jueves, 8 de marzo de 2012

Meditación en la impermanencia

|

Ves que todo se transforma a tu alrededor, ves que todo cambia. Pero no reparas en ello y sigues creyendo que un día alcanzarás algo permanente y seguro. Todo pasa, todo queda atrás, pero sigues anhelando tener todo definitivamente asegurado.
Ves que tus sensaciones, emociones y pensamientos cambian continuamente, ves que cada día tu cuerpo está distinto y que pasas por estados de ánimo cambiantes. Lo percibes pero sigues esperando un estado inmutable de bienestar y equilibrio. Crees que llegarás a la estabilidad, que serás más fuerte que la corriente de la vida, pero nunca lo consigues pues formas parte de ella.
La vida es pasajera y efímera. La ropa que llevas se está desgastando a cada momento y un día, sin darte cuenta, ya está para tirar. Los objetos que usas, el cepillo de dientes, el cuaderno que empezaste, el bolígrafo, la batería del móvil, el gel de baño, la manta de la cama, las zapatillas de casa, la tapicería del sofá… tantas cosas que poco a poco, calladamente se van consumiendo.
El universo vive un cambio constante. Hace unos 14.000 millones de años el movimiento del universo se hizo más patente en una amplia zona. En el hueco, hubo una gran explosión. Siguieron un sinfín de continuos estallidos y descargas. Sin cesar, sin un momento de quietud, todo fue modificándose. Vibraciones, ondas, partículas, gases, polvo, lava, materia. Sin descanso, la incansable actividad de infinitas interacciones dio lugar a innumerables cuerpos celestes y, en alguna parte, a lo que llamamos el planeta Tierra. 
Pero la aparición de solidez no detuvo el proceso. Todo sigue todavía en marcha. La Tierra sigue cambiando, el movimiento nunca termina, no existe ningún final. Sólo hay movimiento, cambio, transformación. La vida del planeta es cambio. Muchas montañas y cordilleras crecen unos milímetros cada año; otras se van achatando. Las aguas de mares y lagos se evaporan, las corrientes varían, cambian los niveles de ozono y otros gases en la atmósfera, el clima se modifica, muchas especies encuentran imposible sobrevivir y se extinguen, aparecen criaturas distintas más resistentes a las nuevas condiciones temporales, etc. Pero ninguna cosa toma una condición definitiva y final, todo existe en continuo cambio, no hay nunca nada acabado del todo. 
El camino es siempre el mismo, algo nace, dura un tiempo y luego se extingue. Eso incluye la materia, los seres vivos, el planeta mismo, el universo entero. Tu mismo eres parte de todo y estás sometido a las mismas leyes. 
Lo sabes, lo vives cada día. Notas cambios en ti y a tu alrededor. Pero no sabes qué hacer con ello y lo olvidas. Al principio eras un óvulo fecundado, no tenías ningún control sobre nada. Empezaste a crecer y alimentarte, sin poder elegir otra cosa, sin que nadie te consultara. Incluso te hiciste tan grande que algo te impulsó fuera de la matriz de tu madre. Pero no fuiste tú, no lo elegiste tampoco. Así, seguiste creciendo, alimentándote, aprendiendo, desarrollando capacidades y habilidades para sobrevivir. Pero no hiciste nada tú, te ocurrió. 
 Formas parte del movimiento del universo y tu sino es el cambio, la transformación. Nunca diriges nada, la vida te lleva. Tus deseos, metas y aspiraciones fueron tan sólo resultado de influencias de tu entorno, tu cultura y de otras personas. Aprendiste a caminar, leer, hablar, pensar, pero nunca fue la elección de nadie. Un organismo con el sistema nervioso adecuado estaba allí asimilando información del entorno.
En realidad no eres nada definido. Sólo movimiento. Te crees ser un individuo, te sientes alguien formado y terminado. Pero no eres más que el resto del universo, un movimiento continuo hacia ninguna parte. Quieres controlar tu vida, tu destino, tu felicidad y sufrimiento. Pero todo lo que puedas controlar sólo será por un tiempo y nunca vas a poder mantenerlo. Cuando consigues lo que anhelabas, ya se está deteriorando o está empezando a ser insuficiente; en el momento en que lo tienes está empezando el proceso por el que vas a cansarte y aburrirte; en poco tiempo te pondrás a buscar otra cosa, y sucederá lo mismo. Solo hay esta transformación constante, esta fugacidad. 
Te enfadas, te apegas a la cosas, tienes envidias y te vanaglorias de tus habilidades y logros, pero todo es efímero y pasajero. Nada queda ahora de lo que te agredió, todo se lo ha llevado el tiempo, las personas que te hicieron daño cambian, se transforman y perecen como tú. Lo mismo con eso a lo que te apegas, como la vela que se va consumiendo nada más encenderla todo lo que te produce apego se está consumiendo y su poder de producirte placer se agota a cada momento. Todo a tu alrededor, lo que te produce envidia y celos, lo que te hace sentir orgullo, lo que te irrita… no importa dónde te fijes, todo a tu alrededor, cuando te das cuenta, ha cambiado.
Hace un momento ya no está. Ni buscando en todo el universo se puede sentir, oír, tocar o experimentar lo que sucedía hace treinta años, diez días o un minuto. Aunque puedas pensarlo y recordarlo con nitidez ya no puedes experimentar lo pasado. El motivo no es tu incapacidad, el motivo es que ya no está, ya no hay nada. 
 El momento cuando empezaste a leer esta página ya se ha extinguido. No puedes detener el tiempo, no puedes dejar de ser movimiento. Creerte un individuo terminado que vive una vida es tu mayor delirio. Pero no puedes evitarlo, aunque lo sabes no puedes dejar de engañarte, no quieres. Tal vez por miedo, tal vez porque no sabes qué pasará, tal vez porque todavía esperas encontrar algo permanente y seguro; tal vez, simplemente, porque no sabes qué hacer con ello.
Sabes que tu camino espiritual pasa por reconocer la fugacidad de todo, sabes que tienes que soltar y desapegarte, pero no te ves con fuerza para hacerlo, no ves la manera, a veces no quieres. 
 Has oído hablar de estados mentales positivos, del final definitivo del sufrimiento, has leído sobre el nirvana, el paraíso o la dimensión espiritual. Te gusta pensar que hay un estado en que tendrás para siempre toda la felicidad, paz y serenidad que siempre has deseado. 
Esperas que la espiritualidad y la meditación te lleven a esa estabilidad permanente y eterna, sueñas con llegar a ese grado de liberación o santidad en que quedes libre de la incertidumbre y en el cual tu necesidad de seguridad quede satisfecha para siempre. Pero no quieres hacerlo aceptando que sólo eres un movimiento cambiante siempre modificándose. Quieres que suceda sin concesiones, quieres seguir siendo tú quien experimente el despertar. Quieres la salvación, la acogida protectora del Gran Ser, la gracia divina, el perdón infinito. 
Pero el final nunca llega, todo es siempre el principio; y el principio es movimiento, fugacidad, transformación. La paz que buscas no es un estado sino una apertura, no es un final irreversible al que llegas abandonando el mundo. La serenidad es abrirse a lo que hay, a la impermanencia, al cambio. Abrirse a la verdad ineludible de que no hay nada a lo que aferrarse cuando sólo hay un movimiento constante. No hay ninguna meta allí en tu futuro.  El final sólo llega cuando tienes la humildad de no ser más que un instrumento de la impermanencia, la sencillez de no ser, la sabiduría de dejarte disolver por el cambio. 
Cuando huyes de la fugacidad de todo, el tiempo te atrapa, la angustia se apodera de ti y acabas derrotado, impotente y herido. Por el contrario, cuando admites la impermanencia, la acatas y te armonizas con ella, la pesadilla termina y descubres la eternidad atemporal que siempre es.


Juan Manzanera
Escuela de Meditación



miércoles, 7 de marzo de 2012

Meditación y Perdón

|

Tal vez, llevemos semanas o meses dolidos e irritados con alguien, pero un día comprendemos que tenemos que pasar página y que necesitamos perdonar. Así, aunque sepamos que tenemos razón, aunque vaya contra nuestros principios, aunque sea una especie de degradación, perdonamos. Son momentos de claridad y lucidez en los que vislumbramos  nítidamente que el primero que sale perjudicado de estar enganchado a una historia pasada es uno mismo. Luego, a veces, las menos, después de perdonar nos damos cuenta de cuánto tiempo y energía hemos malgastado en el enfado y resentimiento.
Lo cierto es que aunque muchas veces nos disguste necesitamos perdonar, aunque vaya contra nuestros principios, incluso aunque tengamos razón. Más allá de normas de conducta o de ser más espirituales y positivos; más allá de obligaciones, se trata de ser libre y feliz. El perdón (como todas las emociones positivas de las que hablamos) es una estrategia fundamental para continuar con la vida en paz. Imagina que fueras por un camino y cada vez que te tropezaras con una piedra y te hicieras daño, recogieras la piedra y te la echaras a una mochila sobre los hombros.  Con el tiempo cada vez llevarías más piedras, cada vez te sería más costoso caminar, cada vez avanzarías más lentamente. El rencor es como acumular piedras sobre la espalda y perdonar es dejarlas caer, es soltar lastre, es liberarte de lo que te sobra. 
Nos hacen daño, es verdad; pero todos nos hacemos daño. Nos domina la mente, el deseo, el miedo, la ignorancia, el enfado, etc. Actuamos controlados por nuestras emociones y a veces hacemos daño. No es una justificación, pero cuando alguien nos daña es motivado por algún miedo, deseo, enfado o cualquier otra emoción negativa. No es la persona sino el estado mental que le posee. 
La tradición espiritual explica que vivimos en el mundo que se corresponde con nuestro nivel de conciencia. Si estamos rodeados de personas poseídas de emociones destructivas es porque también nosotros las poseemos de alguna manera. Por el contrario, cuando uno crece en sabiduría y compasión, las personas y el mundo en que se mueve son más puros, sabios y compasivos. Vivimos en un nivel de conciencia en que la mente nos domina. Sólo tenemos que observarnos unos días para corroborar cómo nos controlan las emociones y cómo nos llevan a actuar sin elección. 
Hacernos daño unos a otros es parte de la vida. Por eso necesitamos perdonar. Necesitamos dejar de darle tanta importancia, dejar de sorprendernos y decepcionarnos ante las actuaciones de los demás. Es fundamental para nuestro equilibrio interior abandonar este apego negativo a lo que nos ha agredido. Cuando nos dañan nos quedamos enganchados y apegados a quién produjo el agravio. No queremos soltar. Nos sentimos con todo el derecho a responder e indignarnos. Así es como empezamos a alimentar una herida que no se acabará de cerrar hasta que nos demos cuenta y empecemos a perdonar.
Puede que tardemos semanas o años pero al final sólo encontraremos paz si sabemos perdonar, si dejamos marchar a quien nos hizo daño. Sin embargo, a veces, lo posponemos demasiado tiempo y la muerte llega antes que el perdón. ¿Hemos pensado alguna vez llegar a la muerte sin haber perdonado? No puede ser un viaje fácil, demasiado lastre para volar alto.
La tradición espiritual es muy estricta con el enfado. El gran maestro budista Shantideva decía: “Todas las buenas acciones, acumuladas durante mil kalpas, las destruye un momento de enfado”. El enfado es considerado como un incendio que arrasa en unas horas un bosque que ha tardado décadas en formarse. Todo lo bueno que hay en nosotros queda devastado por un instante de ira, todo el trabajo espiritual asolado. Por otra parte, cuando uno está comprometido con la práctica de la compasión tiene como obligación abandonar todo lo que tiene que ver con la ira, el resentimiento o la venganza; además, debe dejar de rechazar a quienes están enfadados con uno mismo, está obligado a aceptar las disculpas de los demás y tiene que controlar la expresión de sus pensamientos de ira.

Perdonar
Si entendemos el valor del perdón podremos emprender el camino para hacerlo. Perdonar es un proceso. Cuando nos dañan recibimos una herida psicológica de la que necesitamos sanarnos. Recuperar el equilibrio interior requiere avanzar más allá del dolor del primer impacto y entender lo que ha sucedido y lo que significa. En el primer momento, cuando recibimos la agresión tenemos reacciones de dolor, ira o miedo; luego, intentamos controlarnos y comienza  movimiento pendular entre la frialdad y las emociones negativas. Finalmente, empezamos a recuperarnos cuando podemos comprender y explicarnos lo que ha sucedido.  
Un aspecto particular del proceso es digerir el daño recibido. Necesitamos aprender a afrontar el dolor y procesarlo en nuestro interior. Como una herida en la piel requiere un tiempo de atención, cuidado y limpieza, las heridas emocionales también necesitan ser atendidas. No podemos ignorar el dolor que sentimos con el argumento de que nos lo ha causado alguien. Es absurdo. Si estamos heridos somos nosotros quienes debemos hacer lo posible por sanarnos. Es fundamental hacernos cargo del dolor, aceptarlo y dejar que se integre en las experiencias de la vida.

Perdonarse uno mismo
Quizás uno de los aspectos más importantes del rencor y la ira, es la culpa y la vergüenza. Más pernicioso que una agresión recibida es una actitud hostil y negativa hacia nosotros mismos. Los efectos de criticarnos, desvalorizarnos, censurarnos o castigarnos pueden ser mucho más devastadores que cualquier daño externo. 
Es fundamental comprender que la culpa y la auto-condena no sirven ni resuelven nada. Si queremos ser mejores personas y dejar de cometer errores hay métodos eficaces y saludables. La culpabilidad sólo nos paraliza, nos limita y nos desgasta. Por consiguiente, también necesitamos hacer un profundo ejercicio de perdón con nosotros mismos. Necesitamos asumir nuestras limitaciones, errores y fracasos. Necesitamos aceptar nuestra humanidad. Si queremos evolucionar y avanzar hacia la armonía, el camino empieza perdonándonos por todo lo que ha sucedido en la vida. 

Meditación
Antes de trabajar el perdón es imprescindible analizar profundamente todos los perjuicios, estragos e inconvenientes que nos causan el enfado, el rencor o la culpa. Tenemos que ver claramente cómo hacemos crecer el dolor por medio de estas reacciones y desear superarlas. Tenemos que reconocer los efectos nocivos en nuestro cuerpo, en las relaciones afectivas e incluso en nuestro desempeño profesional. 
Una vez hecho esto, estamos en la posición ideal para perdonar. Meditar en el perdón consta dos facetas principales. Por un lado, necesitamos poner conciencia en el dolor y por otro, cortar el vínculo negativo. Así pues, lo primero es dejar de rechazar el dolor que sentimos y abandonar todo tipo de juicios, interpretaciones y comparaciones. Necesitamos dejarlo estar y hacernos plenamente conscientes de lo que sentimos. Sea el daño que nos han causado, o el dolor de haber cometido algún error o haber fracasado en algo, es esencial observarlo y hacerle espacio en nuestro interior. Es fundamental que, en lugar de rechazarlo, lo acojamos con aceptación, imparcialidad y contentamiento. 
Lo siguiente es romper el vínculo negativo con quién nos dañó o con nosotros mismos. En el silencio de la meditación vamos dejando que la persona que nos ha dañado siga con su vida o vamos dejando que la imagen torcida de nosotros mismos se aleje a su lugar en un pasado que ya quedó atrás para siempre. De este modo recuperamos toda esa energía malgastada en nuestro presente. Meditar requiere una profunda confianza en el poder de la conciencia. Es al soltar, rendirse y entregarse cuando nos liberamos. A través de la atención consciente el dolor puede disolverse en el espacio de nuestra verdadera esencia. 

Juan Manzanera