguales a ti. También tienen necesidades, deseos, creencias, temores, emociones, expectativas, etc., igual que tú. Todos  somos iguales. 
  El reto es: ¿puedes ver al otro como un ser humano con características iguales a las tuyas?
Es cierto que tenemos miedos diferentes y deseos diferentes, muchos detalles diferentes, etc. Pero somos iguales. Básicamente todos compartimos la misma realidad de la vida. La persona con la que tienes un conflicto, la persona con la que te llevas bien y tú mismo, todos iguales en lo básico: un compuesto de necesidades, creencias, inseguridades, deseos y demás.
  Un día llegaste a este mundo como un bebé, indefenso, inútil, torpe e inepto. Fuiste aprendiendo, desarrollándote, madurando, y vas camino a perderlo todo de nuevo, a la vejez y la muerte. Tu viaje de la vida es el mismo viaje de todas las personas con las que te encuentras. 
  ¿Puedes ver que todas las personas con la que te relacionas son iguales a ti y comparten tu mismo viaje? 
  Esa persona de la que quieres o necesitas algo, es igual que tú, tiene miedos como tú, necesidades como tú, expectativas como tú, etc. Y además, está haciendo el mismo viaje que tú de nacer, vivir y perderlo todo.  
  Tu mayor anhelo es evitar el sufrimiento y sentirte centrado y pleno. Es lo que más deseas y por lo que más te esfuerzas. Pero el otro, esa persona con la que tienes un conflicto o que necesitas que te haga caso, o cree en cosas distintas a las tuyas, es igual que tú. Tiene el mismo anhelo de ser feliz, la misma urgencia por evitar el dolor. Somos iguales.
  Escucha y míralo. Cualquier persona con la que te relacionas es igual que tú. No eres peor ni mejor, no estas por encima ni por debajo. Todos somos iguales.
  Si escuchas esto y lo ves en los demás, te sorprenderás como te relacionas mejor, disfrutas más, tienes menos conflictos con los demás, y  encuentras la conexión que necesitas.

viernes, 8 de junio de 2012

El enemigo en casa


Una de las cosas más importantes que necesitamos aprender es saber responder a lo que la vida nos trae. La respuesta de la queja, la culpa o la venganza son fórmulas que hacen todo más difícil. Maneras de elevar el sufrimiento de la vida a lo insoportable. 
Podemos defendernos de los demás, es más, debemos hacerlo, pero la cuestión es desde dónde hacerlo. Si tomamos la posición del rencor, la envidia, la ira o el apego, nunca vamos a resolver la situación y el daño volverá a venir, desde el mismo sitio o desde otro diferente.
En estos tiempos de crisis económica se alzan voces contra los culpables. Se pide justicia, hay indignación y resentimiento. Gradualmente se van formando grupos de personas para luchar contra la sombra de un enemigo inmenso que amenaza con aplastarnos. En algunos casos se van obteniendo resultados, pequeñas acciones hacen que personas concretas puedan salir adelante. Todo esto es muy loable, pero con frecuencia pasamos por alto cuál es el verdadero problema.

El enemigo de la humanidad
Somos seres humanos con nuestras debilidades y afectos. En todo lo que hacemos subyace el temor a la muerte, el dolor y la pérdida. Lo cual, despierta un constante deseo de dominio, conexión con los demás y protección. Son deseos siempre insatisfechos. Vivimos atrapados en lo inevitable y buscamos seguridad a través de medios tan absurdos como el enfado, la ambición, la envidia o la vanidad. He aquí el enemigo. Este es nuestra historia y la de todos aquellos a quienes acusamos, sin ninguna excepción. 
Nos alzamos contra los políticos, el jefe o pareja que nos traicionó, olvidando que el enemigo fundamental es la mente destructiva que les domina. Nunca luchamos contra quien nos daña sino contra la imagen que hemos forjado en la mente. Nunca vemos que el problema es el apego, la ira, la soberbia, la envidia o el miedo, y no hacemos nada para afrontarlos. El enemigo de la humanidad son las pasiones destructivas. 
Vivimos una época difícil, abusos de las autoridades, falta de trabajo, pérdida de poder adquisitivo, etc. Pero si hablamos con nuestros padres y abuelos, nos cuentan recuerdos similares, momentos duros, epidemias, hambrunas, guerras… Cuando no es una cosa, es otra. Podemos quejarnos y echar la culpa a alguien, y nuestros hijos, nietos y demás generaciones seguirán teniendo problemas y dificultades similares a los nuestros. Pero podemos hacer otra cosa. Podemos ponerle nombre al problema y abordarlo de frente. El problema son las emociones destructivas, el enemigo contra el que es preciso luchar es la mente negativa. 
Un conocido maestro budista llamado Shantideva, ya lo decía hace unos 1.200 años: Cuando alguien te pega con un palo no te enfadas con el palo, sino con la persona que lo usa. Del mismo modo, puesto que la persona está manejada por sus emociones destructivas, no deberías enfadarte con ella sino contra sus pasiones.

Aunque lo que me daña es el palo,
Me enfado con quien lo maneja y me golpea.
Pero éste a su vez ha sido incitado por su enfado,
Debería, pues, enfadarme con su enfado.
Shantideva, Bodicharyavatara 6-41

Aprender del pasado
Sin darnos cuenta nos vamos metiendo en una visión del mundo del “nosotros contra ellos”. Es preciso que aprendamos de los errores del pasado; este modo de polarizarse en varios bandos siempre ha acabado mal a lo largo de la historia. La idea de que nosotros somos los buenos y ellos los malos, es la forma más vieja de crear resentimientos, desconfianza, inseguridad y malentendidos, así como la manera de crear las condiciones para que se reproduzcan todo tipo de agresiones. Además, como vemos continuamente, por muchos esfuerzos de algunas personas para crear pactos de convivencia y treguas, siempre se rompen y se vuelve a las andadas. El conflicto producido por la convicción de ser distintos y separados nunca termina. Además, decantarse hacia un lado nos sitúa en el resentimiento, el enfado o la envidia. Así, tenemos el enemigo en casa, aunque pensemos que lo hemos sacado fuera. 
La solución se encuentra en reconocer que todos las personas pertenecemos a la misma humanidad, no somos diferentes y tenemos un enemigo común. Los estados mentales destructivos son nuestro enemigo común, son quienes han creado todas las guerras, crisis, represiones, dictaduras y abusos, a lo largo de la historia. Podemos recordar los nombres de muchos tiranos, dictadores, opresores, etc. Pero el verdadero nombre del enemigo son las pasiones destructivas que dominaron la mente de esos personajes. El enemigo no es tu padre, tu expareja, tu jefe o los políticos sino sus pasiones, sus miedos, deseos, ignorancia, enfado, envidia, etc. Esto es contra lo que hay que enfrentarse, esto es lo inaceptable. 
Sin duda adoptar una posición activa y luchar contra la injusticia es importante e incluso necesario. Callarse y resignarse ante los abusos no es ninguna solución. Pero en nuestra voz alzada contra el maltrato, la inmoralidad y los atropellos debemos recordar cuál es el verdadero problema y qué tenemos que solucionar.

Empezar por uno mismo
Es preciso empezar con nosotros mismos. Necesitamos dejar de hacer daño a los demás con nuestros enfados, envidias y ambiciones. Siendo honestos, si tuviéramos una posición de poder no nos comportaríamos muy diferentes de aquellos a los que acusamos. Adoptar el papel de víctima nos sirve para engañarnos y creer que somos mejores. No lo somos. Por eso es fundamental este proyecto de erradicar las emociones destructivas. Lo mejor, lo más coherente, lo más honesto es empezar con nosotros mismos
Cuando veas a alguien que abusa de ti de alguna manera, fíjate en sus pasiones, sus deseos y miedos. Al verlos reconoce que tú también los tienes, no te engañes pensando que estas por encima. Entonces siente compasión por ti, por el otro y por todos los seres que están condicionados por esas pasiones. La compasión, si es auténtica, debe despertar un profundo anhelo de que termine el sufrimiento del mundo.  Deja que la compasión te impregne y llegue al otro, deja que se extienda al mundo. Deja que la sanación llegue a todos los seres y a todas las generaciones futuras. Deja que la compasión te haga caminar activamente hacia la libertad que anhelas para ti y para los demás.