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jueves, 3 de abril de 2014

Meditación para el dolor de la vida

Tratamos de vivir sin problemas. Hacemos cualquier cosa para sentir que tenemos un cierto dominio sobre nuestra vida. Tenemos la idea de que ciertos comportamientos nos llevarán a estar a salvo. Queremos creer que si actuamos de ciertas maneras como ser correctos, hacer todo bien, ser buenas personas o estar muy alertas, viviremos sin problemas. Necesitamos pensar que podemos llegar a dominar todo lo que nos suceda y que llegará un día en que todo nos salga bien. 
No obstante, lo cierto es que vamos a experimentar muchas dificultades en el futuro, hagamos lo que hagamos...

viernes, 24 de enero de 2014

Cuando nos hacen daño

Por si no hubieran suficientes problemas en la vida, las personas nos hacemos daño. Es más frecuente de lo que nos gustaría. Aunque en esencia todos tenemos esta naturaleza primordial pura y luminosa, muchas personas viven en la ignorancia, el egoísmo y el miedo, y hacen mucho daño.
Cuando nos dañan hay al menos tres cosas diferentes que atender...

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Tiempos difíciles


En ocasiones la necesidad de salud, equilibrio emocional o bienestar nos lleva a indagar en las disciplinas espirituales y la meditación. Además, es bastante frecuente experimentar los primeros beneficios de la práctica de la meditación en poco tiempo. Mucha gente manifiesta que la meditación le ayuda a relacionarse mejor, vivir con menos tensiones y mejorar su calidad emocional. Una prueba de ello es el auge que en los últimos años está teniendo la meditación Mindfulness en el terreno de la psicoterapia; algo que ha sido posible gracias a los numerosos estudios científicos que avalan su eficacia como tratamiento complementario en diversos tratamientos.
      No obstante, meditar y crecer espiritualmente es mucho más que buscar estar bien.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Meditación y Dolor Crónico (3ª parte)

Somos lo que pensamos, 
Todo lo que somos surge de nuestros pensamientos,
Con nuestros pensamientos hacemos el mundo
Dhammapada

Con frecuencia las personas con dolor crónico tienen un aspecto saludable que oculta la gravedad de su dolencia. Nada en su apariencia externa indica su agudo problema. Por ello es preciso tener mucho cuidado con lo que proyectamos e interpretamos. Decirle a una persona con fibromialgia o cansancio crónico que su enfermedad está en su mente puede ser una falta de consideración, injusta e innecesaria. Estas personas suelen padecer las miradas reprobatorias de los demás acusándoles de estar inventándose una enfermedad y somatizando cosas que no existen. A su vez, ellos mismos se sienten culpables y llegan a dudar de su malestar, pensando que tal vez inconscientemente se lo están provocando. 
Por ello hay que situar en su verdadero contexto la afirmación de que todo está en la mente. Cuando Buda explicaba que somos lo que pensamos, estaba hablando de toda la experiencia de la vida y de cómo a nivel último la realidad es una construcción de la mente. Ya mencionamos en entradas previas  algunas aportaciones de la meditación al tema del dolor desde una perspectiva relativa y convencional. Veamos ahora la perspectiva más radical y verdaderamente espiritual del dolor y la enfermedad.
Debemos empezar con una afirmación rotunda que conocen bien los meditadores avanzados: La intensidad del sufrimiento que experimentamos depende de la importancia que la mente le da. Es decir, todas las experiencias están condicionadas por nuestros pensamientos, recuerdos, conceptos, valoraciones, emociones, etc. Por consiguiente, la fuerza de la experiencia de dolor no está en ella misma sino en lo que la mente añade, en la incapacidad de la  mente de ver algo más. Aunque las experiencias de dolor aparentemente vienen de fuera y parece que tienen una realidad en sí mismas, una observación precisa y lúcida nos desvela que todo es una configuración de procesos mentales, impresiones y tendencias sin ninguna realidad interna.
Es preciso insistir en que este planteamiento nos encamina a conocer una verdad más profunda del dolor. La perspectiva relativa y convencional es bien conocida y aceptada por todos, mientras que esta visión última y absoluta sólo es accesible a quienes están comprometidos con la búsqueda interna. Desde el enfoque más profundo se descubre que cuando uno experimenta dolor hay algo más verdad que ese dolor. El dolor se comprende secundario e irrelevante. 
Esto es lo verdaderamente liberador. Esta es la paz interior que buscamos. Cuando estas sintiendo dolor, no es que el dolor desaparece sino que ves algo más real y verdadero. El dolor es una especie de decorado accesorio en el espacio abierto y lúcido que eres.

El yo y el dolor
Toda experiencia viene con la sensación de alguien que la vive. El dolor no se ve ahí separado sino como “mi experiencia”. Se vive como si hubiera una persona que siente el dolor. Ahora bien, ¿es esto verdad? ¿Hay un individuo que padece y sufre? 
La mirada lúcida enfocada en el yo revela que éste sólo es una apariencia sin ninguna solidez. Si cuando se siente dolor, se retira la atención del dolor mismo y se lleva a quien lo sufre, al sujeto, no se encuentra nada. La persona que siente dolor no está en ningún lugar, es tan sólo una imagen que la mente ha construido. Esto es, nadie siente el dolor, no es de nadie. El dolor sucede en el espacio sereno de la conciencia. Esto no es una interpretación sino lo que se percibe cuando se mira con lucidez. Con este planteamiento no estamos dando una explicación conveniente de las cosas. Al contrario se trata de observar con lucidez y claridad. Y esto es lo que se percibe. Es una percepción directa sin la intromisión de conceptos. Reconocer la naturaleza ilusoria del yo que padece el dolor es otro elemento fundamental en el  camino hacia la paz interior.  

La naturaleza primordial
Finalmente lo que necesitamos preguntarnos es ¿qué es realmente sentir dolor? Esta es la pregunta que nos lleva a trascender el dolor y situarlo en una perspectiva más amplia. Sin embargo, no se trata de dar la respuesta racional y lógica sino de indagar con profundidad en la experiencia. Aunque podamos responderla de muchas maneras, la pregunta en realidad es un ejercicio de contemplación activa que nos lleva a mirar el dolor con la máxima lucidez posible. Esto es, no buscamos las respuestas científicas o racionales sino la contemplación serena de la experiencia. 
La pregunta nos pide que indaguemos en la naturaleza del dolor. Nos dice dónde enfocarnos. Nos lleva a atravesar todas las capas de conceptos, imágenes e interpretaciones hasta encontrarnos con el dolor mismo. Solemos usar la mente para indagar en la realidad y eso nos da cierta seguridad y sensación de control. No obstante, esta pregunta nos obliga a abandonar la mente, el  mundo de nuestros conceptos e ideas, y quedarnos desnudos frente al dolor. 
La naturaleza de la experiencia es insondable. Nada puede decirse de ella, ningún concepto llega a describirla. Cuando miramos el dolor con claridad no se encuentra nada, sólo hay ausencia y espacio. La conciencia que observa se encuentra a sí misma. Todo es lucidez y vacío. En esa conciencia que desvela la realidad última se reconoce que el dolor es menos verdad que la conciencia misma y pierde su poder. La experiencia continúa y de algún modo sigue habiendo dolor, pero apenas tiene presencia ante la fuerza aplastante de lo que en último término es real.
Meditar en la realidad última no es demasiado difícil; sin embargo tiene dos requisitos indispensables. Es preciso que el meditador tenga un profundo anhelo por conocer la verdad y que haya llegado a estar desencantado de la vida en la que hay tanto sufrimiento. Poseer ninguna o sólo una de las condiciones deja  totalmente ineficaz esta meditación concreta.

Meditación
Encuentra un lugar donde te sientas tranquilo. Siéntate y deja que tu mente se relaje. Para ello tendrás primero que relajar el cuerpo y escuchar unos minutos la respiración. 
A continuación observa la experiencia que estas teniendo. Reconoce el dolor, pero también el resto de la experiencia. Ruidos, olores, formas, colores, sensaciones táctiles, pensamientos, emociones. También observa el yo como parte de la experiencia. Trata de tener en cuenta todo lo que sucede además de la sensación de dolor. Vívelo de una manera abierta, sin resistencias y permitiendo que todo sea como es. 
Puedes reconocer cómo la experiencia está cambiando continuamente, no tiene consistencia ni solidez. Deja que todo suceda y abandona el rechazo y el deseo de cualquier otra experiencia.
Ahora, con un poco más de atención reconoce que hay algo más que la experiencia. Además del dolor y el resto de la experiencia hay algo más que no se siente, que no es parte de la experiencia. Hay una presencia insondable y callada. Esta presencia no es algo extraño y sobrenatural sino al contrario muy simple y cotidiano. Es el simple ser consciente del resto de la experiencia. Esta conciencia que se da cuenta no forma parte de la experiencia pero está presente y pasa desapercibida.
Ahora, sin hacer nada y sin forzar, permite una mayor presencia de esta conciencia. Deja que suceda poco a poco. Mirando con serenidad y claridad, llega un momento en que se desvela que en realidad la presencia consciente es más verdad que el dolor y el resto de la experiencia. Se reconoce que siempre ha sido así y siempre lo será. La importancia del dolor resulta insignificante en presencia de la conciencia.

viernes, 5 de octubre de 2012

Dolor Crónico y Meditacion (2ª Parte)

El cuerpo está diseñado para experimentar dolor. Aunque no nos guste y nos resulte muy negativo, sentimos dolor por que es sumamente importante para la supervivencia. El dolor nos indica cuando algo va mal y nos impulsa a solucionarlo. Sentimos dolor cuando estamos sometidos a una estimulación excesiva de cualquier tipo. Si comemos en exceso, si hace demasiado frío, si nos presionan con mucha intensidad, etc. De modo que incluso las cosas en principio placenteras se convierten en dolorosas cuando las experimentamos constantemente y sin descanso.
En la tradición espiritual, reconocer la existencia inevitable del dolor en la vida es lo que nos incita a buscar la trascendencia. Cuando asumimos que incluso las experiencias de felicidad acaban en dolor e insatisfacción, decidimos buscar una salida y alcanzar un estado más allá del dolor.  
Esto es un punto importante, que a menudo no queremos escuchar. Queremos oír que es posible ser feliz y dejar atrás el sufrimiento. Pero la enseñanza nos dice que toda la felicidad que podamos obtener en la vida siempre termina.

DOLOR CRÓNICO
Ahora, entre los muchos tipos de sufrimiento relativo, numerosas personas, no solo experimentan dolor sino que además padecen un dolor crónico; es decir un dolor continuo e insistente que invade la mayor parte de los momentos del día. Numerosas personas padecen dolores de cabeza, lumbalgias, dolores de espalda, dolores de estómago, dolores musculares, etc., de un modo repetido y sin tregua. Este tipo de dolor no tiene ninguna utilidad en la supervivencia y constituye un importante problema personal y social. 
Lo peor de esto es, que a pesar de los avances en medicina, todavía no se ha encontrado una solución satisfactoria. Estas personas se encuentran con la única solución de tener que aguantarse. Cada año se venden en España más de noventa millones de envases con medicamentos contra el dolor. Sin embargo, los medicamentos no sirven de mucho cuando se padece dolor crónico. De modo que es preciso encontrar otras soluciones, necesitamos aprender a manejar el dolor de otro modo. 
Hay que recordar que el dolor no es solamente una sensación. El dolor es una experiencia compleja  en la que intervienen afectos, atención y motivación. Por ejemplo, una misma situación puede ser considerada dolor por una persona y no por otra, todo depende del significado que los estímulos tengan, la historia personal, los aspectos culturales, el grado de atención, el nivel de ansiedad, etc. Por otro lado, la presencia de daño no siempre se percibe como dolor y, a veces, percibimos dolor sin la presencia de estímulos nocivos.
Se conocen muchos episodios que confirman las dimensiones afectivas y cognitivas del dolor. Por ejemplo, los casos de soldados con heridas graves que sienten poco dolor o las personas heridas en una situación amenazante para su vida que no sienten dolor hasta que pasa la amenaza. También tenemos noticia de personas en determinadas ceremonias religiosas que sometidos a situaciones de dolor apenas lo sienten. Estos ejemplos nos señalan que podemos abordar el dolor trabajando con nuestra mente. Muchos estudios indican que el dolor puede suprimirse con eficacia usando factores cognitivos y emocionales.
MEDITACIÓN
Como ya sabemos la meditación es fundamentalmente un método para aprender a manejar la mente. Su objetivo principal es trascenderla y desvelar lo que somos más allá de ella y el cuerpo. Meditamos para descubrir el silencio en el que habitamos, antes, durante y después del movimiento constante de pensamientos y emociones que suceden. Con esta práctica, no intentamos detener ni controlar la mente sino trascenderla. No obstante, en este proceso aprendemos mucho sobre cómo funciona y podemos aprovecharnos de este conocimiento.
Si nos tomamos la meditación de un modo más amplio y menos estricto, si dejamos de lado el propósito puramente espiritual, podemos usarla para sanar aspectos dañados  de nuestra vida. Así, la meditación puede contribuir a mejorar la calidad de vida a las personas con dolor crónico. 
Probablemente lo peor para las personas que padecen dolor crónico no sea el dolor en sí, sino las consecuencias que tiene. Cuando el dolor se hace continuo y repetitivo condiciona completamente la vida. Las personas ven limitadas sus relaciones, su tiempo de libre, sus experiencias placenteras, etc. Lo peor es cuando no se pueden hacer muchas cosas que nos gustan, no se pueden hacer planes, no se puede saber si uno estará bien tal o cual día, no se sabe si se dormirá por la noche, etc.   En consecuencia, es fácil caer en estados depresivos, trastornos de ansiedad, abusar de sustancias y alcohol, etc. Además, no es raro que incluso los familiares de las personas que padecen dolor crónico también caigan en depresiones. 
Meditar, en primer lugar, nos puede ayudar a cambiar nuestra respuesta al dolor. Nos puede ayudar a dejar atrás nuestra antigua forma de vivir y encontrar una nueva más acorde con lo que nos sucede. Uno de los beneficios más importantes de la meditación es aprender a soltar. Cuando padecemos dolor tenemos que soltar y renunciar a montones de cosas, no tenemos elección; nos resistimos a ello pero eso causa más sufrimiento. Saber dejar atrás una forma de vida que ya no podemos vivir es fundamental. 
El gran filósofo Epicteto, ya en el siglo primero sugería que el reto de los seres humanos es descubrir el significado de todo lo que nos rodea y comprender nuestro lugar. Decía que no sólo tenemos dones físicos sino también tenemos el don de sobrellevar cualquier cosa y desplegar nuestra esencia. Epicteto decía que el dolor físico nos ofrece una oportunidad muy  valiosa para aprender a tolerarlo. 
Poniendo conciencia, a través de la meditación (ver la primera parte sobre el Dolor Crónico en el blog), aprendemos a cambiar la relación con nuestro dolor, dejamos de reaccionar ante él y descubrimos que se puede estar en paz a pesar de todo. Además, esta conciencia imparcial nos ayuda suavemente a ir cambiando nuestras prioridades en la vida, a ir aceptando la nueva situación y a encontrar una forma nueva de vivir en la que volver a sentir bienestar e ilusión.

EMOCIONES POSITIVAS
Además de la atención consciente, la meditación puede ayudarnos a desarrollar y mantener un estado emocional positiva que aplaque y debilite la experiencia de dolor. Hay muchas meditaciones muy efectivas y poderosas para ello. Podemos destacar la meditación de la compasión, la meditación del amor y la práctica tibetana del Dar y Tomar (tib. Ton-Len) También es muy útil meditar en la impermanencia y en la naturaleza ilusoria de las sensaciones.

PRACTICA
La meditación que voy exponer a continuación combina varias cosas y es un método muy efectivo para lidiar con los estados emocionales negativos que acompañan a las situaciones de dolor crónico y lo agudizan.
Una vez que te sitúes en una posición cómoda y equilibrada, respira profunda y lentamente un par de minutos. Es conveniente que te fuerces a hacerlo despacio y controlando el ritmo de la respiración. Luego de este ejercicio, vuelve a respirar con naturalidad. No obstante, si ves que te distraes, repite las respiraciones lentas y profundas.
Ahora, localiza el dolor en tu cuerpo. Permítete sentirlo. Deja de luchar contra él. Deja de resistirte. Para hacer esto, puedes usar la respiración, de modo que al espirar imagina que vas soltando tu relación negativa con el dolor. Suelta el posible victimismo en que has caído, entiende el dolor como algo que toca vivir y ponte en armonía con el universo que te ha traído esto. Esto no es fácil, pero date el tiempo necesario para soltar y estar en paz con lo que la vida te trae. 
A continuación, quieres ir un poco más profundo, quieres mirar el dolor un poco más de cerca. Cuando vas a la raíz, descubres que este dolor no es tuyo. Este es el dolor del mundo. Aunque lo vives como algo personal e individual muchas personas están experimentando lo mismo que tú en este instante. Estas experimentando el dolor del mundo, un dolor que compartes con millones de personas. Suelta tu identificación con el dolor y empieza a mirarlo de una manera más amplia y abierta. “Tantos seres experimentando lo mismo, este dolor es el dolor de todos los seres”. 
Déjate sentir esto, deja que tu mente cambie. Déjate transformar por esta Empatía universal. No lo hagas como un acto de fe. Por el contrario, penetra en el dolor hasta reconocer su naturaleza universal, no es tu posesión sino la experiencia de miles de personas. Suelta, abandona las resistencias y deja que la Empatía se convierta en compasión. 
“Hay tanto dolor en el mundo, sería maravilloso que terminara. Ojalá termine el sufrimiento de todos los seres”
Entiende que estos pensamientos tienen poder y modifican de algún modo la realidad del mundo.
Por último, reconociendo lo que has visto, date amor a ti mismo. Toma la decisión de cuidarte, abrazarte, nutrirte. “Voy a tratarme bien, voy a hacerme feliz, voy a estar bien, voy a ser bueno conmigo”. Haz que el amor que salga del centro de tu pecho y te envuelva, te proteja te sane. Respira el amor que te das a ti mismo. Deja de juzgarte, deja de caer en el victimismo, deja de compararte, deja todo y envuélvete en amor hacia ti mismo. Ábrete a recibir el amor que te das. Deja que te sane. Respíralo y alimenta tu espíritu.
Quédate en esta experiencia todo el tiempo que puedas.


miércoles, 12 de septiembre de 2012

Dolor crónico y meditación (1ª parte)

El dolor es parte de la vida. El cuerpo está diseñado para sentir dolor y placer, y aunque no es agradable, sentir dolor tiene su utilidad en la supervivencia. El dolor nos avisa cuando algo va mal y nos incita a poner remedio. Cuando no tenemos este indicador experimentamos numerosos problemas. Por ejemplo, hay personas viven con analgesia congénita, es decir su cuerpo no experimenta dolor. Aunque esto podría parecer deseable, la realidad es que estas personas carecen de señales cuando algo va mal, y lo pagan muy caro; tienen numerosos accidentes, afrontan tarde las enfermedades y suelen morir jóvenes. 

El dolor tiene un papel importante en la vida; no obstante, a veces deja de cumplir su función. Cuando el dolor se vuelve crónico, pierde su utilidad y se convierte en el problema mismo. Es entonces cuando necesitamos herramientas para manejarlo. 
Para empezar, es preciso saber que el dolor no es meramente una sensación. Sentir dolor es mas bien una experiencia compleja en la que intervienen, además de sensaciones, emociones y pensamientos. Aunque la persona que padece la sensación la vive muy física y tangible, hay numerosos estudios que demuestran que la sensación puede modificarse si cambiamos nuestras ideas y sentimientos respecto a la situación. 
Es decir, hay tres dimensiones del dolor. Por una parte tenemos la dimensión sensorial, que incluye la intensidad y localización de la experiencia percibida. Luego, tenemos las reacciones agradables o desagradables al dolor, así como el rechazo y la aceptación. Por último, tenemos una dimensión cognitiva que tiene que ver con experiencias previas, pensamientos, interpretaciones, valoraciones y atención. Por consiguiente, la experiencia final del dolor es la integración de estas tres dimensiones. Primero tenemos una experiencia sensorial, luego una reacción emocional y finalmente todo se integra a nivel mental.
Según esto, una forma muy efectiva de reducir el dolor y hacerlo más manejable es trabajar con las emociones y pensamientos. Basado en esto, los psicólogos disponen desde hace tiempo de diferentes programas para tratar el dolor crónico. 

Meditación
Existen muchos estudios sobre el dolor que señalan que las emociones positivas tienen un efecto beneficioso en las personas que padecen dolor crónico. Así, mientras que los estados mentales negativos incrementan los síntomas y la intensidad del dolor, los estados mentales positivos reducen los índices de dolor y resultan beneficiosos en el estado general de las personas. En otro ámbito, se han hecho estudios que indican que los programas en que se practica una atención consciente al dolor son útiles en la reducción de su intensidad y extensión. 
Como es sabido la meditación sirve para aprender a manejar la atención, las emociones y los pensamientos. Si aprendemos a generar emociones positivas como el amor, la compasión o la gratitud tendremos una excelente herramienta para afrontar el dolor. No obstante, es importante señalar que todavía no hay suficientes estudios que relacionen el dolor y la meditación; por lo cual, de momento sólo contamos con las experiencias de muchas personas que la han usado y les ha ayudado. Muchos testimonios confirman que la meditación puede aportarnos herramientas efectivas para abordar el dolor. Para empezar, podemos generar emociones positivas y podemos desarrollar atención consciente.
Aun así, conviene advertir que no debemos esperar que el dolor desaparezca. Este no sería un objetivo realista. Meditar no es una poción mágica que te hace flotar sin dolor. Lo que pretendemos es hacer que el dolor que nos domina sea menos incapacitante. Se trata de que podamos seguir con nuestra vida e incluso podamos ser felices - aunque nos haya tocado vivir con dolores. Debemos ver la meditación, o cualquier otra terapia contra el dolor, como una herramienta que limpie el dolor de sus efectos nocivos, eliminando todo lo que sobra y dejándonos con un simple dolor que duele pero no nos paraliza.

Atención consciente
Una meditación básica para trabajar el dolor es la atención. En esta práctica buscamos una forma nueva de relacionarnos con la experiencia. Es decir, tratamos de conocer el dolor de otra manera y sin miedo. Nuestra reacción habitual al dolor es rechazarlo, condenarlo y tratar de hacerlo desaparecer. Cuando uno tiene dolor crónico nada de esto funciona, es más, todo esto lo mantiene y lo hace más intenso. En meditación, hacemos lo contrario, permitimos la experiencia de dolor y trabajamos con nuestra atención para desarrollar imparcialidad; hacemos todo lo posible para vivirlo sin rechazo y permanecer atentos sin escapar de él. Por medio de la respiración, vamos soltando todo tipo de asociaciones, pensamientos y juicios en torno al dolor. Vamos abandonando las resistencias y nos permitimos sentir el dolor. La idea es conocerlo mejor, ver cómo respira y  saber cómo es.
Uno de las formas de crear sufrimiento en nuestra vida es rechazar lo que nos sucede. Cuando rechazamos cualquier experiencia comenzamos a crear infelicidad y malestar. Esto es especialmente cierto en el caso del dolor. Es decir, a pesar de que es completamente lógico rechazar el dolor, hacerlo es uno de los modos en que lo convertimos en sufrimiento. Por esto, la meditación puede tener tanto poder. En esta práctica de atención consciente, en lugar de responder con rechazo tratamos de abrirnos al dolor y vivirlo de una manera relajada y consciente. Los efectos pueden llegar a ser sorprendentes. Al principio concentrarse en el dolor parece que es más doloroso, pero esto sólo es un fenómeno temporal que pronto da lugar a una experiencia completamente distinta. 

Meditar sobre el dolor
Sitúa tu cuerpo en una posición cómoda en la que puedas relajarte sin dormirte. Trata que sea una postura en la que puedas respirar con comodidad y mantener la mente despejada. 
Lleva la atención a la zona de tu cuerpo donde sientas dolor. Respira con naturalidad por la nariz y observa el dolor con curiosidad y frescura. Trata de mirarlo como si fuera la primera vez que lo ves. Trata de conocerlo. 
Puedes fijarte en la forma que tiene la zona en la que lo sientes. Su tamaño preciso, sus contornos, sus dimensiones. Puedes ser más concreto y observar si es alargado, ancho, ovalado, circular, etc. También puedes indagar si su intensidad es uniforme en toda la zona o no. Observa también si grueso o fino, si tiene volumen o no. Advierte si afecta a otras zonas del cuerpo o si tiene contornos definidos. 
Sigue escuchando la respiración, y cada vez que respires suelta cualquier resistencia que tengas al dolor. Trata de no emitir juicios ni caer en sentimientos de victimismo, culpa, vergüenza o resentimiento. 
Ahora pon un poco más de conciencia en el dolor. Trata de verlo como algo que tiene vida propia. Fíjate si se mueve o está quieto, observa si cambia, observa cómo y cuándo se mueve. Observa con atención si se modifican sus contornos, si se hace más grande o más pequeño, si se hace fuerte o débil, si siempre está quieto. 
Suele notarse que el dolor cambia ligeramente cada cierto tiempo. No es una cosa quieta y acabada, sino un proceso en movimiento. Ahora, cada vez que lo veas moverse, relájate y respira. Deja que tu cuerpo y tu mente se aquieten. Céntrate en el dolor con imparcialidad y obsérvalo. Deja que se mueva y no te resistas, céntrate en vivirlo con calma y aceptación.
Si haces este ejercicio con frecuencia, apreciarás que a veces el dolor se intensifica y se vuelve sólido; otras veces, verás que se ablanda y se deshace en una vibración, a veces incuso se diluye en una corriente placentera. Cualquiera de estos efectos carece de importancia. Recuerda que lo importante es cambiar tu relación con la experiencia. Esto es lo que te va a liberar. Tu equilibrio interior empieza cuando dejas de depender de tus estados físicos y mentales para ser feliz.